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Intuiciones / LA ABDICACION DEL REY
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

LA ABDICACION DEL REY

RAZONES DE LA ABDICACION DEL REY.



Asumiendo que la historia no puede ya resolverse en el

hallazgo de documentos o reinterpretándolos con la

aplicación de nuevas dialécticas ni fingida objetividad

(tanto se ha mentido, y tanto, sobre todo, se ha mentido

sin saberlo, seguros de que la verdad se verificaba de

sólo dicha), he encontrado en la ficción (que es una forma

paralela a la del recuerdo ) el modo de romper el cerco

vale, pues, tanto pulir el ritmo como el juicio.

La poesía (a cuyo ancho mundo pertenecen ambas, la

historia y la ficción, aunque no lo acepten, como aquellos

que mienten creyéndose verdaderos) nos ofrece la

herramienta de reflejar en nuestras vidas las pasiones

muertas, y poder escuchar la voz que emerge por entre las

grietas que tiene el mármol.



¿Donde romper el cerco?, - me pregunté una vez. – Sigo con

mi tacto la fisura en el bronce o en el mármol, pongo mi

oído en su cráneo y no escucho los estallidos del

socavón, - ese era el grito de mi angustia, - vagón

corriendo en los rieles con su mineral a mi, yo lo busco y

a usted no le interesa, es pura tarea mía, - le

recriminaba al prócer cuya voz, alguna vez, se escapaba de

las líneas de sus cartas, - busco rodeos para dar con el

sendero, - me dije, - una estrategia poética que pueda

relatar aquello de que todo rostro remite a un alma, y a

lo sumo veo la piedra que tallar, no el agua viva y

fresca. No es pereza intelectual, - me dije, - contarlo

con palabras de melodía propia, no la suya, - le dije, -

porque el valor de la roca es el esfuerzo del minero,

nunca nunca el agua fresca.



La incompletud, - llegué a pensar, - no hay otra

explicación, es una orfandad por reconstruir, le dijeron

padre con una liberalidad que aterra, como monos

manipulando dinamita. ¿Qué ecos de campanario tendrá en mi

alma? Padre padre padre



son sus palabras encarnando la moral y en la mala cerrazón

de una puerta, los actos íntimos que lo ensucian, - y

dije: - ¿quién dejó abierta la compuerta? Las palabras

superaron la madre de la acequia confundiendo inundación

con riego, malogrando la chacra; tantos milenios desde que

se dijo la palabra para seguir creyendo que la

desenmascaramos, por eso, - aseguré – la poesía, no por

pereza intelectual, y porque la locura y la patria se

parecen. Pero, ¿y ese silencio en la otra puerta del

diálogo y esa otra connotación de la palabra no son la

gesta que reclama mi saciedad?



Cuando se acabaron las razones, cuando lo querido no se

materializaba y renunciamos a la realidad por imbécil,

cambiamos la ética por la épica, y abrimos la puerta a la

poesía, la única capaz de transitarla. Todo rostro remite

a un alma y a la palabra “alma” como idea, y ya no es su

palabra, - dije al prócer, - sino el drama del hombre que

pretende amar y besa máscaras y quiere nombrar y desencaja

el universo.



Lo construyeron indigno de cualquier adjetivo degradante

levantando inquisiciones al hereje acorazado contra la

saeta/insulto, y ese fue tantas veces el único argumento

de la historia, no era ya el látigo del amo sino la voz

interior de la conciencia y así como hubo que desarmar la

palabra “patria” para comprenderla, así, del mismo modo,

un parricidio atroz para encontrarlo



si usted hablara yo buscaría en las ninfas que liberan el

corazón del manantial



pero es piedra por dinamitar / silencio

debo recurrir al dueño de la mina

el enanito con corona sentado en el altar

al pie del Tío vierto coca

alcohol por sus heridas

y ya he pagado con generaciones que soñaron y murieron

tantas almas para que él me de la piedra que hay en su

corazón



Por ello sostengo que este camino puede romper los cercos

de la anquilosada historia, y adjunto a estas razones un

experimento breve de los que vengo sosteniendo (aquí, en

el barrio de San Francisco, por sobre la noche de Tilcara)

como una muestra del mineral a vuestra consideración,

lectores, y una invocación a construir con la ficción (que

no es más que sincerarnos) la verdad que está oculta en la

memoria.

