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Intuiciones / PAQARIKUY
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

PAQARIKUY

Es ir hacia el alba, buscar el primer aclarecer, lo que es

decir: salir al encuentro de la visión de la cosa.



Desde que nacemos nos vamos recortando de la naturaleza.

Ese recorte implica colocarnos en un tejido de símbolos,

que expresamos por medio de palabras.



Hacernos personas en medio de un mundo implica retroceder

ante la visión de la cosa: ese impacto inicial e

imaginario, reducido siempre a la recepción de un estímulo

físico, que nos asusta y nos seduce, por lo que

pretendemos regresar. Pero de esa visión inicial, que tal

vez no sea más que una referencia ideal de nuestro pasado,

sólo nos queda el espanto y la seducción de haber visto la

cosa, como en el recuerdo del sueño soñado.



Su presencia, que la filosofía ha colocado tras la imagen

de la cosa llamándola el ser, es un peligro constante en

nuestras vidas. En realidad no se oculta, sino que

nosotros nos colocamos tras la coraza de la persona, que

la psicología ha dado en llamar la voz del padre, y el

marxismo ha encontrado en la voz de la sociedad: la

ideología.



Su voz, la voz de Dios, pretende decirnos qué es la cosa,

ya irreversiblemente inalcanzable.



Los mitos colocan el momento anterior al enmascaramiento

en la noche, tiempo de oscuridad en el que éramos

poderosos, porque no nos diferenciábamos del poder de la

tierra y de la infancia, y a la vez ignorantes, porque aún

no estábamos domesticados.



Antes del alba, las fuerzas de la tierra se expresaban con

el rostro de dioses terríficos. Después de la

domesticación, vivimos en manqahuayco.

Manqahuayco es la quebrada del diablo. Allí, los dioses

terríficos, las primeras expresiones de la visión de la

cosa, expresan al mal.



El mal es el valor condenado por la voz de la coraza de la

personalidad, esa ficción del yo que es la asunción como

propia de la palabra ajena, del tejido de símbolos con que

fuimos domesticados.



A eso la cultura ha llamado civilización. Llamamos diablo

al mal, porque tememos el sonido de los nombres de los

dioses terríficos. Lo llamamos mal porque recordamos el

espanto y la seducción de su visión primigenia.



Dicen que en Manqahuayco, Dios está más allá de las

fronteras, en lo que ellos llaman cielo (alaxpacha), pero

también que está en el mismo mundo y en nuestros

corazones. Esas son las cuatro fronteras de la

domesticación.



Alaxpacha son las leyes fijas que rigen el movimiento del

cosmos, y en el microcosmos, ese logos que marca el paso

de todo el movimiento según Heráclito. Todo es uno

(Parménides) y todo es constante movimiento, son así la

misma cosa. Decirle Dios es enmascararnos ante el espanto

de nuestra insignificancia, pero también el agradecimiento

a sus ciclos, porque por ellos podemos cosechar la

siembra. Ante El sólo podemos accionar por la quietud.



Manqapacha es lo repentino, la otra frontera de la

civilización. Es Dios en su aspecto inesperado, sus actos

inescrutables, los terribles celos de un Jehová que era la

expresión del trueno en la cima del cerro. Ante él sólo

podemos actuar por la alerta.



Si Dios está en el mundo, en Purunpacha, es en los actos

del otro que vive tras las fronteras de la civilización,

el que rechazó la domesticación, cuyos actos no se rigen

por la misma voz interior que nos habla simulando nuestro

yo (superyo o ideología), la coraza, pero también en la

voz del amo. Ante El sólo podemos actuar con la pelea.



Pero Dios está en nuestro corazón. Ese es el manantial de

nuestros deseos. Dios es el acto inesperado de nuestra

propia profundidad, el mono que reclama su bárbara

libertad, un grito de pereza ante la domesticación por el

trabajo, y un alarido de deseo que puja pero que no quiere

ser satisfecho, porque de hacerlo nos perderíamos en la

idiotez, y de una deidad que cedemos a la administración

del sacerdote, porque el recuerdo de su poder nos espanta

y nos seduce, y por ello su cadena. Por ello, no somos

sino su esclavitud, y ante El sólo podemos actuar con

sumisión.



