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Intuiciones / EL PIADOSO
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

EL PIADOSO

Nunca imaginé que pudiera andar rápido entre piedras y espinas. Puso el pie

en una roca, miró hacia una quebrada oscura y habló del libro que enseñaba

juegos financieros para pobres. Dividía la humanidad en independientes,

empleados, jefes y patrones.

Asimiló las palabras perdedor y ganador, pero no tenía aspecto de haberlas

entendido. Era de los que eligieron aceptar su destino. Reivindicaba el

liberalismo por su lado heroico: la lucha por la vida es tan bárbara como en

los tiempos guerreros.

Llegué a la conclusión de que estaba muerto. La muerte es eso: imágenes del

pasado sin capacidad de ordenarlas. Sin voluntad, un eterno pasaje de

recuerdos. Y lo nuevo son también imágenes.

Sonreía cuando recordaba el poema Amor Sucio de Paul Boulet: “...ráfagas de

asco...” y “...mutilándote hasta ser hembra / meciéndote cinco minutos / para

exorcizar la moza insulsa...” y “...dejamos el Paraíso / olfateándonos como

perros.”

Había conocido a Paul Boulet. Era uno de los lujos que podía darse. Calculé

que había pasado los sesenta años porque Boulet murió en el ´78. Me dijo

que lo conoció cuando ya no podía admirarlo.

En su juventud no pudo evitar ser revolucionario. Todas las personas se

parecen en los tiempos de heroísmo, pero no creyó en el peronismo ni en la

izquierda. Cuando llegaron los militares se fue del pueblo. La represión lo

encontró fumando marihuana.

“...Ya no tiemblo al despertar...”, escribió en su cuaderno. Eso quería decir

que temblaba y no quería reconocerlo. No fue de los que quiso explicarse lo

que pasaba y se hundió en noches turbias. Un mundo había terminado pero

no era tiempo de saberlo.

Vivió encerrado al sur de la ciudad de Buenos Aires. Pensó que vivir o morir

era cuestión de astucia. Fue parte del rebaño que el zorro quiso matar. Sin

saber que lo buscaban, jugaron a las escondidas casi una década.

Leyó novelas policiales para descubrir el secreto de la fuga. Quería lograr lo

que pocos: vivir escondido. Esas fueron sus últimas lecturas.

Se había despojado de la compasión. Pasó años revolcándose con quien llegó

a su cama. Despertaba para ver que no estaba con la persona correcta. En un

desayuno escuchó de la infección. Luego se enteró de algunos muertos. Las

caras de los condenados se le volvían nítidas. Se despertó junto a una mujer

que lo miraba con amor. Pudo haber sucedido antes, pero no le había

interesado esa clase de miradas.

Decidió regresar porque los militares ya eran menos peligrosos que el SIDA.

Estaba demasiado muerto para tener que conocerla y la llevó consigo. El resto

fue el destino. Hoy pasea turistas por la Quebrada. Nunca le había confesado

lo que sospechaba de su pasado, y sin saberlo me dijo que murió cuando

sintió compasión por esa mujer.

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