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Intuiciones / VILLANCICO.
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

VILLANCICO.

- Danza de la luna

entre las estrellas

dentro de la cueva

caben todas ellas.



Los siete cabritos

pastan en el cielo,

ha nacido un niño

entre tanto cerro.



Danza de la noche,

canto de la quena,

no se oye un reproche

ni se oye una pena.



Dice el villancico

que ha nacido un rey

para que en el mundo

descarne la ley.



Danza de la aurora

que nos trae el día,

lo parió una moza

entre tanta espina.



No tiene corona,

no tiene realeza,

llega como anuncio

que ya nadie espera.



Danza del lucero

que se roba el alba,

danza con el cuerpo,

danza por tu alma.



Dicen

hay duendes

por todas partes.

Dicen

buscan el pecho

de su madre

dolidos

de no nacer.

Dicen

siempre

son niños

aunque sepan

de todas las generaciones

del destierro.



- Si llegan al deseo

son inocentes,

si mueren antes

del bautismo

son angelitos,

si se pierden

antes de nacer

se quedan en la tierra y

jalonan malos trechos

en el cerro.



Hablo de un pueblo

que perdió su mundo

para quedar

en el mismo suelo

en el que fue parido.



Sentado al pie del cerro

escucho

en el silencio del viento

los murmullos de la tierra

como una levedad

que brota en los terrones.



Desde las cabras en más

no hay manantial

al fin del huayco

y los abuelos siguen

contando del sayal

que cae sobre el parche.



Alucinados en el recuerdo

que se oculta

debajo de si mismo

que al verse en el reflejo

es más preciso, más claro.



Pero tiene la textura

del metal que distorsiona

engorda

y en el brillo de los ojos

presienten la diabólica

sonrisa.



- Era el diablo

engalanado hasta el peso

promesante

como sangre criminal

en oro.

Bailaba en el patio

de la casa

pata pila sobre tierra

seductor e infiel

como un alzado.

La vió,

y no me va a creer.



Bajo las uñas de un churqui

había rameado la moza

gotitas de sangre en la raíz

que dieron un cardón deforme.



- Años.

La moza envejeció.

Vivía en esa casa

de adobes deshechos

por el agua,

nunca llueve.

El ranchito lloraba

por las tardes

lágrima marrón

y nunca se supo de la wawa,

duende fue.



Bajo las uñas de un churqui

junto a un río secado de añoranza

arena y quinchamal

una apacheta pequeña

apenas si una tumba.



- Lo voy a llevar

para que vea.

Cada santo clavaba

un cigarrillo

en una espina

como si fuera pelusa

por años

colillas como flores.

Quenti que

hundía el pico

para nada

y quedó

en sus uñas

el algodón

deshecho.



Dicen que era el diablo

¿quién sabe?

Y la moza le rogaba

que la lleve

donde sea que fuera

implorando a la vera del caballo

agarrándose a la bota

y el diablo, si es que era el diablo,

dicen que lloró.



Silencio

al pie del cerro.

Lo recuerdo

como si lo oyera.

El viejo murió

vaciando su relato.



Vimos un cardón que era igual a otros

pero el viejo

implorando

la creencia

en su mirada

decía:



- ¿Ve?

Fue como una

salamanca

pero de los santos.



La moza, dicen, conoció el infierno.

Días anduvo con su perro negro

en las sombras de la noche

de la muerte.

Fiebre tenía, seca la boca,

muspaba,

no sabíamos qué hacer,

nada,

con los ojos redondos

como una Virgen

se sentó en el cuerito

y dijo que había visto.



Todo es igual que aquí,

decía,

un arenal que quema

esperando el propio error:

hay una cueva de cuis,

me dijeron los muertos,

si la pisás

estás perdido.



Hay almas

que andan años

acertando

hasta que un día

confiados

pisan el espanto.



- Si llegan al deseo

son inocentes,

si mueren antes

del bautismo

son angelitos,

si se pierden

antes de nacer

se quedan en la tierra y

jalonan malos trechos

en el cerro.



Y se sentó en un rincón del suelo

donde se atan las bolas

para detener al viento

y como a caca lo parió

sobre una manta

y como oro lo llevó

para enterrarlo

en la raíz de un churqui.



