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Intuiciones / EVANGELIO PAGANO DE LA CONCEPCION.
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Textos de Ricardo Dubin /

cultura

EVANGELIO PAGANO DE LA CONCEPCION.

Reducidos al culto de los últimos dioses, que no es tal el

sumo bien con que los filósofos se ocultaron del furor de

los ciudadanos, dejamos aquí testimonio de la llamada

historia de los hebreos que hace a la genealogía de Jesús,

y de su concepción, según se ha guardado en la memoria de

los sabios.



Dijeron ellos que Ana y Joaquín padecieron la última furia

del dios de Sara y Abraham, que fuera interpretada como

anuncio del milagro. Andaban aquellos con su gente y su

ganado por tierra extranjera, cuando la belleza de Sara

fue vista por el señor Avimalej, quien mandó a sus hombres

llevarla a su tienda.



Temeroso de morir en su defensa, dijo Abraham que Sara era

su hermana, pero en la noche una voz habló a Avimalej para

decirle cual era el verdadero vínculo que los unía, y del

poder vengativo del dios que veneraban, contra el que el

suyo no podía vencer en el combate.



Advertido, por la mañana devolvió a la mujer, pagando por

la afrenta y pidiéndole al patriarca que se marchara con

su altar, porque temía la presencia de un dios tan

poderoso. Ya en el desierto, un sueño dijo a Abraham que

Sara no podría darle hijos por causa de su mentira,

dejando sin heredero a sus vasallos y ganado, y sin

interlocutor a su dios.



Sara, temiendo la disolución de su pueblo, entregó a su

esclava, Hagar, para que en ella Abraham tuviera herencia,

y continuaron el peregrinar buscando una tierra donde su

altar pudiera establecerse. Pero en las tierras del

peregrinaje ambas mujeres se supieron encintas, y Sara

mandó expulsar a la esclava para que su hijo no se

disputara la herencia con el que ella iba a parir.



Y temiendo Abraham que el anuncio de su sueño estuviera

referido a la riña entre los hermanos, le hizo caso, y

Hagar fue a parir en el desierto, y Sara dio a luz a Isaac

en la tienda, pero las gentes decían que quien iba a

heredar a Abraham era hijo de Avimalej y que su hijo,

Ismael, lloraba entre la arena y el sol. Y en la furia de

la duda, el patriarca decidió dar a su hijo en holocausto.



Pero junto al altar del cerro, el clamor de Sara puso un

cordero del que Abraham ofreció la sangre, y el humo de su

carne cocinada, e Isaac vivió, padre de Jacob, padre de

José.



Y en José se extinguieron las generaciones de Abraham como

arena en la arena del desierto, porque hubo hambre en la

tierra y fueron a Egipto, donde José se hizo grato al

faraón por su conocimiento de lo que dicen los sueños. Y

los pastores de Abraham fueron pastores de Egipto, y los

hermanos de José comieron en la corte del faraón, y se

diluyó la raza.



Y hubo una faraón que tuvo la tentación de que el

pensamiento fuera dios, no las palabras que dicen las

cosas. Y el mundo era la huella de ese dios, que era

perfecto como el círculo, y ese dios no se revelaba a los

hombres sino en la perfección de las lunas y los días, de

las estaciones, y el hombre, para serle grato, debía ser

perfecto como el círculo que era dios.



Y ese dios era hombre y era mujer, porque sin una de sus

partes el círculo no es perfecto, y todos los dioses de

los hombres no eran sino sombras de las cosas sobre la

visión, y todas las palabras que los hombres escuchaban de

sus dioses eran el sueño de las sombras sobre su palabra.



Porque hasta entonces los hombres sabían que lo grato a

los dioses llegaba hasta donde estaba el desierto del

error, y que ignoraban lo correcto, y que sólo acertaban

por azar, y que por eso vivían. Que el azar era la

compasión de los dioses y el error era su furia y la

muerte. Pero el faraón, cuyo dios era un círculo, decía

que el error era el pecado y que el acierto era la

santidad en dios.



