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Intuiciones / RETABLO
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

RETABLO

Y aún con el tiempo, ¿dejará esto de ser literatura? Una

perra cruzada con zorro que a la oración trae acogotada

entre los dientes la gallina de algún vecino como ofrenda;

una mujer de educación pagana, hija de campesinos

trajinada en los suburbios que entretejió el éter con la

urdimbre de una educación de miedo y esclavitud; la

seducción de lo oscuro; descripciones de los momentos del

aclarecer, cuando los cantos de las aves evidencian que,

en la noche, la naturaleza no tiene esperanzas del alba, y

la caricia del sol devolviéndole a los cuerpos la unidad

de la imagen y el sonido, que se habían separado en la

oscuridad; la adopción de un mundo en que el catolicismo

más antiguo y pagano pregona su alarido satánico, y en el

que surgen profetas iconoclastas que son tan violentos

como aquellos; el ansia de crear con una pasión

aristocrática que devuelva el arte a las formas, y que

inquiete a la sociedad con el orden de las jerarquías...

No otra cosa me ha llevado a los pies del retablo. La

misma voluntad que me impulsó por esos senderos a ver al

pie la amorfa composición de niños que gemían en el

estiércol donde germinaban pálidas raíces y cuerpos de

roedores y lagartos cuyos fetos laten entre los cuerpos

que no se han individualizado sino para reptar sobre la

húmeda superficie en la que se posa Dios, matemática del

cosmos, quien retorna como la sombra de un halcón sobre

una totalidad que el multiplico de los mismos niños, en su

escisión, han generado. Sus murmullos previos a la

sonoridad en los gestos de sus bocas abiertas con la seca

expresión de los cadáveres, y en sus manos que el retorno

me sugiere suplicantes; la diabólica visión de que sus

rostros tienen un rubor rosado de lactante satisfecho, y

que luego, cuando lo vegetal asciende hacia la luz, se

materializan en columnas juveniles que se retuercen de

goce ante las caricias de la mano de Dios como una brisa.

El entramado se teje sin conciencia de pertenecer a la

amplia falda de una Virgen cuyo olor de hembra asciende a

los cielos estrellados para encarnar en el Espíritu que

desea poseerla, y engendrar en su vientre a un dios humano

que pueda resumir la teogonía en treinta años de pasión

entre los hombres. Una falda entrelazada con la riqueza de

los imperios y en cuyo bordado se muestran los comercios

humanos y las guerras, la lascivia escondida en un rincón

de la casa, el olor rancio de quienes ofrendan su

esterilidad al todo, la cocina humeante de quienes buscan

la verdad y quienes reparten el engaño, las confesiones de

una mujer que ama, de un varón que ama, el lienzo de un

pintor y la partitura de un compositor genial que abofetea

toda la historia del arte con sus fantasías. Hacia la

cintura es ya las nubes que superan la altura de los

cerros, atravesadas por buitres que se funden con la

sombra y que en el brillo del plumaje de sus alas simulan

la esmeralda. De su vientre surge hacia el oriente una

tormenta, y hacia el ocaso un manantial que, al llegar a

la boca sedienta de los estilizados niños que trepan como

columnas de humo o como enredaderas, se vuelve por primera

vez canto, una salmodia inhumana cuyo eco recogen los

músicos en vasijas para pretender la melodía, que en su

forma más humana inspira a sabios y a poetas. Prendida de

su enagua pende un badajo que se retuerce como un pez, que

llora la impotencia de la comprensión señalando a los

senos de la Virgen que son tres, en maternal didáctica de

le teología. En medio de esos pechos que amenazan una

continuidad que se multiplica en nutrientes a su espalda,

dos corazones, uno sufriente y uno gozoso, uno solar y el

otro lunar, ambos sangrantes que en su derrame tiñen de

color el manantial que baña los cuerpos de los niños

amorfos y los que se alzan en vuelo, que eran grises, y el

estallar de la tormenta. Hacia sus hombros, desnudos, la

sensualidad extasiable que se ofrenda a Dios para

encarnarlo, para fingir en su tálamo que bajo su ropaje

expulsa al mundo los niños, los primeros, los amorfos.

Luego hay silencio hacia lo alto. El orfebre quiso

esculpir allí una paloma que tuvo garras, pero el peso de

la sombra lo encegueció porque miraba directamente a lo

que no se puede ver. Entonces, como un reflejo en el aire

frente al retablo se esfuma la silueta del artista, con la

paleta y el pincel que es rabo de cabra en su mano, y los

cuencos de sus ojos secos, y mi rostro en él, para mi

espanto, y el tutor que me dicta estas imágenes sentado

con las piernas cruzadas en un trono de oro y cuero.

Extiende su sonrisa como un alba y a sus pies, como el

contrapunto del retablo, revolotean ángeles que parecen

moscas, turbios en su deseo carroñero, y serpentean niños

ya individualizados, impunes en su coraza de latón y

virgindad, subiendo por su pezuña y por su pierna bestial,

peluda de rubio, hasta la desnuda excitación de su deseo.

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