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Intuiciones / EL EJERCITO DEL NORTE.
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

EL EJERCITO DEL NORTE.

Vidalita

que el soldado sufre

la alucinación

de las batallas



¿Qué rocadal

que inciensa azufre

sube sahumando

sus blancas nalgas?



Vidalita del general

que fue abogado

recibido en Chuquisaca.



Cabalgan los hombres en hilera

pensando que la aurora los apaña.



Apenas si dejaron

sus libros en las mesas

donde la acalorada discusión

de lo nuevo

los había trasnochado.



Hicieron campamento

gustaron de guitarras

que tejían

sapiencias ancestrales

y el asado con cuchillo

en la mañana.



Al frente

una inmensidad de España

se elevaba por los cerros

como si pudiera

un plumazo desterrarla.



Un señor de estancias

se había acercado con sus hombres

para sumar sus peones

a la patria.



El camino

se extiende dócil

hacia el Norte

y avanza la luz

al tiempo

que el corcel

avanza.



Cada aldea

con sus hombres y mujeres

se entusiasma al verlos

y escuchan sus palabras.



Ya queda atrás

el rey cruel

la servidumbre

queda atrás

ya no hay

señores ni vasallos,



- y los rostros morenos

lo miraban.



Los huesos

de los hijos del sol

y de la tierra

tiemblan bajo el suelo

para florecer

en la mañana,



- y los rostros morenos

asombrados lo escuchaban

con una belleza dura

piedra y sueño,



- ya nace

de la tierra

la dignidad

del alba.



Camina el doctor hecho guerrero

por el campamento.

Los ve, aquí y allá,

echados en el suelo

junto a sus caballos

bajo el frío de la noche.



Uno se levanta

entre los penitentes

y toma la petaca.

Lo mira con un ojo

enrojecido

hiede a sudor

y a grasa consagrada.



El docto guerrero

retrocede

una rama de churqui

le toca las espaldas.



- La revolución, -

se santigua.



Invocada

la palabra

se echa a andar

hacia su tienda.



Pero el rostro

campesino

en sueños

lo acompaña.



Es un diablo sediento

el que aparece

en la noche

de sus párpados

cerrados

como un bulto de carne.



- Sólo el sueño

de un guerrero, -

se dice para si

pero quedaron

en su memoria

todas las palabras.



Le recrimina

no haberlo visto rezar

¡y justo el diablo!

le ordena

encomendarse a la Virgen

para tener la victoria

asegurada.



Camina

el docto guerrero

entre los hombres

y los arenga

con todas

las palabras.



- Siglos de oscuridad

van acabando

en los albores

de la patria

y las lenguas

de religión embrutecidas

resurgirán aladas.



En silencio

lo escuchan

tantos rostros

como almas hay

lejanas.



Los hombres

se parecen a sus sombras

y pierden

allí sus formas claras.



Se ve a si mismo

recto y delgado

como un árbol

y de las sombras

de ellos

ve surgir las garras.



- General,

la tropa cree

que debe

dar misa

para no tener

por hereje

nuestra causa, -

le dicen

cuando ha corrido

mucho vino

en la mesa

de la comandancia.



- Ya no hay lugar

para supersticiones

en el renacimiento

de esta raza.



Y en sueños

lo vuelve a ver

y es una masa

amorfa

la que le habla.



- ¿Nuevamente usted?



- Yo, si, en todas partes.



- ¿Qué quiere?



Pero no lo entiende

porque su ojo es una escama

y la sonrisa

se tiñe de verde y se deshace

como en un ciénego

del que brotó una mama.



- ¡Formen las tropas!, -

les ordena

pero los hombres

no pueden formar cuerpos

y se funden

y hunden sus pies

como las raíces

de una chacra.



De algo que fue un cuello

arranca un crucifijo

y lo ve negro y ardiente

en su mano blanca.



Siente una luz

que baja desde el cielo

hasta posarse entre

la tropa que ya



al volverla a ver

comprende

que recupera

forma humana.



Regresa a la tienda

y sueña

una procesión de soldados

mal vestidos.

Corre y se acerca

a la urna

donde está María

con la bandera hispana

por su falda.



Ordena fusilasión

en la mañana

pero ya quedaba

poca gente

en la campaña.



Y escribe a Buenos Aires:



“No se ha de llegar

por este Norte

hasta la gloria,

no hay

senderos

que atraviesen

la montaña.

Los caminos

y los pies

no se condicen,

los veo marchar

por el horizonte

con una cruz

en andas.”



Vidalita

que el soldado sufre

la alucinación

de las batallas



¿Qué rocadal

que inciensa azufre

sube sahumando

sus blancas nalgas?



Vidalita del general

que fue abogado

recibido en Chuquisaca.

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