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Intuiciones / DON EUSEBIO
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

DON EUSEBIO

Cabalgaba con la tropa cuando recibió la carta de su madre. Su mirada

enrojeció de furia. Aguijoneó el caballo, mientras los gauchos descansaban, y

cansó su bestia hasta un arroyo, donde bebieron, se lavó el sudor y atardeció.

Concluyó que la guerra era vana y decidió desertar. Volvió al campamento.

Ordenó el regreso.

Desconoció la estancia. Habían talado el bosque y sembrado. La casa tenía

demasiada luz. Se dejó ver, formando tropa en la línea del horizonte. Las

siluetas del centenar de jinetes brillaba al aclarecer, y sus sombras se

dibujaban con el ocaso.

Se vio el polvo de un caballo y el centinela anunció que su sobrino quería

verlo. Escuchó en silencio sueños acuñados en viajes por el mundo, y el color

de los tiempos que corrían. Sebastián se entusiasmó.

- Me alegra que volvieras, otros no lo hacen. – Dijo don Eusebio.

El joven sonrió relajado. La ignorancia de su tío sucumbió al tejido de sus

ideas, pensó, y bajaron juntos a las casas, donde ordenó una fiesta. Sonó

música y se inició el baile. Afuera, los paisanos bailaron otras músicas y

comieron asado.

Don Eusebio estaba sentado en la mesa principal al lado de la madre y de

Sebastián. Pasada la cena, se puso de pie. Cuando ya estaba en la puerta, se

volvió para ordenar que siguieran. Caminó hasta que las luces dejaron de

alumbrar. Se le acercaron sus segundos.

- Sigan hasta cuando los hombres quieran, - y buscó su recado.

No escuchó el jolgorio y durmió con inocencia. Cuando se corrió la voz, los

soldados olvidaron la guitarreada y se echaron cubiertos con sus ponchos. Al

alba, los invitados regresaron a sus carruajes sorteando cuerpos tendidos.

Ya se apagaban las luces cuando don Eusebio se puso de pie. Un hombre

había sido apostado para vigilar su sueño, y despertó a sus lugartenientes.

Compartieron mate y churrasco en silencio, hasta que dio orden de soltar la

caballada.

- ¿Donde?

- Aquí.

Sonrieron. Corrieron la voz y al poco rato se presentó Sebastián.

- ¿Qué es todo esto? - Señaló con la cabeza a los animales hambrientos

masticando brotes en sus surcos.

- Les decís a los vecinos que comprarás la hacienda que vendiste, aunque sea

a mayor precio.

- No tengo todo el dinero. Compré arados, semillas, almácigos. Pagué

ingenieros de riego y las reformas.

- Dales mi palabra que se les va a pagar.

- Pero ayer...

Comprendió que no podía con ese hombre. La hacienda regresaba a

mediodía. Los soldados arriaron. Don Eusebio diseñó el modelo de la casa

que regresó a su sobriedad infantil. Marcó a que hora se debían apagar las

luces.

Los inmigrantes se juntaron y exigieron a Sebastián el pago de la contrata.

Les respondió que hablaría con su tío. Al llegar a su lado enmudeció. Los

paisanos descansaban ya y todo tenía un aspecto distinto, montaraz.

Dio media vuelta. Pidió un caballo y galopó hasta el pueblo. Se reunió con los

que compartían sus ideas. Estaban anoticiados y sabían lo que se debía

hacer. Habían juntado armas. Sebastián era el encargado de recuperar sus

tierras. Debía bastarle la educación recibida para vencer la soberbia de

aquellos desertores.

Acampó en el cerro. Los agricultores se le sumaron. Don Eusebio los ignoró.

Las tropas de Sebastián confiaban en una victoria rápida. Mandó un

mensajero. Le respondió que estaba ocupado. Volvió a enviarlo diciendo que

eran muchos y armados.

Don Eusebio lo estaqueó y devolvió en la mañana sin respuesta. Los hombres

de Sebastián esperaban un combate que no llegaba. Enfrentaron a su jefe,

exigiendo decisión. Les ordenó respetarlo. Corrieron voces de motín. Mandó

apresar cabecillas. Conversó con ellos. Decían que no era tiempo de espera.

Sebastián dijo que estaba al mando y los fusiló.

Por la mañana recibió la visita de sus amigos. ¿Qué estaba haciendo? Trató de

explicarse, pero ellos ya lo habían interpretado: sólo sabía obedecer.

Amaneció muerto. La noticia llegó a la casa.

En las sombras, hombres de don Eusebio entraron al campamento. En la

mañana vieron los daños. Faltaban caballos, armas y muchos hombres. Era

momento de hacer frente, pero la tropa desertaba. Decidieron retroceder,

hacerse fuertes y levantar la moral.

