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Intuiciones / LA TRAICION DEL PADRECITO
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

LA TRAICION DEL PADRECITO

Lo tragó la selva. Primero con sermones como los que decía en España,

después barrocos para oyentes que miraban pasar el tiempo. Era pastor en

América, pero ser americano era la parquedad de sus paisanos. Economizó

palabras, frases cortas, sin artículos, pocos adjetivos.

Fue compasivo. Amó por las ilusiones de esa india. Pensó que el trato a los

naturales era injusto, lloró impotencia. Prometió contar al rey sus males,

fundar una orden protectora. Semejante redención tendría fuerza para

conmover al monarca.

Los otros eran orejones como diablos, pero lo trataban bien. Tenían el cráneo

deformado en señal de nobleza. Tan altos que les llegaba a la cintura. Unos

hablaban dulce como latinos, otros tatuados hasta olvidar su cara. Decían que

los tigres tenían veneno en las uñas, y que un día el diablo les dio a elegir

entre la esclavitud y la selva.

Conoció diferencias entre naciones, luego entre individuos, pero su

misericordia olvidaba lo personal para llorar la raza.

Supo tantos idiomas que soñó una jerigonza intraducible. Era desagradable,

como sus cuerpos y sus caras. Recordaría una sonrisa que le resultó hermosa.

Miró la gente. Hojas, insectos, reptiles, aves. Conoció adoradores de las

piedras que les recordaban el mar.



Contra eso peleaba Cristo. De verlos combatir, imaginó una teogonía. Peleó

por el agua. Defendió su derecho a esa india, y mató.

Era respetado, pero distinto. Se estableció junto a un pueblo que levantaba

sus tiendas cuando los animales migraban. Ignoraban el matrimonio y la

maldad, lo que no quiere decir que fueran buenos.

Uno tenía privilegios porque sabía seguir el rastro. Cierta parte de la presa le

estaba reservada. Dormía cuando quería, porque en sueños veía cosas, y

podía sentarse junto al río.

El padre no hablaba porque quería escuchar cosas concretas: cómo cazar

pescados o levantar tiendas. Su vida fue cosas concretas. Jesús haciendo vino

de agua. Flagelaciones. Lirios que visten sin hilar, aves que comen sin

sembrar, aquel que traicionó y fue santo, aquel que abandonó todo y fue

perdonado, una higuera seca en primavera, la esterilidad voluntaria de María.

El brujo soñó que debía matarlo. Se lo dijo el arroyo, un estero flaco que

cruza un campo verde, cada tanto arbolado, siempre lleno de mosquitos.

Daba al camino que sube el cerro. Dijo que las piedras son veneradas a la

altura del mar. Luego, lo de matarlo.

El cura habló de un hombre a quien dios le pidió el sacrificio de su único hijo.

Se le apareció un cordero, engañó a dios y mató el animal.

Alguien le advirtió el peligro. No quiso evitarlo. Escuchó las pocas razones

que tenía y vio cómo otro mataba al brujo por él.

Debía reemplazar al brujo, porque era el derecho del matador. El indio era

incapaz y se hizo monaguillo. El padrecito gobernó reformando las

costumbres.

Recordó que debía cumplir la promesa de pedir por ellos y fundar la orden.

Encomendó a su monaguillo el cuidado de la gente. Subió el río hasta que

tuvo que alejarse. Anduvo por caminos empedrados. Vio gente y quiso

llevarles la palabra de su dios. Tomó la posibilidad del martirio como una

tentación, pero su misión era otra.

Cruzó cumbres hasta un valle donde lo orientaron. Fue al sur. Lo tuvieron por

héroe aunque su aspecto y su mirada confundían. Contaba extrañezas en la

mesa.

Recuperó el vientre. Se cortó la barba y escribió a sus superiores. Mientras

escribía se sintió cansado. Los bárbaros deformes eran el pasado. Describió

lo exótico. Puso su firma y se embarcó.

Su madre vivía en España. Hizo comidas que lo conmovieron. Le dijeron que

viajaría a Roma, donde pasó sus últimos años.

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