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Intuiciones / LOS DOCE SIGNOS DE LA ADORACIÓN DEL CERRO.
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

LOS DOCE SIGNOS DE LA ADORACIÓN DEL CERRO.

En las noches del comienzo del verano, un Dios Niño

convoca las presencias de los cerros. Vienen del tiempo en

que el cuerpo no se separó del resto de las cosas, cuando

creer y crear son el mismo verbo, y el universo se

confunde con los cuentos maternales.



Doce son los signos que brotan desde el suelo hacia lo

celestial, encarnando espíritus desde lo que dibuja la luz

del sol, y susurrándonos profecías que se confunden con

voces en la noche.



Hacia el aclarecer, cuando la adoración humana se recluye

en los hogares, los niños del cerro juegan con el Niño del

pesebre. Basta observarlos, si es que la fe nos protege de

un miedo sin otro fundamento que nuestra debilidad, para

comprender los secretos de la vida.



Y cuando el sol ya reina, las faldas del cerro tienen al

Niño en un rincón de piedra.



1



La oración bate en el cerro,

adoración como consuelo del destierro.

El viento lleva furias

hasta el hogar del Niño.

Vienen a su pesebre

los niños olvidados del exilio.

De cada roca asoma una carita, al pie del quinchamal sale

una mano. Son niños viejos que buscan el sendero con los

pies descalzos.



2



Rey de piedra,

enano de cadavérica sonrisa.

Bajar el brillo

del cielo al suelo

es su casta monarquía,

sembrar estrellas

en las entrañas de la tierra.

Al fondo del huayco hay un cerro que recibe al cielo como

en el cuenco de una mano. Como el agua, es el mineral que

refleja los ojos de los astros.



3.



Pastor de lo salvaje,

a su silbo las cosas le responden.

El zorro corre a pastorear,

el suri calza manta de montar

y en hilera bajan las vicuñas.

El río es hacienda

que sube al cerro si él lo pide,

las piedras remontan el declive.

El animal gigante no comprende el lazo que es un misterio

que se escabulle en el arenal del día. Es un ser del

tiempo en que se ignoraban las acequias, duende de la

noche que hoy es mala.



4.



Es un ojito sin más

que esparce gotas de oro

sobre la piel de la niña

cual deseo,

la llama por el nombre

como el barranco que a volar

incita, como la laguna que

la invita, como el agua

que riega y que lastima.

Una caricia en el vientre y otra mano en los cabellos. La

tierra se reduce a grasa y beso para que la niña sea feliz

y haga una cuna con sus huesos.



5.



Ofrenda de sangre.

En el surco creció el feto

de una hembra,

larva y hambre.

Sólo viene a jugar

sin más ojos que sus dientes

y en su vientre

en vez de leche hay sal.

El yuyo lo desprende sin dolor, como quien enciende la

koba bajo una falda. La soledad del cerro es su niñez y en

la cueva del zorro se descansa.



6.



Inocentes

que la vida entregó

para que bailen junto al sol

como blancos samilantes.

Hojas densas que con el viento son

memoria errante,

hojas que en el otoño caen

y que el aire levantó.

De aquí se ven sus alas de un paño colorido que las nubes

palidecen destejiendo el susurrar del arco iris. Y en

fuego arden cuando se apilan bajo el árbol, no por castigo

sino para volar más alto.



7.



Almitas

que ya conocían el deseo

cuando el descarne hirió en el suelo

un llanto.

El repentino manto

después de la inocencia

y antes de la pasión.

Son seres que quisieron

pero su tiempo no duró.

Cuando el azar golpea alguna puerta saben que se irá de la

mano del que sabe, para satisfacer en su vuelo los amores

infantiles. Nadie puede explicar que un número refleje las

estrellas.



8.



En la fertilidad

del maíz y el beso

su alma se fermenta.

El verde sangra

de lo que alimenta

y el rojo de lo que

se corrompió.

La lluvia cae

después que se ha pedido,

cuando la danza

hubo conmovido

a un dios.

Tiempo del rapto que es amor y es guerra. Rameando una

chacra sonrosada se cierra el ciclo que durmió debajo de

las piedras. Se los llama cuando es tiempo para entregar

el exceso de las almas.



9.



Y los niños

de natural malicia

sus máscaras de barro

desaliñan.

Danzan en adoración

cantando el villancico

de un rey

que no concedió perdón.

Niños del susurro de sus madres

tejen otros niños con sus miedos

y conocen a los niños

de los valles.

Los que fuimos, los que seremos, los que somos. Una ronda

que nos excluye eternamente hacia el andar pesado de los

tiempos que bendicen los otoños.



10.



Si supo el Niño el significado de la letra,

la alquimia del gorrión,

el falso equilibrio de los ídolos

y la absoluta seriedad del juego,

lentamente con la vida

se fue corrompiendo en compasión

hasta no poder ser hombre

y endurecerse en una cruz

bajo el lucero.

Tener que explicar el error como una culpa para que los

sordos ante el mundo lo escucharan, ¡cuanta resignación

hay en un dios que encarna y cuanto dolor en su hermosura!



11.



Bonita morenita con su vientre,

blanquita palomita del oriente,

¿quién es el Niño?

Un hijo que quiso piel que nunca hiló,

trigo que no sembró ni cosechó,

no ahorrar para tener el Sábado,

beber un vino que no fuera fermentado,

tener mendigos y no mercaderes

en el templo,

multiplicar panes y peces

porque los dioses no amasan

ni echan redes,

pero que sea hijo del hombre

quiso Dios.

Un sudor de lo eterno que fue suyo

roza el pétalo de piel de su capullo.

Mamita del ganado y de los yuyos, dulce morenita. Muestra

a su niño en brazos ante el mundo, sonríe como el canto de

los grillos un suspiro de orgullo y pena que arrebata los

altares y las quenas. Virgencita del pesebre, es tanta su

alegría que la quema.



12.



Y ellos juegan.

Hacen un hilo de la oveja

que se enreda en el molle

y se saben la ofrenda

que cielo y tierra reconocen.

Lana hilando

en sus colores y en sus nudos

no dicen sino danzas,

olvidan las palabras

porque en movimiento

está hecho el mundo.

La oración bate en el cerro, adoración como consuelo del

destierro. El viento lleva furias hasta el altar del Niño.

Vienen a su pesebre los niños del exilio.

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