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Intuiciones / EL PADRE ELOY ROY
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

EL PADRE ELOY ROY

EL PADRE ELOY ROY



Esta Semana Santa harán quince años que en la Capital

Federal se debatía la ley de Obediencia Debida. En Tilcara

se sucedían entonces los hechos que truncaron el plan

pastoral del padre Eloy Roy para esa comunidad, tras

ponerle el pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo a la

Virgen Dolorosa. Ambos hechos están vinculados. Con el

regreso del sacerdote, el Tribuno de Jujuy lo entrevistó

para hacer un balance de lo ocurrido.



¿Cómo empieza su relación con Tilcara?



Era un pueblo que se sentía abandonado. Yo vine acá de

visita y me rodeó todo un grupo de gente llorando. ¿Qué

pecado habremos cometido para que Dios no nos de un

sacerdote? No es que la parroquia estuviera abandonada,

pero era atendida desde Tumbaya. También estaban las

hermanas franciscanas. Trataban de mantener la vida y

promover algo, y querían poner en práctica lo esencial del

Concilio en lo que se refiere al trabajo pastoral de base.

Habían preparando el camino. Pero estaban luchando entre

la vieja tradición de la parroquia que está ahí solamente

para bautizar chicos, celebrar misa por cualquier santito

y sobre todo para los difuntos, esa clase de cosa práctica

religiosa de acuerdo a las necesidades rituales de la

gente y las costumbres, y armar una verdadera comunidad.



¿Cómo empezó su ministerio?



Después de ordenarme en Canadá me fui al Sur de Honduras.

Y ahí empecé mi experiencia en la formación de

comunidades. Hice bautismos hasta de ochenta en una sola

tanda. No podés negar esas cosas, y empezar a educar a esa

gente con ir una vez o dos por año. Tenían un montón de

proyectos comunitarios que ellos trataban de fomentar,

pero en lo religioso era todavía antes del Concilio.

Cuando yo llegué, el obispo fue ordenado justito antes de

la última sesión del Concilio. Participó de esa sesión y

entonces llevó todo el entusiasmo que se tenía, la

esperanza de poder salir al fin de una iglesia de antes

para poder ser más significantes en lo más profundo de la

realidad. Yo venía también con esa expectativa, y desde ya

empujaba un montón de cambios todavía no formalizados,

porque después del Concilio debían venir todas las

instrucciones para la práctica.



¿Cuales eran esos cambios?



Había que poner el liderazgo en los que viven en el

pueblo. Fue el gran experimento de concientización a

través de la gente que aprende a leer y a escribir con un

monitor en la pequeña comunidad, gente que recibía

formación para esto, y no sólo para escribir el nombre y

nada más. Si formamos una comunidad tenemos que ser

comunidad, entonces tenía que haber un mínimo de trabajo

de conjunto y amistad, solidaridad. Y ahí empezamos con la

Biblia, cómo vibran la cuerda religiosa, la

espiritualidad, el centro del ser, esto que está muy

sepultado por nuestra cultura moderna. Mientras ellos, la

gente sencilla, si no tienen esto están perdidos. Lo

religioso todavía les da una razón de vivir, por eso, y

aunque sea muy alienante bajo un montón de aspectos, los

hace caminar, es lo que les permite tener una visión de

conjunto de la vida. Y entonces se abre una nueva

dimensión.



¿Cómo se realiza esa conversión?



Cuando vos tomás la Biblia, no son frasesitas, no son

principios, no son doctrinas, no es un catecismo, es un

pueblo que es como una parábola. No es ningún pueblo más

santo que los demás, no tiene nada que envidiarnos en ese

aspecto. La Biblia tiene la ventaja de venir de muy lejos

y ser la historia mítica, poética, que se plantea los

problemas fundamentales de la vida, de la situación

social, y que ven a Dios presente. Entonces, cuando uno

toma el librito como se nos ha enseñado, como una cosa

ritual que se lee en la iglesia, es la peor cosa que se

puede hacer. No vemos el dinamismo, la fuerza que hay en

esos textos. La Biblia está hecha así, con cosas

sencillamente humanas, pero hay un hilo, una fuerza muy

grande que va partiendo rocas y abriendo camino. Y esa

gente había tenido el coraje de tomar su distancia frente

a la gran civilización egipcia y decir: este sistema que

nos esclavizó ha sido sostenido por esas grandes

religiones donde se hacían maravillas, pero la rechazamos.

