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Intuiciones / EL HOMBRE DE LA BOLSA
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

EL HOMBRE DE LA BOLSA

Me había acostado temprano, tal vez porque tuviera fiebre. La ventana de mi

cuarto daba a la calle, y una sensación fuerte me hizo me hizo creer que se

balanceaban las cortinas.



Mi primera reacción ante el miedo era taparme los ojos creyendo que podía

desaparecer, como si fuera a despertar de un sueño. Se avecinaban

momentos difíciles de mi infancia: una niñera quedó en mi recuerdo como

una bruja que incluso bajaba con su escoba en el patio de casa. Su imagen

con la escoba, y algunas ideas confusas, me hacen pensar que me hizo

conocer prematuramente el sexo, cosa que habré olvidado. Aunque debemos

convenir que los niños se impresionan con cosas que luego parecen pueriles.



Que el sexo venga después de esa tarde, es sugerente. Le cuento: me asomé

a la ventana y no dudé que fuera el Hombre de la Bolsa. Con los gitanos, creo

que fue el único mito que realmente temí. Me marca desde niño creer en los

seres maléficos antes que en los bienhechores, como los Reyes Magos.



El harapiento (pero de un traje que se fue carcomiendo con el tiempo, como

si hubiera salido de una fiesta hace décadas y jamás regresara a su hogar)

cruzó la calle para acercarse. Sus ojos estaban enrojecidos, pensé que por el

cansancio y la suciedad. Hoy me pregunto, sin poder responder, si gozaba de

una tranquilidad casi feliz, o estaba atado a la tensión y al rencor (lo cual tal

vez fuera a significar lo mismo).



- Haceme una pregunta, - me dijo, y yo sabía que me la podía responder.



En aquellos años estaba fascinado por una astronomía que pretendía

filosófica. Si alguien me dijera el nombre del décimo planeta del sistema

solar, si hay vida inteligente fuera de la tierra, o si en el átomo se reproducen

las órbitas planetarias en pequeño, y en los protones se desarrolla la vida

floreciente en selvas y en ciudades, pensaba que me estaba revelando

verdades de orden religioso.



O tal vez le haya pedido alguna premonición: saber si iba a morir esa noche,

si una niña que me gustaba iba a ser mi esposa, o si aprendería a jugar bien

al fútbol. No creo haber preguntado una zoncera, al menos para la

perspectiva de mi edad. Lo cierto es que no recuerdo qué le pregunté.



Luego me mostró la bolsa y comprendí que la sabiduría y el horror iban de la

mano. Años después conocí la historia de Fausto, ese hombre que vendió su

alma al Diablo para que le develara los misterios del universo. Hastiado al fin

de tantas verdades pensó que conocer a la Helena podía descubrirle las

causas que incitan las pasiones. Mefistófeles le presentó a esa mujer por la

que Paris posibilitara la destrucción de su ciudad, la de las siete murallas, y

don Juan Fausto se enamoró de ella olvidando a la joven Margarita, pero al fin

las quejas, las discusiones agrias y el sexo cotidiano terminaron por volver su

vida una cosa vulgar, como antes le sucediera con la sabiduría, y comprendió

que tampoco justificaba el precio de su alma.



¿Era necesario el castigo del infierno? El Diablo se presenta para cobrar su

deuda sólo para cumplir con un argumento moralizante. No era conveniente

decir que el Averno son los objetivos alcanzados, cuando hasta el mismo

tizón ardiente se vuelve fatuo.



Pero en el fondo de la condición humana, brilla la esperanza de que una

respuesta o un hallazgo nos libere de las cadenas del tiempo. Los budistas

aseguran que ese manantial de felicidad estalla cuando comprendemos, más

allá de la razón, que todo, incluso la vida, se funda y mantiene en el vacío (al

que los hindúes llaman sunyata y los japoneses ku). Sus santos no se

esfuman de la existencia, sino que regresan para despertar a los ilusos, y eso

pienso que fue lo que me ocurrió, y suele ocurrir en la niñez.



Jugamos como si los soldaditos de plástico fueran guerreros, creyendo firme

y ciegamente en cada juego, hasta que recibimos la clara revelación del

carácter ilusorio de la vida, y entonces olvidamos para seguir viviendo y

creerle un sentido a nuestros actos, nuestras angustias y alegrías.



El Hombre de la Bolsa se volvió para alejarse. De fondo, Julio Sosa cantaba en

una radio. Vendría luego la niñera que era bruja y sus misterios, y al fin el

largo camino del exilio, esa tierra que nunca tendrá las certezas de la

infancia, cuando ya sabemos que ningún juego alcanza la categoría de la

realidad, pero en el que nos arrastramos esperando la limosna de la voz de

un Dios o una alegría semejante.

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