En el centro de las cuatro fronteras, el Cuzco

homocéntrico del universo (qösqo: ombligo), nos formamos

con la coraza de la personalidad, que es el reflejo de las

voces exteriores. Por ello, somos pura esclavitud de la

nada, pura nada domesticada.

Podemos representar los movimientos básicos de la vida con

los de la vicuña. La vicuña es un ser comunitario, por

ello sus movimientos no son mera acción, sino

comunicación. Sus posturas delatan sumisión, pelea, alerta

y quietud.



Esta etología, transformada en iconografía, es la

sabiduría que nos dejaron los antiguos en las cuevas.



Es la mera simpleza de las reacciones. Para verlas en su

luminosa imagen, recurrimos al paqarikuy, que algunos

traducen por vigilia.



La vigilia es un acto espiritual. Lo es desde que no somos

más que el tejido de símbolos con que enmascaramos la

visión de la cosa.



Paqarikuy exige sobriedad, por ello se acompaña de coca y

no de alcohol.



Paqarikuy es un acto espiritual, porque esperamos que la

luz del Sol transforme la visión de la cosa, antes teñida

con la tonada de la Luna.



Paqarikuy es comprender que la tonada de la Luna es otra

pretendida visión de la cosa.



Es salir al cerro dos horas antes del aclarecer, cuando

los yuyos y las piedras del suelo se agigantan porque no

tienen sombra. La tonada de la luz difusa, azulada, casi

oscura, se prepara para el frescor del aclarecer.



El sueño que aún tenemos, el deseo de cobija, de calor de

la cama, nos deja en la indefensión necesaria para vivir

el paqarikuy.



Cuando raya la primera luz, el trinar de las aves nos

delata la salida de la zona de peligro. Han sobrevivido a

la noche, donde el frío pudo haberlos agotado, donde hay

fieras que merodean buscando caza, y los sueños soñados

son ya la construcción de un recuerdo.



Ese es el saludo al Sol de las aves, el retorno al día.

Porque paqarikuy es también comprender que hubo un día

anterior al día, que no es sólo día nuestro presente, y

que también la noche tiene su tonada de luz.



Hay un regreso paulatino a manqahuayco, pero hay una

previa visión de la cosa.



*



Aunque no tenemos sino visión de la cosa, una imagen tras

el que suponemos la subyacencia del ser, también es cierto

que la tierra presiona sobre los símbolos con que

construimos el mundo.



No vivimos sino entre palabras, que nombran las cosas,

pero la palabra, aunque no remita a la cosa en la

confección del mundo, está presionada por la naturaleza.



Nuestras certezas están siempre expuestas a ser refutadas

por la vida, no porque vaya a irrumpir la cosa desnuda en

nuestro mundo, sino porque lo deforman adquiriendo la

máscara del diablo.



Cuando la cosa deja de presionar sobre los símbolos, hay

teología (mera explicación del logos de la cosa) o

idolatría (sola adoración de una imagen seca). Se abre

entonces la posibilidad del derrumbe de las leyes

naturales, con las que pretendimos homologar el logos de

la vida con el de los símbolos.



Paqarikuy es sentir la brisa de esa presión en nuestros

rostros. Ese es el frescor del aclarecer, la visión de la

cosa nos alcanza, pero no la cosa.



Esa brisa se expresa también con el canto de las aves

sorprendidas por la continuidad de la vida, por el anuncio

de la tibieza del alba.



*



Por ello se llama paqarinruna a los hombres originarios, a

los primeros. Son los seres del alba, en que nos

transformamos tras la vigilia, por lo que tenemos la

ilusión de poder reconstruir el mundo (sin los errores que

hemos cometido en el día previo, la culpa), como si

fuéramos libres, y con el recuerdo fresco del poder

nocturno, cuando la magia reinaba en nuestra comunión con

la cosa.



Somos seres del alba (paqarinruna), para volver a ser

seres del día (incas, hijos del Sol). Pero del paqarikuy

sólo tenemos la brisa del frescor del alba, e

inmediatamente su recuerdo, su nombre. Por ello retornamos

a manqahuayco, aunque levemente distendidos por el sueño y

el cansancio de la caminata de este viaje que es

espiritual.



Entonces, un matecito de rica rica y un bollo antes de

emprender el día.



En los Altos de San Francisco,

3 de Marzo del 2006.

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