Y los pueblos no toleraron la exigencia de ser perfectos

como el círculo, porque no podían, y acabaron con la vida

del faraón, y sus sacerdotes fueron desterrados al

desierto y siguieron dos caminos, porque el silencio de su

dios estaba llamado a acallar la palabra de los dioses.



Unos se resguardaron en el secreto de las matemáticas,

otros lo ocultaron en un cuento que le fue contado a un

pueblo de pastores. Moisés regresó del destierro de los

sacerdotes y dijo a unos pastores que eran la herencia de

Abraham, de Isaac, de Jacob y de José, y que no podían

adorar a los mismos dioses de los demás pastores porque su

dios es el que es.



Y les dijo que regresarían al desierto para buscar una

tierra en la que pudiera estar su dios, porque los otros

pueblos lo temían, y que en la fidelidad de ese dios

hallarían la tierra que se les prometía. Pero la tierra

estaba habitada, y su dios fue el dios de los guerreros.



Cuando Moisés se encerraba en el cerro a comprender en el

fuego la perfección del círculo, los pastores adoraban al

cordero que había sacrificado Abraham en cambio de su

hijo, por clamor de Sara, porque se les enseñó que aquella

era su genealogía. Y cuando Moisés regresaba del cerro con

las normas que eran del bien y del mal, ellos danzaban en

torno del cordero buscando la danza perfecta que fuera

grata al dios que no conocían.



Y para que no pudieran salir del círculo de fuego que era

dios, Moisés les dictó las leyes más estrictas y cada

detalle del culto y la medida del altar donde se veneraría

a dios, que no tenía rostro y era el que es. Y para

encontrar la tierra en que lo pudieran venerar, mataron y

robaron, y el dios que hablara en sueños a Abraham los

guiaba como el dios de los ejércitos.



Y muerto Moisés se disolvieron en el suelo, vencieron y

fueron vencidos, fundaron reinos y conocieron el exilio,

adoraron a otros dioses y recordaron el cuento de Moisés,

y pasaron las generaciones y en las generaciones fueron

otros pueblos y otros destinos, como la arena en la arena

del desierto.



Y los sacerdotes del faraón, que eran los sacerdotes de

Moisés, de tanto en tanto llamaban a un pueblo de esos

pueblos a la fe del faraón caído, y les revelaban visiones

de ese dios que es círculo y es fuego, y exige de los

hombres una perfección que no puede ser su fruto, y esos

se llamaron los profetas, y lo importante no era el

pueblo, como decía el cuento, porque ese pueblo era arena

en la arena del desierto, sino el círculo y el fuego y la

perfección del dios caído del faraón.



Y la segunda escuela de los sacerdotes exiliados fue a dar

con otro pueblo, donde los dioses guerreaban y se

envidiaban los unos a los otros, donde podían cantar y en

su canto expresar la verdad o la mentira, y se enamoraban

de las mujeres mortales y con ellas yacían y ellas les

daban hijos, que eran reyes, y toda su tradición era

conquistar el oriente, donde, sabían, pastoreaba el pueblo

al que Moisés le había dado un cuento.



El cuento de los griegos fue buscar en el desierto y en la

ancha extensión del mundo el pueblo de los sacerdotes, y

en la superficie de los relatos la memoria del dios del

círculo y del fuego. Y hacia esa búsqueda apuntaron los

mejores de sus versos, porque la guerra de Troya quiso al

fin unir a los sacerdotes exiliados, y la adoración de los

dioses del oriente quiso encontrar al hijo del círculo y

el fuego, y el comienzo de la historia, con Heródoto, fue

la pesquisa por los hermanos perdidos.



Pero en medio del pueblo griego los sabios egipcios

dejaron la semilla de su duelo, y nacieron las escuelas

que adoraron al número y al fuego, al todo y a las partes,

al ser y a la apariencia, y el orden era la belleza, el

bien, la justicia y la bondad del círculo y del fuego.

Pero el cuento que le contaron a los griegos encarnó en

los ídolos, y cada traspié de su gesta halló expiación en

la condena de los filósofos.



