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Intuiciones / VIAJE A LAS TOLDERIAS
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

VIAJE A LAS TOLDERIAS

Harán diez años. Tal vez quince. Estaba preocupado por cosas de oficina. No

recuerdo ninguna, pero si las que me pasaron ese día.

Vivía al sur de Quilmes. Era domingo por la mañana, bien temprano, y saqué

la bicicleta. El sol subía desde el río entre nubes que prometían ahogarlo.

Cantó un gallo. Los vecinos se disponían para la feria.

Se sucedieron calles conocidas, pero pronto otras que habían perdido el

asfalto entre baches y remiendos, para luego olvidarlo. Las casas se

disipaban, alejándose sin convertirse en campo. Cada tanto se juntaban. La

gente se agrupaba para cosas propias de domingo: fútbol, misa, asado. Se

presentía la cerveza y el calor aumentaba. Pensé que corría peligro.

Las mujeres usaban vestidos livianos, con brazos al aire, y los niños jugaban

en la cima de los basurales. Desde una curva pude ver el lomo del río. El

camino seguía entre una serranía de escombros. Cada vez era más difícil

mantener la velocidad.

Un hombre estaba parado a la vera del sendero. Sus harapos me dieron a

entender que la villa era envidiable para él. Dijo palabras que no entendí, y

me detuve sin saber porqué.

- Déjela con confianza. – Dijo. Parecía una broma. Subió entre hierros y

restos de civilización. – Fui uno de ustedes, nadie nace en estos sitios.

Un desierto de latas y bolsas hasta la costa. Bajo una loma estaban apilados

cartones con chapas oxidadas. Entre los cartones había ropa sucia, dura, y

me sorprendió que hubiera un hombre. Las brasas ardían. Un tercero se

acercó con cajas de vino. Era su hallazgo mañanero. Se sentó y empezó a

sumar los restos. Juntó medio litro y nos dedicó una sonrisa. Cuando la caja

llegó a mis manos, vi un color turbio que denunciaba demasiadas

procedencias.

Soporté el murmullo del que estaba bajo los cartones. Pretendía ser parte de

la conversación. Respetamos su turno. Luego le tocó a mi anfitrión, que

pareció seguir el curso de las confesiones.

Su vida era quejumbrosa como el tango y parecía la de Martín Fierro, aunque

sin muertes. De todas sus desgracias, cuatro o cinco bastaban para arruinar

una vida. Abandonó su hogar por la más tonta.

El otro era alcohólico. Aseguró que ahí nadie lo miraba mal, cosa razonable.

Tenían algo de nobleza. El que seguía tirado volvió a hablar, pero tampoco le

entendí. Me hizo señas. Me dio a entender que quería un cigarrillo. Lo

encendí y puse entre dedos enfundados por guantes de lana sucios y rotos.

Hizo ruidos entre el humo. Entre las cajas había agua, y pensé que era

imposible dormir así. Después me dije que esa humedad cálida era una cama.

Me acerqué a su cara tratando de no respirar, pero el olor era insoportable.

Entre silbidos asmáticos dijo dos o tres palabras comprensibles. Me estaba

pidiendo que lo librara de la vida, como si fuera un dios.

Retrocedí por su insolencia. Mi anfitrión lanzó una carcajada, como si aquello

fuera broma, y explicó:

- Es un pesimista.

Era hora de irme. El cóctel me había mareado porque tenía la densidad del

azúcar de lo que fuera una gaseosa. El calor hizo el resto. No creí necesario

despedirme.

- ¿Va a volver?

Sin embargo pensé que su vida no era del todo más miserable de la que me

rodeaba. En la oficina una mujer tomaba tranquilizantes cada dos horas, y se

acostaba con un hombre que tenía vergüenza de salir juntos del hotel. El

hombre era feo y vivía con su madre. Había pasado los cincuenta y se tenía

por buen bailarín. Eran los más felices, porque estaban los que habían

olvidado el sexo, y los que, teniéndolo, no recordaban el amor.

Algunas se prostituían por horas extras que no habían trabajado. Una

jovencita hermosa bailaba desnuda para el jefe en una oficina cerrada. Otra,

que había conocido la felicidad, se preguntaba cómo había caído en ese

infierno.

Me sorprendió encontrar la bicicleta. Tuve miedo cuando pasé por las villas.

Había terminado el fútbol y la misa, y andaban con botellas de cerveza. Apuré

para llegar a la ruta. A lo lejos vi un hombre que le pegaba a una mujer. Ya en

el asfalto, la realidad era menos violenta. Las ventanas repetían luces de

televisión encendidas. La gente había almorzado y esperaba que pasara el

domingo sin querer que terminara.

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