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Intuiciones / LA PALETA DE FAUSTO O EL MILAGRO DE LA CUEVA. CINCO
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

LA PALETA DE FAUSTO O EL MILAGRO DE LA CUEVA. CINCO

Olor a ciénego y estiércol lo guiaron. Era una carpa

humilde, donde los beduinos jamás entraban. Un hombre de

edad cargaba maderas que iría a pulir y a clavar para

darles la utilidad encargada. Adentro había una mujer muy

joven que no era bella. Estaba en la justa edad en que las

campesinas pierden la chance de su hermosura, porque la

pobreza carcome sus cuerpos. Era la única hija de un

matrimonio mayor, dejada en el templo porque la edad les

impedía cuidarla. Allí se había criado junto a las mejores

niñas que saldrían para el matrimonio, pero a ella nadie

la quiso, porque no tenía dote, y hubo que exigirle al

carpintero que se la llevara.



El hombre temía por sus hijos, por la tentación de la

sierva en sus juventudes, y porque por ellos debiera pagar

una nueva paternidad. Cuando llegaban ebrios a la tienda,

él temblaba. De lo poco que ganaba les pagaba mujeres para

que no la desearan. La cuidaba de un modo tosco, y ella le

servía con las labores mujeriles de que lo había privado

la viudez. Cuando caminaba para el pueblo con los muebles

cargados en el asno, le pareció ver la silueta de un

hombre que llevaba consigo tablas y una bolsa con pinturas

y pinceles. Dudó de la visión que le habría provocado el

sol, y pensó que de todos modos no podía estar siempre

vigilándola.



El pintor quedó sólo con ella, y ella lo miraba con

horror, apretando las piernas para proteger su virgindad.

El pintor pensó que no tenía que negarle el sufrimiento

del miedo, y se sentó en un banco. La niña se puso a

llorar y el pintor dudó si lo hacía porque temía lo que

podía suceder o porque no le sucedía. Estaba sucia por el

trabajo, no tenía ropa decorosa. Luego sucedió lo que los

hombres llaman compasión, pero es otra cosa. Un ángel, que

era otro de los dioses monstruosos que aterrorizaban a los

beduinos, se presentó y le dijo que representaba al que

estaba por ser concebido y estaba por vencer en el cielo y

en la tierra. El Dios invisible de sus padres, el que se

había manifestado en la montaña incandescente, el que los

había hecho vencer en la guerra, la había elegido para que

en su cuerpo encarnara el Mesías.



Ella miró al pintor y comprendió lo que todos pensarían.

Imploró que no fuera así, pero el ángel dijo que Dios no

contemplaba los pedidos de los mortales. Tal vez lo haría

luego, cuando habiendo atravesado la tierra y la vida y la

traición, estuviera de regreso en el firmamento, pero no

antes, cuando era ajeno a la carne. Ella dijo que no iba a

permitir su deshonra y que prefería morir si el ángel la

tocaba. El ángel le respondió que ya estaba hecho y que si

se suicidaba habría de matar a Dios, incomprensión que le

estaba deparada a los centuriones romanos, a los

sacerdotes judíos y a Judas. Ella lloró con amargura,

aferrándose a su vientre.

El pintor anduvo bajo el sol del desierto tratando de

comprender lo que había atestiguado. Le fue dado ver que

el carpintero se enfureció pero que, como siempre le

sucede a los pobres, terminó por resignarse. Que una prima

de ella, donde fue a esconder su vergüenza, le dijo que

sería recordada como la más feliz de las mujeres. María le

respondió que podía ser, pero que no lo era. El pintor no

quiso saber más. No lo necesitaba. Entró a una cueva, puso

la tabla contra el muro húmedo y comenzó a trabajar.

Cuando terminó su Madonna quiso llorar, pero no podía. Esa

mujer era tan conmovedora que no podía sino convertir al

amor el corazón de los gentiles. Era la negación misma de

la Virgen del Victoria, pintada tan magistralmente por

Andrea Mantegna en 1495, ya en su vejez, cuando las

huestes españolas arrasaban con las civilizaciones de

América e imponían una religión que también hablaba de

Cristo.



Esa estaba cubierta por un arco cargado de frutos maduros

en columnas verdes de hojas. En medio de ello, por sobre

la escena, una raíz es también arterias arrancadas a un

corazón rojo y caliente. Las aves se acercan a la ermita,

y desde el centro hacia los lados, como si fuera un

cortinado, cuelga un rosario. María está sentada en un

trono. Al pie está la escena de Adán, la serpiente y Eva.

Por sobre su cabeza, el escudo con el sol en medio rodeado

de piedras preciosas. A la izquierda, un ángel con su

sable, y a la derecha un caballero con la lanza rota, le

tienen la capa. Tras el ángel, el rostro barbado de un

santo serio, y tras el caballero, cuya vincha se corona

con una pluma, un guerrero con un casco y su arma en alto.

