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Intuiciones / CANSANCIO
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

CANSANCIO

La represión fue terrible. Las detonaciones hacían presentir cosas peores. El

abuelo lo miró. Sixto pensó que debió escucharlo, pero ya no eran tiempos de

tomar consejos.

- ¿Porqué no se sumó la gente?

- No estaban seguros de lo que usted quería.

- Pensé que queríamos lo mismo.

*

Los rebeldes fueron aniquilados. Los vecinos felicitaban al comisario Pierro.

- Hice mi trabajo, - explicó sin arrepentimientos.

Sixto escapó. Era tan peligroso regresar como ir a la ciudad. El error fue que

la mitad de su gente esperó en la ruta, pero Pierro había asegurado que sus

hombres bastaban y no mandaron el ejército. Cuando Sixto lo supo ya era

tarde para unir las columnas.



El oficial Oyuela dijo que los pobres saben que nada cambia, y si cambia es

para peor, por eso no se sumaron a la rebelión. A Pierro no le interesaba. Los

hechos le daban la razón, no había necesidad de argumentos.



Pierro pensó que si la pobreza los alteraba era mejor que no fueran pobres.

La sociedad debe estar tranquila.

*

No había lugar seguro. Sixto quería entender la derrota y Clara quería

calmarlo.

- ¡Don Sixto, don Sixto, la patrulla! – Gritó un niño.

Clara tenía más prisa. A él le pesaban los muertos. Le besó los labios y lo

empujó para que huyera. Bajó por el barranco y cruzó la playa. Volvió a subir

hasta que pudo ver las casas y la patrulla.



Debía cruzar el antigal y era de noche. Dejó coquita, pidió perdón por no

tener más. Corrió entre pircas rotas hasta que oyó un disparo. Se escondió en

una tumba. Una voz lejana ordenó matarlo si lo descubrían. Alguien lo vio y

levantó el fusil.

*

Pierro miró la ventana. Los vio pasar y dijo a Oyuela que no quería atenderlos.

De regreso, Oyuela dijo que tenían una cena. Querían agradecerle, pero él

creía injusto matar para la tranquilidad de esa gente. Les había dado el

derecho a seguir vegetando.



Por la noche escucharon discursos y brindaron. Pierro dijo que tenían que

entregar algo para que todos estuvieran contentos con la victoria. Alguien

sugirió juntar plata para sus hombres. Estaba bien, pero debían compartir la

victoria con el resto. Una muchacha le preguntó cómo tenían que entenderlo.

- Como una orden.

Pierro comió, pero los otros no.

*

Si escapaba, toda la lucha se iba a recordar por la traición del caudillo. Aquel

idiota, con su compasión, lo obligó a seguir. Su tumba estaba cavada.



Entró a lo de su suegra. No se sorprendieron. Trajeron sopa. Tenía que

esconderse, dijo. Nadie negó ni afirmó. Por la tarde quedó solo.



La mujer y sus hijas volvieron con regalos. Estaba el novio de la menor, que

no debió verlo.

- Sixto.

- ¿Te sorprende verme?

- Natalia me lo dijo.

- ¿Que hay?

- El comisario anda repartiendo cosas de los ricos.

- ¿Pierro?

- Si te entregás, te indulta.

- No puede.

- Parece que pudiera.

*

Los alumnos de la escuela querían desfilar. Esperaban el santito y a los

hombres de Pierro. Uno subalterno se acercó para pedir la orden.

- Me los detiene. Deja ir a los del santito, pero les advierte.

- ¿Por qué causa?

- Por boludos.

Esperó la risa pero no era un chiste. Llevaron a los alumnos al salón, porque

la celda era pequeña. Estaban asombrados. Un profesor se indignó:

¡Fascistas! Lo separaron.

Le ordenó a Oyuela que apostara dos hombres a la salida del pueblo. Pasó

por el salón. Estaban las familias.

- Nadie va a festejar muertos.

- Es por la victoria. ¿Qué sería de nosotros si ganaban?

- Lo mismo.



Mandó detener a un padre descontrolado.

- ¿Dijo que éramos fascistas? – Le preguntó a Oyuela.

- Si, señor comisario.

- Mire usted.

*

El comisionado volvió de noche. Los vecinos entraron a su casa, y cruzó la

plaza hacia la comisaría. Después llegaron las noticias: el comisionado

municipal fue detenido por orden de Pierro.

La gente se acercó. Mujeres con sus hijos, campesinos silenciosos, familias.

Pedían la muerte del comisionado. Por la mañana estaban ahí, y desde los

almacenes les apuntaban.

Pierro dio la orden de desarmarlos. Se oyeron disparos. Algunos fueron

detenidos, y el agente sanitario entraba y salía de los almacenes.