LA ABDICACION DEL REY.

Ya ha pasado el tiempo, querido amigo, demasiado como para

mantener las pretensiones. La patria se ha empecinado en

ser una anárquica república y me acerco a la muerte en

lejanía. Ya no espero.



He conocido un ave que vuela hasta la patria (tiene cascos

por garras, hocico de potro en vez de pico, hombros

huesudos en la espalda en que una sombra de crin se hace

con plumas, y su trino me suena a zamba, pero asegura que

es cosa de mi nostalgia),

cazadora como un águila.

Como otras

desde lo alto

ven la presa, ella ve la intención de los corazones, cosa

suya porque así está ya de flaca. Me ha dicho

que cuando vuela en las pampas sabe que todos quieren

tener un rey, y todos sabemos que ese es el sinónimo de mi

nombre.

No lo digo en vanidad,

que tanto di a la patria que hasta me resigné a soñarlo.



Lo impiden (se lo impiden a miles y miles de paisanos) los

que se suceden unos a otros en el gobierno sin que alcance

su voluntad para mudarse en poder y suponiendo (siempre)

que el depuesto no fue lo suficientemente duro o lo

suficientemente ilustrado y en vez de escuchar lo que se

dice en los

fogones

escuchan su propia soberbia enceguecida y pronto marchan

al exilio



que no es igual al mío

exigido por mi propia voluntad en plena gloria

pensando que alguno

alguna vez



Ellos no saben escuchar a los fogones (los paisanos si,

cuando se quedan silenciosos tras la cena) ni pueden

dormir porque el soñar lo habría dicho. El pájaro, que

come pasto con sus desproporcionados dientes, tiene

compasión de esos jóvenes ilustrados o de esos caudillos

de una sola borrachera en la pulpería



para quienes república es el voto o la asamblea

no leer los corazones

no escuchar a los fogones

donde la patria expresa su pasión a gritos, pero ya es

tarde, anochece en pleno día y no tengo trecho de vida

para arrimarles otro sacrificio



aunque lo supieran

y me escriben cartas en las que reconocen su impotencia:

querido general, regrese, no hemos podido hacer más que

gobiernos que se suceden uno al otro, breves, nunca una

nación



¿qué cree que debo responderles?

pobrecitos

si apenas están aprendiendo a republicanizar la vida y

tienen tanta doctrina que los enceguece



sordos al corazón



quisiera poder socorrerlos (aquella vez, tras la batalla,

el oficial díscolo y muchacho lo dijo con todas las

palabras: general, debe ser rey, y yo miré con vergüenza a

los soldados ¿qué dice?, y ellos se miraron entre si,

dudaron un segundo – la ciudad estaba ante nosotros, era

tan fácil –



¿qué cree que debo responderles?



(pensé que el exilio iba a ser breve: regrese, general,

pero como monarca y al fin el trono fue ocupado por un

estanciero)



¿qué debo responderles?



¿decirle al pájaro que les muestre la imagen de mi vejez

reflejada en sus ojos?

¿cómo podría ir si ni siquiera puedo controlar la caca?

¿se arregla con perfumes? ¿la corte tolera olor a mierda?



No puedo aceptar, es a destiempo, pero decirlo,



tantas mentiras desgastaron la palabra como a una espada

vieja

(la hija del estanciero tiene tanto derecho como yo aunque

no haya conducido ejércitos)



quien dice el bien se entiende que quiere el mal quien

dice estar enfermo se entiende que no quiere aceptar la

responsabilidad quien dice viento no puede mecer trigales

ni cabellos



pero no se si llegaré a la mañana por toda respuesta



entonces, huérfanos míos ¿cómo podría regresar a

gobernarlos?

y esto se repetirá y habrá otro que acepte

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