Son gente que decide correr el riesgo de la libertad.



¿Esos cambios afectaron a toda la iglesia?



Yo fui tal vez uno de los pocos que realmente obedecieron

a la iglesia. Por eso me echaron. Porque no había que

tomar eso en serio. No hay que molestar a nadie, hay que

hacer todo como antes. La opción por los pobres, si, pero

no hay que molestar a los ricos. No estoy en contra de los

ricos, estoy en contra de los ricos que han creado la

pobreza. El Concilio en esto está muy claro y no inventa

nada, es nada más que una gota del Evangelio de Jesús.

Nosotros hicimos lo que se llama comunidad de base, desde

la base tratamos de respetar un poco lo que fue el origen

del gran proyecto de la Biblia, un pueblo que vive en la

libertad, pero una libertad que se realiza nada más que en

la solidaridad. Amar a Dios por encima de todas las cosas.

Pero, ¿qué Dios? El Dios que me sacó de la esclavitud, no

una definición de los grandes teólogos griegos, una

definición metafísica de Dios. El primer mandamiento no es

adorar a Dios, es no tendrán a otro Dios que a mi, el que

te sacó de Egipto. La imagen de Dios que se tiene acá es

la imagen del patrón, porque ha sido oprimido por el

conquistador, y Dios tiene que ser el conquistador.



¿Qué sucedió en la Semana Santa de 1988?



Lo del pañuelo fue una cosa muy sencilla. Se entiende

dentro de la celebración del Viernes Santo, en la iglesia,

con una homilía. Había dieciocho puntos que demostraban

que hay un momento en la vida en que hay que desobedecer.

Entonces la ley que estaba en el congreso esperando la

sanción, esa ley era la encarnación misma del mal, decía:

tu has hecho mal, has destruido, has violado, has robado,

has exterminado gente, eso está bien porque has obedecido.

El mal se llama bien. Entonces yo dije, hay otra ley, la

ley de desobediencia debida, un deber de desobedecer, y

eso es precisamente lo que ha hecho Jesús. Siempre se lo

presenta como el gran obediente, porque está escrito allá

que obedeció hasta la muerte en la cruz. ¿Obedeció a

quién? Obedeció a su Padre, y ¿qué le había dicho su

Padre? No te vas a poner de rodillas ante ningún poder que

viene a aplastar, a explotar y a robar al pueblo. Lo que

yo voy a hacer no le va a gustar a mucha gente, dije, lo

hago por fidelidad a esa palabra, esta ley que está en el

congreso es una ley maldita y perversa, y hay que sacarla.

Y yo sabía muy bien que eso no iba a cambiar nada en la

República, a mi donde me tocaba era donde yo vivía.



¿Qué pasó después?