Sobre su falda, de pie y desnudo, el niño. La Virgen, con

una sonrisa serena, bendice al rey que está arrodillado a

un lado. Del otro, un niño desnudo junto a una mujer

vieja.

Como una fiera que olfatea la presa, el duende encontró la

boca de la cueva con la certeza de que el terror

aniquilaría al hombre. No podía saber dos cosas: que ese

alma entregada ignoraba el miedo, y que se trataba de su

padre. Cuando se hizo cargo de que no alcanzaba con las

artimañas del espanto, rió desde lo profundo de su

mineralidad y le mostró los dientes de perro cimarrón. Sus

ojos ya eran por completo de opaco negro. Sus uñas, largas

de labriego y sucias. El hombre dejó los pinceles sobre la

paleta y contempló la obra terminada. Se preguntó si

habría consumido los años dados por el Diablo en ese viaje

a Palestina, y se resignó a no saber si era su hora. Le

dijo al enano que no iba a pelear, pero el duende no sabía

de la misericordia y avanzó. Le tiró una dentellada que le

hizo crujir los huesos de la pierna. No lo soltaba y el

dolor agudo le atravesó los nervios. Pateó al niño para

hacerlo retroceder, desde donde se lanzó nuevamente, y

entonces mordía y soltaba, rompía la carne y babeaba sobre

la herida.



En el oratorio, la mujer rezaba ante el cuadro que

representaba a la Virgen con el rostro de cómo ella había

sido, no mucho pero eternamente antes. Entonces fue que la

Virgen le habló. Le dijo que el pintor había vendido su

alma para que ese pueblo de campesinos tuviera una imagen

que adorar, una representación que la acercara a sus

vidas. Que por causa de esa Madonna se renovaría la fe en

esa tierra, pero él bramaría su condena en los

infiernos. “Me pudo conocer, y ese es su pecado. Pero en

este preciso instante su hijo, el que le dio a tu vientre,

lo está por destrozar como lo hace un perro salvaje con un

cordero. Mi corazón me dice que yo perdí a mi hijo porque

su padre temía que le quitara el trono. Eso se decía en mi

tiempo, cuando los judíos estábamos fascinados por la

religión de los griegos. Tal vez no sea cierto, y aunque

hubiera podido salvarlo, prefería sufrir su pasión antes

que traicionar al que me había humillado.”



La mujer lo comprendió con toda claridad. Mojó su camisa

en el agua de la pila y corrió hasta la orilla del río,

donde desenterró los huesos de su nonato para empaparlos.

Ella también amaba a quien la había humillado. En ese

instante, el duende perro se deshizo en cenizas, cayendo a

los pies del pintor herido, que ya había entregado su

voluntad, más no su vida. Con todo el dolor con que

cargaba, abandonó la cueva, arrastrándose y dejando el

rastro de su sangre. La intuición de la mujer la llevó a

su encuentro, y pasando su brazo por sobre su hombro, lo

llevó a la casa. Lo puso en la cama y lo cuidó hasta que

volvió a la vida, cuando esperó lo que le fuera a suceder.



*



Unos campesinos encontraron el cuadro en la cueva y se les

conmovió el corazón. Nadie sabía cual era su origen, pero

sabían que con su aparición dos almas en pena habían

dejado de espantar en el monte: el jinete y la viuda. Los

meses y los años hicieron crecer su devoción, hasta

trascender las fronteras de la comarca y ser reproducida

la Madonna en hogares, en altares y estampitas. La

llamaron la Virgen de la Humillación, mientras en la casa

que ya había perdido el derecho de arriendo, el pintor

había comprendido que recibió con esa tela el don que le

pidiera al Diablo, y dejó de pintar, y se quedó al lado de

la mujer a esperar la vejez y la muerte. No podía amarla,

porque ya había vendido su alma, pero tampoco tenía

motivos para partir.



Pasaron de esos hechos veinticuatro años cuando una mañana

la mujer entró a la pieza de su marido. Algo no estaba

bien cuando vió quemada la madera de la puerta, y el olor

de la sangre le llegaba aunque estuviera cerrada. Recordó

que en la madrugada había escuchado los silbos de un

viento atroz, pero estaba acostumbradas a las pesadillas.

Lo había recuperado al precio de la soledad. Llamó a un

viejo sirviente que no la había abandonado, y entre los

dos pudieron entrar. No lo hubieran hecho, hubieran echado

fuego a la casa para vagar sin techo por el mundo. Lo que

vieron fue el cuerpo despedazado del pintor, donde ya nada

de humano se le reconocía. Tal vez un dedo, un pie, partes

de huesos, partes de carne y seso pegados a la pared.

Satanás había pasado a cobrar lo convenido.

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