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Intuiciones / LA PALETA DE FAUSTO O EL MILAGRO DE LA CUEVA. CUATRO
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

LA PALETA DE FAUSTO O EL MILAGRO DE LA CUEVA. CUATRO

Cuando descansaba junto a las camas y ellas dormían

echadas sobre sábanas revueltas, estudiaba con el dorso de

la carbonilla sus muslos y sus vientres, los misterios

sombríos del sexo, la cascada de sus senos cansados y la

forma de sus rostros afeados por el sueño. También lo

hacía con los borrachos que dormían en sus sillas,

buscando el mensaje de las caídas de sus hombros, los

brazos pendientes a los lados, exánimes, y los párpados,

pesados y negros, sobre bolsas de piel cansada. Pero la

lascivia pronto adquirió otros caracteres, cuando el

exceso de vitalidad que le otorgaba el demonio le permitió

acceder a la vida cotidiana de esos pobres hombres.



Marcó en sus bocetos los músculos tensos por la labor del

arado, la marca del sol sobre sus siluetas, el eco del

castigo por el pecado de Adán, el cansancio, la sopa y el

vino en sus hogares, los muchos en el espacio breve del

adobe, la hora de poner los billetes del arriendo sobre la

mano del patrón. Sus quejas sordas, que nunca salían del

cántaro cotidiano, o en estallidos suicidas contra

policías rurales, o contra los muros de su propia

conciencia de esclavos. Mordisqueó sus panes, conversó con

sus hijos, anduvo con su hacienda. Nunca olvidaba su

objetivo de trazar los rasgos de la humillación de María,

y creía que se trataba de eso.



Mezcló la tinta con el sudor, el trazo con la derrota, y

tuvo una veintena de retratos duros, donde los rasgos se

imponían a la necesidad de las sombras, donde el ojo, el

labio o la mano eran heridas. Tuvo la ilusión de que sus

telas fueran banderas, y al fin recibió la bofetada:

¿quién te ha puesto como juez entre nosotros? ¿De cual

boca habían salido las palabras? Sin duda de los ojos

agotados de brillo que preferían la esclavitud al riesgo.

Y en cada puerta que tocó se le dijo lo mismo: ¿porqué

tientas nuestras vidas? ¿Acaso porque vienes de la misma

casa que el patrón? A sus espaldas estaba el descanso y la

guarida, si así lo requería, los brazos del amor de la

muchacha, era cierto, y aquello no era más que un

ejercicio de artes plásticas.



Entonces desanduvo el sendero. Llegó con la seguridad de

quien nunca había sido echado a disfrutar de las comidas

en la mesa amplia, donde ella, encinta, temía que fuera él

el que había regresado. El silencio los gobernó, los

modelos pasaron por su cuarto donde les cobraba con el

robo de sus almas el derecho que tiene el amo. Los

acarició con su pincel hasta que ellos mismos le pedían

entregarse a su lujuria. Los merendó, los almorzó y los

cenó mientras ella frenaba en la puerta de la casa el

escándalo de las buenas familias. Y aprendió a verlos con

desprecio, porque ni uno sólo de ellos alcanzaba a

comprender la aristocracia.

“¿No comprende cómo el cristianismo abortó el sentido

religioso de los hombres? Dios no es más que el logos, el

orden que tiene el universo. Moisés no pasaba de ser el

escucha atento de la melodía de la justicia, los profetas

no hacían sino aplacar la necesidad de adoración que había

en un pueblo bárbaro. Religión es sacrificios, danzas,

orgías, excesos, grasa de holocausto, no la torpe razón de

los filósofos. La fe se ha debatido en estos siglos por

liberarse del logos o por reprimir los fanáticos

despertares de júbilo y temor. Lo más religioso que ha

tenido la iglesia fueron las hogueras de la Inquisición,

no por lo que quemaban, sino por lo que liberaban en el

acto de quemar”, le dijo el monje. “En la oscuridad de los

bosques, los aquelarres resguardaban el verdadero sentido

del fervor religioso, sólo igualado en las cruzadas, en

las pinturas donde el horror pretendía aterrar a las almas

para que sean buenas, y para ello debían representar todos

los pecados descarnados, y a Santiago cortando cabezas de

moros. Pero al fin primaban los papas pecadores cuya

misión era mantener sumiso a los esclavos, ¿no comprende

donde está el verdadero valor de la fe? ¿No ve acaso que

con el ángel derrotado se han ido los verdaderos rituales

que satisfacían a los dioses?”



“¿No comprende que sólo Satanás puede mostrarle el rostro

de la divina concepción de Dios en el vientre de María?”,

dijo el monje, reía el pintor a su frente, y la muchacha,

que escuchaba tras la puerta, comprendía que en su vientre

crecía todo aquello que no podría llegar a amar, aunque lo

amase desesperadamente. “Roma es la traidora de la fe, mi

amigo.” Y ella buscó la casa de la vieja que sabía de

abortos, le rogó la pócima, la bebió en la soledad del

monte y desde esa tarde, cada tarde, cuando rayaba en el

cerro la oración, le cantaba nanas al feto que había

cubierto con piedras junto al lecho del río.