Un hombre cruzó la calle enfurecido. Lo siguieron las miradas. Se detuvo ante

una detonación. Enrojeció, y al entrar se le adelantó Pierro.

- ¿Qué quiere?

- Saber a quien fusilan.

- Puede haber más si no hay justicia.

- Usted se volvió loco.

Amagó a sacar algo pero Pierro fue más rápido y le disparó en la pierna.

- Va a pagar por esto. – Dijo desde el suelo.

Los campesinos lo lapidaron. Luego denunciaron violaciones, robo de tierras,

retención de documentos, esclavitud. Pierro dio la orden. Se oyeron disparos

en los almacenes. Un policía cruzó la plaza llevando la ropa de los muertos.

*

Llegaban camiones con campesinos. Una de las muchachas entró y le hizo

señas. Querían contactarse. A media noche, por la playa hasta una casita

destruida. Sixto no respondió.

Cuatro personas con apellidos que odiaba se desdibujaban ante una lámpara.

No podía haber más luces. Hablaron de la inseguridad de sus familias, falta

de libertad, demagogia. Tenían que juntarse. El comisario era imposible.

Avisarían al ejército. Juraban atestiguar a su favor cuando lo juzgaran.

Era el final. Un fascista tomó el poder con los humildes de su lado. Tenía que

unirse a los dueños del pueblo y combatirlo. Se amanece soñando

revoluciones para jugarse la vida por las miserias de siempre. Dijo que no

quería luchar contra los campesinos.

*

Ardieron casas antes del amanecer. A mediodía llegó gente del gobierno.

Pierro explicó los sucesos: no había matado para que siguieran abusando. Les

prohibió hablar con otros y se fueron.

Los otros le explicaron a Sixto que el ejército estaba cerca y querían contar

con él. Le ofrecieron la amnistía. El gobierno no aceptaba los actos de Pierro.

Se iban a respetar las libertades y el derecho de vida. Tenían instrucciones de

corregir las injusticias que movieron a la rebelión. Sixto pidió veinticuatro

horas. Tenía que hablar con los suyos, los que habían sobrevivido.

Eran cinco, contándolo y sin sumar a Clara, que había ido para verlo. Tres

dijeron que iban a ponerse a las órdenes de Pierro. Uno dijo que era el

camino de su pueblo. Para los otros, encarnaba sus esperanzas. No iban a

juntarse con sus enemigos.

El cuarto creía que cualquiera era mejor que el asesino de sus compañeros.

Clara no los acompañó.

*

Acamparon en la otra banda. Se les sumaron fugitivos. Decían que los de

Pierro eran muchos pero con pocas armas.

- Una masacre, - dijo el coronel Gregorio Urrutez, - y por un país de mierda.

¿Qué se sabe de Pierro?

- Foja de servicios impecable. Dicen que era buen tipo, pero se cansó.

- Se habrá cansado porque era buen tipo. – Dijo Urrutez.

Los rebeldes rechazaron el ataque. El ejército tenía orden de evitar el

escándalo. Los diarios hablaban de un dictador de pueblo. Había que

proteger la democracia.

Pierro aplicaba pena de muerte a quienes colaboraran con el enemigo.

También hacía justicia sumaria por robo, violación y ebriedad. Hablaba el

idioma de la gente. Condolía la enfermedad de un changuito pero aguantaba

a una madre sin indultar el hijo.

Sixto pasaba el tiempo con los soldados: gente humilde cumpliendo una

misión ingrata. Pasaron el río. La noche los detuvo en las primeras casas.

Sobre la playa había decenas de cadáveres.

De mañana apuraron el paso y detuvieron campesinos dispersos. Urrutez dio

la orden:

- Sixto, ocupe la comisaría.

Oyuela se pegó un tiro y Pierro estaba sentado. Mandó llamar a Urrutez.

- ¿Porqué lo hizo? – Le preguntó al comisario.

- No tontee, coronel. Lo sabe.

- Los campesinos no van a resistir las patrullas.

- Volver es peor que la muerte.

- Perdonarlos los convertiría en mierda. ¿Y usted?

- Lo correcto es fusilarme.

- No tengo atribución.

- Entonces, ley de fuga.



Pierro se puso de pie y caminó hacia la puerta.

- ¡Ahora! – Gritó, y Urrutez disparó por la espalda.

*

Sixto trató de explicarse.

- Cállese la boca, imbécil. Desaparezca de mi vista. – Dijo el coronel Urrutez.

Era mejor seguir los pasos del comisario. Salió.

- Maten a ese hombre. Fue en combate.

Escuchó el disparo. Sacó un libro. Asintió con una sonrisa y ordenó las

exequias del comisario, a las que asistieron sus soldados. Tras las ventanas,

los vecinos veían la eternidad de la pesadilla. Sixto Payco fue enterrado como

un héroe.

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