- Le cantaba

para que durmiera.

Muñecos de chala

le dejaba.

Le contaba cuentos.

Le decía el nombre

de cada cabrito

en su tenencia.

Lo acunaba

en sus brazos huecos

hasta que brotó

como un yuyo

entre las piedras.



Duerme, japiñuñu

te tengo en mi seno,

duerme mi wawita,

mi choclito tierno.



Duerme, mi angelito,

que el destino es cabra

y aunque haya pendiente

llegará hasta el abra.



Duerme, duerme, duerme,

que como María

su hijito era suyo

cuando se dormía.



Así comenzó el duende

a llamar con la manito

a los que por allí pasaban.

Así se llevaba niños

rezagados en su juego.

Así despeñaba pastorcitos

que no llevaban

perros negros con sus cabras.



- Fue cruel

de una crueldad

enmarañada.

Reclamó

como reclama el viento.

Caminaba

encarnando

lunas que se tejen

y destejen,

la furia

de las estaciones

que lloran

y desprecian,

que secan

y alimentan.



Ella guardaba todo para él

no le importaba nada

tejía olvidos de pesares

y en el vientre de una olla

marcó con cruces las heridas.



- Le mordió la teta

como quien descarna.

Un manantial sangriento

mojó su camisa

y ella perdonaba.



Como si la viera, pues.

Corría por senderos

y sus brazos eran cántaro

que le impedían derramarse.



- Lloraba y sonreía.

Quienes la cruzaban

se persignaban

en el pecho.

¡Cristo! ¡Cristo! ¡Cristo!

¿Qué será

esa moza?



Virgencita, perdonala, -

rezaban las abuelas. -

Madrecita santa.



- La esclava del templo

salió espantada.

Era un oratorio en el valle,

nada.

Pero el patrón cada año

llevaba una imagen,

otra para el año

y eran más santos

que fieles

en la capillita.



Con el pecho vendada

llegó a la oración la moza.

La puerta estaba abierta

como está abierta una boca.



- Le muestro, - me dijo,

y era un montón de adobe

ya casi llegando

al abra.

Lo deshicieron los años

cual si fuera cosa mala,

como no podía serlo

la bóveda de arcada

que fue puerta

estaba intacta.



No había una sola imagen

pero se me ocurrió

que era cierto.



- Vio al niño

en el medio

de la sala

jugando

con un trompo.

El niño murmuraba

un villancico...



- Danza de la luna

entre las estrellas

dentro de la cueva

caben todas ellas.



Los siete cabritos

pastan en el cielo,

ha nacido un niño

entre tanto cerro.



Danza de la noche,

canto de la quena,

no se oye un reproche

ni se oye una pena.



Dice el villancico

que ha nacido un rey

para que en el mundo

descarne la ley.



Danza de la aurora

que nos trae el día,

lo parió una moza

entre tanta espina.



No tiene corona,

no tiene realeza,

llega como anuncio

que ya nadie espera.



Danza del lucero

que se roba el alba,

danza con el cuerpo,

danza por tu alma.



...y al volverse

la moza

vio los ojos

negros

de los santos

para quedar

horrorizada.



Todo corazón negro eran los ojos

como de sangre negra la pupila

como de tierra negra

nada blanco había en esos ojos

el blanco como la nieve derretida

sobre la peña negra.



- Y salió la moza

para perderse

en el cerro.

Andaba

junto a un barranco

cuando el viento

le golpeó

la espalda

y se quebró la tierra.



Veinte metros

cayó despeñada

la moza

entre

raíces de churqui

que arañaban

como queriendo

sujetarla

pero hiriendo.



Hay allí una cruz, - me dijo el viejo.

A la vera

del sendero hay una cruz.



- Era de noche

pero

la pared de la cueva

estaba iluminada

y entró la moza

herida

y en medio

de la cueva

el cuerpecito

de la wawa.



Duerme, japiñuñu –

le cantó la madre –

te tengo en mi seno,

duerme mi wawita,

mi choclito tierno.



Duerme, mi angelito,

que el destino es cabra

y aunque haya pendiente

llegará hasta el abra.



Duerme, duerme, duerme,

que como María

su hijito era suyo

cuando se dormía.



