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Intuiciones / ¿QUIEN MATO A SOFIA URTEADE?
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Textos de Ricardo Dubin /

cultura

¿QUIEN MATO A SOFIA URTEADE?

Creían que la censura aseguraba su victoria. No era mentira, pero las

esperanzas murieron antes de la represión. Eso no lo sabían ellos ni los

derrotados, se iba a saber después. Mientras tanto, vivíamos en el miedo.

No buscaba nada y pasaba la mañana buscando libros. Me detuve en una

tapa. Podía ser un señuelo, pero no hay instinto de conservación cuando se

despierta el hambre. No me di tiempo para pensar si el precio era justo. Lo

hacía o no lo hacía. Había mostrado interés y retroceder era haber corrido el

riesgo en vano. Lo pagué y me lo puse bajo el brazo.

No corrí para que nadie supiera. Puse el libro bajo la campera y armé un

recorrido para que no me siguieran.

Puse la llave en la puerta de vidrio y miré el reflejo. Podía ser cualquiera. Tal

vez esperaran que me viera con otros para cazar toda una barra de

disconformes, gente que no podía hacer nada ni pensaba hacerlo. Pero ellos

no lo sabían.

Me encerré a leerlo. Era de un sacerdote que había colgado los hábitos para

sumarse a la guerra revolucionaria. En la página 273 cambiaba la letra y la

numeración pasaba del tope al pie. La tipografía era más pequeña. Hasta la

289 había un cuadernillo que terminaba en una media palabra cortada por un

guión.

Eran instrucciones para levantar un campamento guerrillero, parte del

entrenamiento de una guerra perdida, como hoy podemos leer las

instrucciones de Napoleón o Hitler, pero que entonces se creyó condenada a

la victoria. Busqué la primera página y leí un nombre escrito en letra cursiva,

infantil: Sofía Urteade. Debió escribirlo cuando el peligro era más inocente, y

tal vez lo pusiera para que su hermana no se lo robara.

Busqué el pie de imprenta, leí la dirección: Cosquín 1172. Imaginé un

ambiente nebuloso de humo y excitación. No tenía nada que hacer. Escondí el

libro y fui hacia allá.

En ningún momento miré la numeración, pero vi que era un galpón con

puertas de chapa. Ahora debía tener otra función, o ninguna. Crucé y entré a

un bar. No esperaba nada, como la mayor parte del tiempo.

Entró una muchacha. Parecía de otra tierra, por su andar, pero ya se había

mojado y era como un perrito muerto de frío. No se cuando juntamos las

mesas. Me contó su vida en España, donde se había perdido en fiestas y

boliches. Algunos años podían resumirse en unas noches.

Me tomó la mano para que saliéramos. No era conveniente hablar ahí. En una

plaza me dijo que su padre era argentino. De sus primeros seis años apenas

recordaba cosas sueltas, entre las que no estaban su madre, y sabía que

habían transcurrido en Buenos Aires. El padre la dejó con una familia en

Madrid prometiendo volver, pero no lo hizo. Le dejó, por si quería saber, un

libro y una foto de los tres.

El libro estaba incompleto porque algunas páginas hablaban de cómo hacer

un campamento guerrillero, que no era el tema. En la fotografía su madre era

igual a ella, y ella era una pequeña que no se le parecía. Buscó la dirección de

la imprenta. Cuando hizo el bolso se miró al espejo y recordó que se había

rapado. Fue tras una resaca inmensa en la que quiso desaparecer. Por el

contrario, le pareció mejor buscar.

Cuando llegó a Buenos Aires alguien le dijo que tuviera cuidado. Ella no tenía

noticias de esa guerra, de cuando fue, que representaba cada bando ni quien

había ganado. Fuimos a su hotel. Se llamaba Ana, tenía el doble apellido de la

familia que la adoptó y recordaba el de su padre. Antes de partir quiso

conocer la calle donde habían impreso el libro, porque era el único dato. No

sabía lo que buscaba y yo no le había dicho que tenía una respuesta.

En la cama se movía con una voluptuosidad mayor a la pequeñez de su

cuerpo. Tenía los cabellos cortos, pero ya no estaba rapada. Fumamos

hachich y volamos entre orgasmos. La ayudé a hacer el bolso y la acompañé a

Ezeiza. Selló el pasaporte. Los soldados cuidaban la salida. Había peligro,

como en las películas en que el fugitivo es apresado en la pista, pero debía

decírselo.

- Tu apellido materno es Urteade. Tu madre se llamaba Sofía.

Me miró con ojos muy abiertos y caminó hacia la pista. La esperaba la combi

que la llevaría hasta el avión. Me di vuelta y corrí hasta los taxis. Los taxistas,

en esos tiempos, no eran confiables, no digo todos, pero había que andar con

cuidado. Le di una dirección que no era la mía, por las dudas, y desde ahí

caminé hasta casa.

Años después entendí lo que había hecho. En mi barrio se establecieron miles

de chinos. Todos me parecían iguales. Podía enamorarme de una muchacha

sin reconocerla al otro día.

Todas las mujeres que habían sufrido la derrota tenían para mi la misma cara,

los rasgos de la juventud de los años setenta. Sin que lo supiera, le había

dicho a Ana que era hija de una de ellas, de la que sabía el nombre y apellido:

Sofía Urteade.

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