Los hombres de la estancia, a caballo y en silencio, los siguieron a distancia.

Alguna escaramuza obligaba a seguir el paso a los fugitivos. Acamparon a las

puertas del pueblo. Les daban dos días. No tenía sentido resistir.

Hubo corrillos en las casas de las familias. Los señores vieron a sus sirvientes

unirse a los sitiadores. Ordenaron que el combate se diera en las afueras y

huyeron en silencio.

Entre los doctrinarios hubo quienes pensaban que una estrategia hábil

acabaría con el miedo. Los sitiadores los dejaron ordenarse y esperaron su

carga, que llegaba cansada. Lanzaron la caballería tocando a degüello. No

quedó ningún defensor. Las puertas se abrieron, y los vecinos convencieron a

don Eusebio de asumir el gobierno.

Llamó a misa, a la que asistieron todos, sedientos de que terminara tanta

revolución. Convocó a una fiesta en la que no hubo discursos y de la que se

retiró temprano. Nunca nadie supo por su boca qué era lo que se proponía, ni

hacía falta.

Se encerró para tomar las medidas necesarias. Se acercó un muchacho con

los cabellos revueltos y papeles bajo el brazo. Era hijo de doña Vera, y

aunque más joven se parecía a su malogrado sobrino. El joven dio

explicaciones sobre lo evidente, la necesidad de su gobierno y lo que se

debía hacer. Don Eusebio tuvo que reprimir el sueño.

Dejó los papeles sobre el escritorio. ¿Para eso se educaba la juventud? ¿Para

decir lo que se puede ver? ¿Acaso olvidaban lo importante, las intenciones?

Se abocó al trabajo. Cuando quiso descansar era noche cerrada. Se puso el

poncho y salió por la puerta trasera. Buscó caminos de barro que se perdían

en suburbios.

Se sentó junto a un arroyo cuando comenzaba a aclarecer. Tras el arroyo, una

casa. Cruzó pisando piedras. Lo recibió un matrimonio que se disponía a

hacer las cosas de todos los días. Compartió mate y pan. Una niña pidió la

bendición para pastorear. Don Eusebio levantó la mano. Ella se paró junto a

los hombres y cebó mirando el suelo. La madre se había perdido en una

habitación.

Los hombres conversaron. Le dijo que el domingo era el santo y que querían

contar con su presencia. La mujer regresó.

- Vamos al campo, usted se queda. – Le dijo el padre a la hija.

Don Eusebio entró al cuarto, tras él la niña. Estaba todo dispuesto con el

primor de la humildad. Se sentó en el borde del catre. Ella se acercó. Le

acarició la larga cabellera negra. Le quitó el vestido y la ayudó a acostarse. Se

puso de pie y se quitó la ropa con lentitud, acomodándola en una silla. Se

echó junto a ella y la hizo suya.

A mediodía lo esperaba el muchacho parecido a su sobrino. Le informó que

había vecinos que escribían pidiendo ayuda.

- Déjelos hacer, ya sabremos quien es quien.

Le preguntó por los papeles que había dejado, y respondió con una sonrisa.

Miró la multitud de escritos que se apilaban y le pidió que se retirara, tenía

trabajo. Pasó los días ordenando cada detalle de la vida, deteniéndose para

saborear la tonada de los decretos. El domingo escuchó música que venía de

lejos, que se acercaba y alejaba con el viento. Mandó carnear.

Lo esperaban para la procesión. Era un santito pequeño dentro de una urna

en la que pendían cintas de colores. El rostro del santo era triste y deforme.

Tenía un ojo encima del otro. Un palo en la mano y una oveja. La otra mano

estaba rota. Lo ayudó a recorrer su camino. El dueño de casa estaba orgulloso

de compartir su devoción con don Eusebio.

Mientras sonaban guitarras y corría asado, se acercaron sus hombres. Traían

prisionero al muchacho de los papeles. Le gustó que lo mirara con dignidad.

¿Acaso debió prestarle atención? No se puede andar con cola tan larga.

- Está en comunicación con las tropas que se acercan.

Miró al suelo y sentenció:

- Trato de traidor.

El muchacho se creía mártir.

Pidió disculpas al dueño de casa. Al llegar al arroyo vio los ojos de la niña que

le recordaban picardía. Sonrió y dio pasos firmes. Montó hasta donde estaban

sus soldados.

Subió a un cerro para ver la formación enemiga. Miró hacia sus espaldas, tras

la falda. En la playa estaban los suyos. Se le acercó su segundo.

- Hay mucha soldadesca que se pasa de nuestro lado.

- No me gustan los traidores. – Dijo don Eusebio. – Me los pone en la

vanguardia.

Tiró de las riendas. Sabía que aunque lo vencieran no gobernarían a su gente.

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