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Intuiciones / RIMAS DE MANQAHUAYCO. 2.
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

RIMAS DE MANQAHUAYCO. 2.

IV.



Un busto hay en la plaza

en memoria del caudillo

que siendo indio peleó

por este suelo argentino.



De curioso averigüé

que había en ello de cierto,

con el escultor hablé

y este fue su pensamiento:



“Su rostro, ¿quien va a saber?

Los indios son parecidos,

pómulo alto y las crines

de potro que es perseguido.



“Sus ojos son almendrados,

eso no es ningún secreto,

y al hacerlo en piedra negra

su piel cobre dan por hecho.



“Con mirada de malón,

que en ello era mala empresa,

por ser de revolución

en valentía se expresa.



“¿Y la historia? Yo no se,

pero tengo para mi

que no pudo estar ausente

la gente que vive aquí.”



Se me atoró la garganta

por tamaña libertad,

¿quien ha dicho que era cambio

ser de España o liberal?



Me le acerqué al monumento,

y aunque ustedes no me crean,

lo que voy a referirles

es la referncia cierta.



El metal reblandecido

me pidió le diera coca

para ver si bajo el molde

volvería a hablar su boca.



Y en su silencio estalló

para decirme por cierto:

“Ni fui ni pude pelear

en la reyerta del cuento.



“Será de una maldición

que en la memoria se pierde,

lo cierto es que mi nación

pecó por ser inocente.



“A la llegada de Cristo

aquel cura del violín

conmovió los corazones

de la patria en que nací.



“Y así esos auca guerreros

sin conocer el destino

pelearon contra su hermano

junto al español ladino.



“Muy tarde se dieron cuenta

que la causa de esa gente

era tener buenos brazos

que en el socavón se pierden.



“Decían tener derecho

por el riesgo que corrían

en traer el evangelio

para esta tierra bravía.



“Y lo cierto es que de a miles

los arriaron como esclavos

perdiendo tierra y mujeres,

y el honor, que es lo más bravo.



“Por eso entre los vecinos

ya se empezaba a decir

que lucharon con ahínco

por la patria por parir.



“Que con los de Buenos Aires,

hijos de buenas familias,

juntaron sus lanzas bravas

y emprendieron la partida.



“Que en el campo de batalla

caían como mosquitos

porque siempre iban al frente

por proteger tanto gringo.



“Alguien pensó en el honor

que había en el comentario,

que sirvieron a la patria

por estar esclavizados.



“Pero no era así la cosa,

era más bien el insulto

de haber servido de carne

para hacer tamaño bulto.



“Yo no fui ni estuve en eso,

por eso la maldición

de haberme creado en yeso

para honor de esta nación.”

V.



El crimen, en la ciudad,

lo delata un detective,

aquí lo hacen calaveras

o el saber de los yatiris.



Estos, entre otras sapiencias,

saben leer en la coca

los hechos que sucedieron,

y en esto no se equivoca.



A semejante pesquisa

no se le opone argumento,

y la fe de los paisanos

la busca en cada momento.



Esta fe que yo les digo

la transforma en testimonio,

y así, fiscal y acusado,

aceptan su purgatorio.



Ya sea robo de hacienda,

violación o asesinato,

aquí no hay crimen perfecto,

coartada ni anonimato.



Hay quien este arte desprecia

como a las pruebas de fe

donde el reo era inocente

poniendo en el fuego el pie.



Pero es cosa de verdad

lo que en las coplas que siguen

hoy me propongo contar.



Un hombre entró en una casa

donde dos viejos vivían,

les robó de sus ahorros

y comió su comida.



Como a dos horas del rancho

estaba el primer vecino.

No hubo testigos de cargo

y el ahorro fue perdido.



Los ancianos recurrieron

a una seca calavera

y el ladrón nunca durmió

hasta las cosas devueltas.



El daño fue resarcido,

pero el raro testimonio

la justicia lo ignoró.



Mucho peor fue el castigo

porque ya ningún vecino

al enviciado le habló.

FINAL.



Alguien se sorprenderá

y otro habrá por ofenderse,

pero estas cosas que cuento

también las cuenta la gente.







Y ya más no seguiré,

falta ingenio y auditorio,

para el año volveré

con un nuevo repertorio.



En los Altos de San Francisco

sobre Tilcara,

en la Cuaresma del 2006.

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