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Intuiciones / PORQUE SOMOS LA TIERRA
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

PORQUE SOMOS LA TIERRA

Las casas de adobe. Los surcos de las chacras. Las ollas. Los cerros mismos,

participan de la temporalidad del barro. El agua lo deshace todo, lo cambia de

forma. Cuando la seca, el mundo es relativamente estable, pero el tiempo de

la vida empieza a suceder cuando aparece el agua. La vida y la inestabilidad

van de la mano.



Levantamos nuestras casas con la misma tierra. Basta ver una pila de adobes

fusionados por la lluvia para comprender que elevamos las viviendas desde el

suelo mismo. Debemos pedir por las lluvias para que la tierra dé su fruto,

pero sabemos que el agua dañará paredes y techos, carcomerá cimientos.

Podría pensarse que es lo construido por el hombre aquello que corre riesgo

de deshacerse. Hay que ver una vivienda descuidada por años, se vuelve poco

a poco un montículo de tierra.



Sin embargo, el cerro mismo se erosiona. Son gigantescas moles de adobe

trabajadas por arroyos, por esos ríos y riachos que son lecho seco lo más del

año, piedra y arcilla. Irracionalmente están sostenidas grandes rocas en las

altas paredes verticales, sólo por tierra, llamadas al fin a rodar hasta un valle

o hasta el lomo férreo de un cardón.



Agua, barro y piedras sepultan viviendas, arrasan cultivos, cuando las

bajadas. El agua, que es esquiva por largos meses, ausente, irrumpe

desmadrada cuando las lluvias. Una casa es tapada, se construye otra metros

arriba sobre su sepulcro. Los peores daños se dan cuando el brote ya es

grande, cuando hay fruto, cuando se acerca la cosecha.



Las acequias erosionan los surcos. Si el agricultor no hace pasar sed a su

chacra obligándola a echar raíz profunda, los maíces se desmoronan y son

derrumbados por el viento. Es este el significado del Sol que se apaga por el

agua, uno de los cinco soles que recuerda la memoria. El agua, que es

esencial para la vida, la destruye. El barro se deshace, para poder vivir se

requiere un trabajo constante, incansable. Para construir, para sembrar, para

cocinar, porque todo está hecho de barro.



De ahí que dos corrientes confluyen en el mundo, los hechos repentinos, las

secas, heladas, tormentas, y los ciclos constantes, días y sus noches,

estaciones, lunas. Los antiguos llamaban mancapacha a la primera, y a la

otra: alaxpacha, tejiendo con ellos una teogonía que no trascendía de las

cosas de la tierra. El movimiento de lo repentino y el de lo cíclico se

combinan, y con sus sucesos y leyes los hombres comercian por medio de la

religión.



Así vivimos, entre el trabajo y la challa, entre el esfuerzo humano y la

necesidad de armonizarlo con las variables y las constantes del mundo. En

pleno tiempo de seca, para San Sanjuan, que es fuego y es agua, comienza el

año. Santiago es el poder del rayo. En San Roque se agasajan los animales

que protegen al ganado, dentro de lo posible, de pumas y zorros

depredadores. En Agosto se da de comer a la Tierra. Las bandas de sikuris

suben al santuario de Sixilera para pedir la lluvia. En Noviembre se alimenta a

las almas de los difuntos, tiempos en que por los surcos corre el agua.



En el Verano, las aguas son bendición y son riesgo. En Febrero las fiestas de

los excesos por los resultados de las cosechas. Pachamama y el Diablo son

sus protagonistas, challa y apachetas enfloradas con chacras y girasol, cajas,

el perfume de la albahaca, chicha, invitaciones. Al mes los sikuris vuelven a

subir al cerro para agradecer el ciclo de la vida que se cierra sobre si mismo,

y vuelve el cielo seco en su celeste, el reinado del Sol y del frío.



En el calendario, que se viene repitiendo por milenios en este suelo

quebradeño, la memoria del comercio humano con las fuerzas promotoras de

Alaxpacha y de Mancapacha. Pero con la conquista española las wakas se

travistierion, encarnando santos, vírgenes y diablos. Sólo los tiempos del

mundo, y esa zona de la conciencia indiscutible y secreta que se escondió

tras la coraza del miedo, nos permiten saber que las fuerzas que rigen lo

repentino y lo cíclico tenían otros rostros.



Alguna vez, desde el Cuzco, ocurrió que se pensara que por sobre el Sol y la

Luna, tras el Rayo, por dentro de la misma Tierra, gobernando ciclos que

claudican aquí y allá cuando las catástrofes, alguien desconocido regía los

comos y los cuandos. Lo llamaban Pachacamac Viracocha y nada sabían de su

rostro, de su sitio ni de su tonada, según cuentan los jaillis rescatados por los

cronistas, esos bellos ruegos que aún nos quedan. Pero siempre, y aún

entonces, esa fe en una razón última verificable por un mundo que creara y

rige, vivió en tensión con las fuerzas visibles que mueven las cosas

(Alaxpacha y Mancapacha), que hieren los frutos y que los fortifican, que son

los mismos elementos que se deshacen en el barro que mutilan y vivifican.



Vivimos en el barro, trabajamos en él, cocinamos en la arcilla. Tal vez no

hayamos sido creados del barro, pero en el barro somos. El tiempo que nos

rodea es variable de una constancia que siempre regresa. Regresa como los

ojos de las wakas en sus presencias travestidas para el altar católico, como el

calendario que es siempre el mismo y siempre nuevo, como las casas de

adobe, los surcos, las ollas, los cerros, un Pachakuti que presupone a otro, el

de la anunciada restauración.



Año a año el retorno de lo idéntico, y el desgaste de un mundo hecho de

tierra en el cual el hombre reconstruye lo dañado o perece. Cuando

Pachacamac Viracocha sobrevivió en Dios y Tunupa en Cristo, predicado por

portadores inmorales, la moral fue desterrada de esta tierra (y con ello

sobrevino el alcoholismo, la degradación, lo ladino, el rencor), la waka del

maíz se volvió Diablo. Cristo había expulsado a los mercaderes del templo

para sembrar de mendigos los patios de las iglesias, en tanto que Tunupa

había enseñado al hombre la civilización y la agricultura. La civilización se

llamó barbarie y la brutalidad, cultura. Pachacamac Viracocha fue siempre

silencio a la pregunta de los sabios, en tanto que Jehová dictó diez leyes

tribales y le dió la espalda a su profeta, para al fin transformarse en ciencias

que dan una versión matemática de la casuística del universo, y amenazan

con terminar con la misma humanidad a la que degradaron.



Sea cual sea el rostro, el sitio y la voz de esa razón última y primera, nosotros

quedamos con las presencias inmediatas del mundo para challar y trabajar,

festejar y corpachar, la Pacha, el maíz, el Sol. Y a pedir el agua y a reconstruir

el surco que el agua mutila.



Ricardo Dubin.

En Tilcara, Marzo del 2004.



Ricardo Dubin

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