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Intuiciones / TODOS LOS ERRORES Y DULCES ACIERTOS QUE PROVIENEN DE LA NECESIDAD DE ENCONTRAR NUESTRA VOZ.
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

TODOS LOS ERRORES Y DULCES ACIERTOS QUE PROVIENEN DE LA NECESIDAD DE ENCONTRAR NUESTRA VOZ.

La voz es anterior a la palabra; su superficie remite al

conjunto de los actos. En el pueblo donde vivo, lo llaman:

la tonada, que es anterior al verso.



Cuando construimos el mundo para hacer una casa

confortable sobre la tierra; cuando la tierra se esconde,

coqueta como una niña que baila una zamba, o responde, por

medio de los dioses y de los cataclismos, para decir que

andamos errados en lo que creemos cierto, entonces nace la

palabra. Si la voz es la posibilidad de que la palabra sea

dicha, la tonada es la posibilidad de que sea nuestra.



Muchos renuncian al derecho de encontrar su voz, lo que es

una esclavitud más dramática que ceder la libertad. La

esclavitud es aceptar la palabra ajena como propia, cuando

nos queda la profunda posibilidad de decirla con nuestra

voz. Se pueden adorar dioses ajenos pero reservarse el

ritmo y la melodía para entonar las plegarias.



¿Qué sucede con las palabras de los que cedieron su voz?

Quedan flotando en la cultura siendo pura lucidez de

significado, pero sin referencia al gesto, sin inflexión,

como la imagen del ave carente de movimiento.



Cuando nacemos, comienza la lucha por la comunicación.

Todo aún indica al gesto, donde el hambre intenta

trascender la cerrazón de lo natural. Todo señala la

tierra, en cuyo seno aún no nos hemos individualizado, no

hemos marcado los límites que alejan el mundo.



Al tiempo que vamos cargando de significado algunos

guiños, cuando los padres codifican los llantos, y

copiamos gestos ajenos, adquiriendo sonidos significantes,

y asimilamos la tonada reinante, al tiempo en que nos

dejamos embeber por el otro, iluminando la opacidad de la

cosa, y por el mismo camino, vamos dibujándonos, aparece

lo que llamamos: yo.



Lo propio nace en el momento en que recibimos la

influencia de lo ajeno. Desde entonces, en el horizonte

primero en que dejamos de ser un mero reflejo del

firmamento en una bola de grasa (wiraqocha), comienza la

lucha por el reconocimiento de la voz propia.



En la niñez, donde reina el llamado profundo de la raza y

la melodía cultural de la tonada, la educación y la

influencia personal de quienes nos crían, nos perdemos en

el mar de lo social, pero en tanto que personas ya

recortadas del infinito, aunque en formación.



La voz ya no es entonces algo dado, pero tampoco una

creación voluntaria. No es una cosa del mundo, sino la

apariencia de esa tensión entre lo que vamos siendo y el

mundo de significados que se nos opone presionando sobre

nuestro lenguaje. Hasta podríamos decir que la misma

renuncia a la voz es una suerte de voz, en tanto que el

abandono de su búsqueda es otra de nuestras posibles

circunstancias (como decir que la esclavitud es una de las

alternativas de la libertad).



Lanzados al sitio en que vivimos, donde cada objeto es un

símbolo que remite al conjunto de la cultura: ese hogar en

el que nos colocamos para que la vida no sea una

angustiante locura, buscamos una voz que nos defina como

personas, cargados del temperamento propio y de

experiencias encarnadas, y que a la vez nos ubique en el

contexto.



Porque la voz debe remitir al otro hacia el universo que

conformamos como persona. Si no lo hace, si no comunica,

carece de sentido, de tan personal nos exime del sitio

comunitario y se vuelve a cerrar en si misma (regresa a la

tierra, muere).



La voz es apertura del mundo propio, trascendiendo el mero

significado de las palabras (las palabras pertenecen al

sentido de la verdad, la voz es expresión de la

sinceridad), que a la vez que asume la custodia de la

personalidad, toma en sus manos la responsabilidad de la

comunicación.



En su horizonte se encuentra la frontera entre lo personal

y la locura, y a la vez entre el yo y la

despersonalización: el milagroso equilibrio de la vida

humana.



Pero la costumbre, la cotideaneidad de las palabras, nos

sugiere la cómoda posibilidad de cosificarlas, de

evitarnos el don de la poesía que, como el amor, nos

libera y nos condena, renunciando a permitirles su

carácter develante de un mundo interior y exterior, y

acomodándolas como piezas de un rompecabezas en la

superficie anquilosada del habla.



Así, las palabras son mera comunicación, sin el peligro

que implica abrirnos, protegiéndonos de la herida, pero

impidiendo el abrazo.



Si las palabras no se enturbian con la referencia a los

gestos, a la postura y a la actitud, si no se cargan de

memoria y de olvido, si no se ensucian en el fárrago de lo

que soy y en donde vivo, las desatamos de la voz y se

condenan a ser sólo significados, cosas sin referencia,

puro discurso.



Así se pierde el acto creador de la poesía, de la danza, y

se reducen a oficios de los que uno se puede lavar las

manos. Con ello la naturaleza se cierra sobre si misma,

nos colocamos a salvo del peligro y del amor (que al fin

es un sitio falso, porque, ocultándolos, no hemos

suprimido la vida), coartamos la posibilidad de la magia y

reducimos la religión, que es el comercio de los hombres

con las fuerzas de la naturaleza, a la veneración

rutinaria de iconos intrascendentes.



Pero habrá que comprender también, y eso es vivir en la

humanidad, que nadie puede ser obligado a buscar y ejercer

su voz, que la multitud tiene derecho a enajenarse, a

renunciar en pos de una ilusión de seguridad y de confort

entre las cercanas paredes de la tranquilidad (que pueden

ser rotas en cualquier momento por la impiedad de la

vida), y ser capaces de vivir del salario de orden con que

se paga su esclavitud, y alejarse del don de la poesía.



La poesía cuenta con el riesgo de los horizontes, la

esclavitud con la ilusión de las paredes, y si hasta los

profetas renunciaron a conducir un pueblo de sacerdotes, y

el cristianismo se resigna a organizar fieles en vez de

una comunidad de santos, la poesía también puede reducir

sus riesgos y sus dulces aciertos al círculo de una

aristocracia, o extenderse en el demagógico proyecto

quienes amontonan rimas.



En Tilcara,

Mayo del 2005.



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