El obispo quería que yo me fuera enseguidita, pero no me

trató mal. El era muy prudente, me hizo entender que no

era más que una cuestión de actitud, que yo me había

pasado de raya y que había gente que había sido muy

ofendida por mi manera, y él, en nombre de la misericordia

y de la bondad, tenía que mandarme afuera. Yo le dije: si

usted es tan misericordioso, ¿porqué me manda si soy el

pecador? Tendría que perdonarme. Y ahí terminó nuestro

diálogo. Y armamos una pequeña huelga de hambre para

obligar al obispo a venir acá y a encontrarse con la

gente, no con Eloy, sino con la gente de la comunidad. El

obispo llegó y se encontró con la gente sencilla, y la

gente sencilla le decía: pero Monseñor, ¿en qué hemos

pecado? No es eso, dijo. Les aseguro que sigue el plan

pastoral, decía, si yo lo he aprobado, no estoy en contra,

y se comprometió solemnemente ante Dios y la Virgen que

ahí tenía su pañuelo: no tengo nada en contra, yo estoy

con los pobres, yo estoy con los derechos humanos. Y la

gente quedó conforme y yo dije que había llegado la hora

de irme, y darle una oportunidad, después de todo el pobre

hombre estaba en medio de leones. Además había traído un

sacerdote que era amigo de él y amigo mío, buen tipo, y

dijo: lo vamos a poner ahí como reemplazante.



¿Y luego?



Entonces me fui a Canadá pensando que las cosas se iban a

respetar. Una vez allá, me entero que el padre había sido

utilizado, o se prestó a eso, solamente para que el Eloy

desapareciera. Después pusieron un reverendo alemán para

destruir todo lo que había hecho, y para perseguir a la

gente. Iba con la policía a amenazar a quienes se seguían

reuniendo en comunidad, que eso no era comunidad sino

comunismo, decía, tratándolos de adobes, de ignorantes, de

cualquier cosa. Jactándose se haber sido un oficial del

ejército alemán de Hitler, y enseñando desde el púlpito

las cicatrices de dos balazos que tenía en la pierna.

Agarrando la Biblia Latinoamericana y diciendo: yo no

conozco esta, y la gente diciéndole que estaba publicada

por la orden religiosa del Verbo Divino junto con la

Paulina. Y yo que he estudiado en Roma en la universidad

Gregoriana, decía, apenas conozco la palabra de Dios, y

ustedes ni un primer grado tienen y me van a decir lo que

es la palabra de Dios. A la gente que pensaba un poquito

en todo el proceso nuestro, la corrió de la iglesia. La

corrió públicamente como a demonios. Y él con la pava con

agua caliente, sacándole el pañuelo a la Virgen porque una

abuela le había puesto una gotita para que no se moviera.



¿Aquello fue un fracaso?



Era necesario romperse un poco la cara con un proyecto muy

hermoso, muy bien fundamentado, y llegar a decir: esto no

es, no está perdido, pero vos llegás a morder el polvo y

te das cuenta que no has cambiado nada, y ahí te das

cuenta que la vieja sabiduría es así, no es con cosas

exteriores ni con grandes discursos y grandes esquemas

intelectuales que se forma la conciencia. Hay un nuevo

nacimiento, Jesús lo llama un nuevo nacer. Debe haber un

momento en que se da una ruptura con toda esa estructura

que vos llevás desde siempre, que la sociedad, los padres,

han construido sobre vos para que puedas desenvolverte en

este mundo, que ha sido tu protección y un poco tu

salvación, y ha llegado a ser tu cárcel. Tiene que venir

de adentro, pero solamente llega cuando ha fracasado en

sus mejores cosas. Eso es la cruz. Eso es Jesús sepultado

y la resurrección, el ser nuevo que nace. Los discípulos

de Jesús han participado de su muerte, se fueron a

esconder en cuevas, se han encerrado con cadenas. También

son muertos, han muerto con Jesús, y de repente empieza

esa gente a abrirse y todo lo que había sido la causa de

su sufrimiento lo empiezan a proclamar con una energía y

una audacia increíbles. Cuando me odiaban por todas

partes, que lo peor no era tanto el odio de unos cuantos

como el miedo de los demás, uno me preguntó: ¿de donde

sacás esa energía? Yo no sé, pero en la lucha es

extraordinario, es el ser que tenemos todos adentro y que

se despierta. Normalmente eso descansa, está ahí, y

despierta solamente en los momentos de gran crisis, cuando

estás a punto de morir, entonces te morís o reaccionás. Y

se tiene que trabajar en ese aspecto, porque fue siempre

la crítica que se hizo a la Teología de la Liberación: que

no había promovido una espiritualidad que pudiera llevar

todo ese gran proyecto.

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