- Y oyó sikuris

que venían

de algún lado.



Pero antes que la procesión

se acercara por el cerro

el diablo estaba enorme

en la puerta de la cueva.



- ¿Ese es mi hijo? –

dijo el del poncho

y una ternura

cicatrizó

su rostro.



La moza lo miraba llena de espanto

porque era bello el hombre,

lo recordaba.

Lo vio acercarse

dejando en la arena

su huella de cabra.

Y cuando su mano uñosa

la acariciaba,

y cuando su olor de bestia

la engatusaba,



- una mujer

se paró en la puerta

y llevaba

un cuchillo

contra el pecho,

y del filo

del cuchillo se agarraba.

Y por el filo

del cuchillo

su sangre

derramaba.



La empuñadura era un crucifijo

y en la otra mano un lazo

con que le pegaba al diablo

hasta dejarlo tieso y marcado

en el suelo de la cueva

como a una res sacrificada.



Y al abrir la mano

que apretaba el filo

como en un sudario

la cara del Cristo

en la palma herida

se le dibujaba.



- No va a creer lo que le digo.

Todos los santos

de la capilla

tocando cañas

entraron a la cueva.

Roque con sus perros,

Juan con sus haciendas,

Santiago con el rayo

y el caballo,

Francisco con el zorro,

la Virgen

descalza como en

carnavales,

bella como un fuego blanco

que arde en la leña.



Los santos adoraban

a la mujer y al niño,

le digo porque lo vi.

Se me hiela la sangre

cuando le cuento.

Los santos

con sus ropas

medievales,

todos allí

adorando

a la mujer y al niño.



- Es cosa del diablo,

- decían en las casas.

- Es cosa del demonio

y de las wakas.



Decían los abuelos

que hay espantos

también

en cosas santas,



- contaban de un niño

que encontró una piedra

con la imagen

de una Virgen

dibujada,

la llevó a su casa,

le encendió una vela

y en la noche,



no quedaba

nada al día,

de la casa

todo ardía.



- Decían

los abuelos

que de santos

el diablo

se disfraza.

No confíes

si en el cerro

una mujer bella

te demanda.

No creas

que es gente

quien

anda en la noche.

No creas

inocente

al niño desnudo

que juega

en la playa.



¿Quién sabe?

Yo sólo digo

lo que mis ojos vieron.

Dejaron en un rincón

las cañas apiladas

y alguien entonó en la quena

este extraño villancico:



- Danza de la luna

entre las estrellas

dentro de la cueva

caben todas ellas.



Los siete cabritos

pastan en el cielo,

ha nacido un niño

entre tanto cerro.



Danza de la noche,

canto de la quena,

no se oye un reproche

ni se oye una pena.



Dice el villancico

que ha nacido un rey

para que en el mundo

descarne la ley.



Danza de la aurora

que nos trae el día,

lo parió una moza

entre tanta espina.



No tiene corona,

no tiene realeza,

llega como anuncio

que ya nadie espera.



Danza del lucero

que se roba el alba,

danza con el cuerpo,

danza por tu alma.



Y partieron

hasta donde el cardón

florecía en lo alto un corazón

brillante.

Días bailaron

haciendo ronda contra las espinas

con los pies heridos

por pisar las piedras.



- Dicen que es cosa del diablo,

- me dijo el viejo.

- Dicen que el patrón

traía tanta imagen

y otra para el año

por vender el alma.

Yo creo que no hay cosa

ni en la tierra ni en los cielos

que no sea de Dios,

por esa fe

estoy vivo.



Al fondo de este huayco había un manantial

antes de las cabras

cuando el tiempo

en que el abuelo era mozo.

Y había una casa

que deshizo el agua

donde hay silencio

que interrumpe el viento

chajchando

el fruto seco.



- Y andará

el abuelo

sin pisar cuisera

dejando

su huella

en el huancar

y esperando

el error.



Y a la oración,

dicen,

no lo he visto,

en el horizonte

se ven dos siluetas.

La moza y el diablo

y se acerca un niño

y tras de su paso

una comparsa los santos.



Hablo de un pueblo

que perdió su mundo

para quedar

en el mismo suelo

en el que fue parido.

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