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Intuiciones / REVELACION DEL MONJE
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

REVELACION DEL MONJE

¿Cuánto he pasado

esperando tu respuesta

para dudar al fin

en esta tormenta

que me enrieda?



Pendió tu cuerpo

un peso mayor

al de la talla

y tus heridas desgarradas

fueron ojos,



y tus ojos

enrojecidos

gimiendo de un dolor de siglos

encarnados

manó en el corte de tu vientre,

odre quebrado.



Sonreíste.

¿Para qué buscaba yo

el don de profecía?

Tonta vanidad

de ser más

que un vientre

humedecido.



- Mi madre era feliz

porque se había entregado

al silencio de los dioses

y él la eligió

para dejarla encinta.



¿Cuántos están en el desierto

sin alcanzar caricia?



Ni siquiera sospechamos

qué acciones les agradan:

si el silicio, si la guerra,

si el incienso o si la grasa,

la castidad o el exceso,

ayuno, danza o plegaria.



Si depende de nosotros

o de su inmerecida gracia.



Ella sólo podía relatarlo:



el firmamento como un torbellino

arromolinando belleza y número

se hizo ángel

y la sombra del ángel

recubrió mi lecho

y sólo por la sombra

estaba encinta.



- Los antiguos contaban

que el padre de los dioses

tuvo un hijo

destinado a encadenarlo.

Cada vez que su hembra celestial

paría

él comía la carne inmortal.



Y hubo un hijo

que debía cumplir con la justicia

confundiéndose en la tierra

entre las piernas de su madre.



Para ocultarlo del furor

lo criaron en la misma cueva,

en que nací,

y mató a su padre

para reemplazarlo.



¿Cómo iba a saber mi madre

que en su vientre

había un hijo impotente

por ser hombre?



¿Porqué eligió

a una mujer

sino para que su fruto

fuera entregado a la cruz?”



Temblaba y gemía en mi celda

y le imploraba silencio

ya no más el horror

de una verdad herida.



- Antes de mi

el hombre

no era dueño

de su mujer

si no mataba.



Y hubo un pastor

con una mujer hermosa

que bañaba su rostro

por no poder

dar hijos a su raza.



En el dolor de su esterilidad

entregó a su esclava

para bendecir

a su pastor

con heredad.



Llegaron donde un señor

y el pastor

dijo que su mujer era su hermana.

El señor se la llevó a su tienda.



Al aclarecer soñó

con los dioses del pastor,

devolvió a la mujer,

pagó por ella,

y ordenó al pastor que se marchara:



Vete con tu dios

que es poderoso,



- y el pastor se fue

para saber en el desierto

que su esclava y su mujer

eran preñadas.



Su mujer le pidió

que expulsara a la esclava

de la tienda

de todo lugar en donde hubiera gente

al desierto y a la muerte.



Un dolor profundo

se apoderó del pastor

cuando la vió partir

henchidas las entrañas,

y un llanto ácido

cuando oyó decir:



el hijo que le queda es simiente

del señor que pagó por su mujer.



Y al nacer

ya no veía.

Tomó al niño

para sacrificarlo

y el desierto fue testigo

de su dolor y su impotencia.

Lloró en el cerro

sin poder ofrecer el holocausto.”



Debí cavar

los oídos en mi carne

la piel si con ella

escuchaba las palabras

el alma

si al alma le hablaba

la nada

si en la nada

el eco de sus palabras

se quedaba.



- Esa raza

no supo lo que pasaba

con sus muertos,

y se perdió

por hambre

como la arena

en el desierto.



Hubo un señor

que admiró a ese dios

que despreciaba el alma,

pero su pueblo

se preocupó

por el destino

de ultratumba.



Dijo que cielo y tierra

son su huella

que el sol y el Nilo

son su eco

que el hombre mismo

es un suspiro

de un dios perfecto

como un círculo,

pero su pueblo

se preocupó

por el destino

de ultratumba.



Que como ese dios

deben ser los hombres

aunque no puedan ser perfectos,

y los hombres y las cosas

no aguantaron las cadenas.



Cuando la turba

quemaba sus palacios

queriendo saber de

ese andar cuyo acierto es seguir

y que en el error se pierde,



el contó de un pueblo

de pastores

hijos de la bella estéril.

Les ofreció la libertad

y los llevó al desierto.



Les dio una ley

para entre ellos

y una ley

para con dios,

pero eran hombres

que adoraban al becerro

y reclamaban de su dios

la misericordia

con los muertos.”



Dolor de la palabra

filo ardiente entre mi carne.

Yo,

que la había pedido

lloraba oyéndola impotente.



- En ese pueblo

nació mi madre.

La ley decía

que una mujer

era bendita

por su vientre,

y ella lo cerró

a los hombres.



La obligaron

a casarse,

la expulsaron del templo.

Fue casta hasta que el ángel

se inmiscuyó en su seno.



Desde allí,

dios quiso matarnos.

El ángel enamorado

nos devolvió al Egipto

donde los dioses

caían a mi paso.



Pasé la infancia

y me embebí de Osiris

que navega

para regresar desde su tumba.

Supe de la historia de mi pueblo

perdido como arena en el desierto

y un cuento contado a los pastores.



Cuando volví a la raza de mi madre

sabía del origen de la ley

y dije:

no han de hilar

para vestir

ni sembrar

como no siembran

las aves en el cielo.



No aguarden el fermento

para tener el vino

del descanso

ni acumulen

para descansar el sábado.

No comercien en el templo

donde el mendigo

recibe su salario.



No amasen ni horneen

que multiplicaré sus panes,

no pesquen que mi palabra

dará miles de peces,

no hay más ley

que la anterior a las naciones

y al trabajo.



Sepan que al fin

sobre los ríos de la muerte

los rescataré

porque soy dios

y porque ese es mi designio.



Y al oír estas palabras

dios bramó una cruz

para darme martirio eterno.”



Yo caí

sobre el suelo frío

de mi celda

cegado por una verdad atroz

que me había revelado

la voz del crucifijo.

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