Fue entonces que Filipo llamó a Aristóteles para que

educara a Alejandro. Los secretos del antiguo Egipto

estaban en Pitágoras y en los diálogos de Platón, pero

para no seguir la suerte del faraón caído, Aristóteles

contó a Alejandro un cuento de conquistas y en el lomo del

cuento Alejandro conquistó todo lo que su vida pudo hacia

el oriente.



Y en cada rincón del desierto y sus vergeles, la escuela

dejó la huella del círculo y del fuego, y en cada dios de

los desiertos y montañas, como quien busca la arena

perdida en la arena del desierto, buscaron al dios del

círculo y el fuego y la ley de la perfección de los

hombres, que al círculo y al fuego le era grata.



Y entre los pueblos del desierto, los rabinos ordenaron

los cuentos que les legara Moisés y la revelación de los

secretos en la voz de los profetas, y escribieron un

libro, y las escuelas se encontraron, y la voz del sueño

de Sara y de Abraham revivió en Ana y en Joaquín.



Y Joaquín no podía ofrecer su ofrenda al dios que es,

porque Ana no le daba hijos, y en sueños supo que los

hijos de la vejez guardan el milagro y Ana parió y dio a

luz a María. Y en María se cerraban los círculos que se

guardaban en Grecia y que guardaron los hebreos, y hubo

disputa entre los dioses.



Porque contra toda la tradición hebrea, María no quiso

conocer al hombre sino consagrarse al dios que es círculo

y es fuego, a la palabra, a la huella del dios que es.

Pero los dioses del Olimpo querían yacer con ella y

engendrar un rey. Y le enviaron un ángel para decirle que

guardara su lecho para el amor de un dios, y hubo disputa

entre los eternos.



Pero los héroes estaban cargados de destino desde el lecho

de sus padres, desde la necesidad de goce que encarna al

infinito en los cuerpos. Los hijos de los dioses son

reflejo de su envidia, dijeron los filósofos, y es tiempo

de que el círculo y el fuego engendren en María.



Ninguno de los nombres tuvo lugar en su lecho sino el que

es, y la muchacha que vivía en el templo avergonzó a un

marido viejo que le habían deparado los rabinos,

engendrando en su vientre la palabra.



Desde el extremo oriente, los magos, que intuyeron la

muerte de los dioses, fueron a espiritualizarlo con sus

sahumerios. Los filósofos entendieron que era el logos

encarnado. Se recurrió a la muerte de cientos de niños

recién nacidos para que sus padre los llevaran a Egipto y

lo conocieran los sabios.



Tuvo el poder de secar al que interrumpiera su juego. De

engendrar pájaros de barro. De conocer el secreto de las

letras y matar a los maestros que pretendían volver

estrecho su saber.



Despreció el tejido y la siembra, y los bárbaros lo

amaron. Dijo que no era necesario acumular para tener el

Sábado. Multiplicaba panes sin amasar ni hornear y peces

que no atrapaban las redes. Multiplicaba el vino en

desprecio del cuidado de la vid y de la paciencia del

fermento. Los pastores, que ya eran esclavos, lo amaron.



Sintieron que su voz era el reclamo del deseo de pereza de

sus cuerpos: no debe haber mercaderes en el templo sino

mendigos. No hay que tomarse el tiempo de aspirar a lo que

es del César para entender lo que es de dios.



No creyó que una bella mujer fuera menor a los maestros y

se dejó adorar. Enseñó que ser perfectos como el círculo y

el fuego, es estar atados a la quietud de la cruz. El

profundo grito de los esclavos contra el trabajo encontró

su traducción en la domesticación del hombre, y cuando ya

el helenismo se esparciera en Roma, su profundo ateísmo

diseñó los límites de la libertad: el esclavo matará al

amo cuando sepa flagelar su propia carne.



Roma perdió así la voz de los dioses al aceptar la palabra

del círculo y del fuego, el logos que se engendró como

hombre en el vientre de María. Y en este pago perdido

entre las lomas, donde se reduce el culto de los dioses,

se recuerda la pretendida historia y se comprende: no

vamos a combatir la conversión del emperador, vamos a

infectar sus altares con nuestros antiguos dioses

travestidos como santos, vamos a paganizar al

cristianismo.

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