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Intuiciones / RIMAS DE MANQAHUAYCO. 1.
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

RIMAS DE MANQAHUAYCO. 1.

I.



Manqahuayco, me enseñaron,

es la quebrada del Diablo.

Será por tanta leyenda

que en estos versos les hablo.



Algunos dicen nomás:

quebrada de Manqahuayco.

Será que habrán olvidado

el idioma de estos pagos.



Como las casas de adobe

que la lluvia las deshace,

palabras que no se usan

son la tierra de este valle.



Los abuelos lo han hablado,

después sintieron vergüenza.

Sus hijos en las escuelas

aprendieron que ahí no hay ciencia.



Así que al nombrar los cerros,

los ríos y los poblados,

creyeron que eran caprichos

los nombres dados.



Pero el olvido es muy flojo

pues recuerda lo olvidado,

y los dichos del abuelo

van aflorando.



Así que una vez al año

vuelve la flor del cardón,

estas leyendas regresan

tal como las cuento yo.

II.



Hay cuentos que nos conmueven

y otros que mueven a risa,

hay los que ríen llorando

porque es mucha su desdicha.



Por causa de la ignorancia

la traducción no es precisa.

Dicen que hubo una princesa

donde no hubo monarquía.



Hay quien los tilda de rey

o emperador a los Incas.

Lo cierto es que esta princesa

vivía al Sur de los Chichas.



Cuando llegó el español

a estas tierras en conquista,

un barbudo se apropió

de la princesa antedicha.



Era costumbre de entonces,

como la que decía

que los niños abortados

buscan venganza en la vida.



Ahora los llaman duendes,

japiñuñu les decían.

Lo cierto es que la princesa

una venganza exigía.



Lo dejó hacer al soldado

y en cuanto se supo encinta

recurrió a los yuyos propios

que las abuelas decían.



Lo enterró en el monte oculto

e iba allí todos los días

para verlo renacer

y así cobrar sus desdichas.



Y tanto amor le brindó

la pobre niña

que pronto resucitó

el duende buscando riña.



“¿Quien es culpable

de que no mame tu chicha?”

Y la madre respondió:

“Del español que conquista.”



Entonces el japiñuñu,

que era el deseo del monte,

en duende se transformó

y no cambió sólo el mote.



Para quien era pagano,

el deseo de los cerros

no era ni bueno ni malo.



Para el cristiano invasor

todos los dioses son malos

menos el único Dios.

III.



Una capilla en el cerro

y la cosa ya está dicha.

Un cura que da sermones

a los indios que lo miran.



El padrecito en cuestión

pisó la trampa del Diablo.

(Lo llaman Diablo y seguro

que era un dios del altiplano.)



Algunos pierden la fe

por tentación de la carne.

Después vuelven a tener,

a todo hay que acostumbrarse.



Este cura que les cuento

pensó, y tal vez no errara:

“No evangeliza el que cambia

la fe por otra importada.”



“Abrirles el corazón

como al filo de un cuchillo

para saber que el perdón

no sólo lo ejerce Cristo”,



dijo el cura alguna vez

y hubo en eso gran escándalo,

porque en ir a procesión

se tenía ser cristiano.



Entonces quiso saber

en que creía el paisano,

y fue mucha su sorpresa

por entenderlo pagano.



Los curas de la conquista

a las waqas veneradas

las tenían por demonio,

así las interpretaban.



Y el padrecito que cuento,

que en ellas veía a Dios,

concluyó en sus sentimientos

que bien y mal no son dos.



No le andaban mal las cosas,

la gente lo respetaba

y empezaba a respetarse,

que es la joya más preciada.



Hasta que de la ciudad

llegaron aquellas damas

que alardeando caridad

se limpiaban sus macanas.



Y al oír la predicación

que hacía aquel sacerdote,

fueron corriendo al obispo

con el más duro reproche.



La autoridad lo llamó

y lo mandaron a Roma

para que la Inquisición

sepa si culpa o perdona.



Con el Santo Padre habló

compartiendo sus saberes:

“Esos hombres son cristianos

aunque otros dioses veneren.”



El Papa cerró la puerta

y besando el crucifijo

dijo: “muchos piensan como usted,

pero no deben decirlo.”

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