El pintor cabalgaba por el monte para hurtarle a las

pastoras su gemido desflorado, cuando tantas veces la vió

como a una viuda oculta bajo un molle, ambos solitarios en

la eternidad que se pierde con el sol. Ambas almas en pena

que cosechan en lo yermo. Ambas producen miedo. El jinete

arranca a la vera de la casa, como un arroyo que se

desprende de la peña, y galopa hasta alejarse

definitivamente de lo seguro, como San Jorge saliendo del

burgo para buscar las proximidades del dragón. Escucha,

hasta acompasar el alma, el ritmo octosilábico de los

cascos, en una ecuación que luego comprenderá en la copla

y en la zamba. Siente la euforia de la bestia entre sus

piernas, quita la silla y busca la crin, el cuero y el

sudor.



Busca en el viento que lo golpea el espíritu que perdió,

siente el negocio del cerro por entregar el oro, y alcanza

los más amplios significados de la espiritualidad,

andando. Quien lo ve se aterra, roba almas de sólo

mostrarse para llevarlas en ancas a la perdición. Siega a

su paso aquello que está maduro al caerse, y hay quienes

creen que no es gente sino espanto (pero hubo una madre y

un canto de cuna, un rezo antes de dormir, una ropa

primorosa de la escuela). Y ella, cuando comprende que él

no puede verla, que nadie puede verla, se acerca al

montículo de piedras para acompañar al almita de su

malogrado, esa brisita sin llanto ni leche que asciende

del suelo reclamando, sin pudor, ternura.

Una piedra, para su alucinación, fue la manita pálida que

buscó la luz del sol. Un brasito de piel blanca, delgada,

salida de la misma cosa para alcanzar la vida. Por debajo,

la fría piedra devolvió carne a sus huesos y corrió a sus

brazos para protegerse de la eterna noche. Duende, pues.

Nada más que duende como la alquimia que retorna, que

asciende desde lo material en dirección al recinto de los

dioses. Y, como un chimango cebado, con el pico dentudo

desgarró el corpiño para comerse la teta de su madre.



Las cuevas y las ollas prolongaron su alarido de dolor en

la tarde, cuando el ocaso extiende la sombra de los

cardones que ya no apuntan hacia el cielo sino en la faz

horizontal. El pintor se apeó para contemplar el milagro.

La noche caía sobre las cosas con un peso formidable. Los

sonidos eran desgarrados de los cuerpos emisores para ser

atribuidos a otras presencias del monte y libremente, con

la libertad que lleva a la condena, el testigo podía

relacionar al azar. Lo blanco del cielo se fue absorbiendo

en pequeños puntos que pretendían contener toda la luz del

día, y que fueron estallando en breve tiempo para componer

las constelaciones. Un número, muchos números, una

ecuación, la razón del cosmos.



El pintor se sentó en el suelo. Allí, en su derredor,

estaban todos y cada uno de los arcanos. Le sonrió al

destino, que era el entramado de su voluntad ya fría. No

había temor y lo añoraba. Tomó una rama y, en la arena,

dibujó lo más sencillo. Un orbe era el vientre que lo

centraba todo como una gravedad profunda. Sobre el mundo,

dos satélites pegados a su cuerpo tal vez sólo por la

perspectiva, pero llamados a alimentar al llanto que

partiera de sus entrañas. Luego un óvalo, como un sol,

calvo pero femenino. Bajo el embarazo, dos huevos gordos y

extensos, los muslos, y el fin fusionado en el suelo. Pero

las líneas eran negro sobre negro, los matices de sombras

los aportaba la proyección que el firmamento hacía quedar

en las ramas de un yuyo, un quinchamal que en el día es

verde claro.



Con la yema de sus dedos lijó el bajorrelieve. ¿Cuándo

había dado el si? ¿Había firmado el pacto? Así como el

Moisés rabínico descifraba las leyes que esclavizaban a su

pueblo de aquello que, pitagóricamente, descubría en la

superficie de la naturaleza, del mismo modo el pintor

comenzó a dialogar con el logos satánico. Las partes de la

conversación son intraducibles pero fueron exactas y

precisas. Se pusieron en claro los términos del acuerdo,

los plazos, los poderes concedidos, la forma de pago. En

otro rincón del monte, como el contrapeso de una cinchada

en la que pujan uno y otro, la mujer aferraba el duende a

su seno, mientras los dientes del duende la seguían

desgarrando. Ella manaba sangre y el duende manaba semen

para dar, con el de la tierra, el tono que el pintor

precisaría para su obra.



*



Ambos aguardaron hasta que el oriente comenzara a

aclarecer. Las aves chillaron desde la no esperanza que

proviene de la falta de tiempo de la noche. Sonidos y

cuerpos retornaron a su matrimonio, lentamente y con gesto

fastidiado, resignado y victorioso. Lo libre retornó a la

esclavitud, en la seguridad de las cosas de la casa. El

pintor volvió la vista al dibujo de la arena y se preguntó

si no era igual a las únicas palabras escritas por Jesús.

Pero no quiso preguntar por ellas, que se le hubieran

revelado, porque también comprendía que sólo la noche pudo

barnizar el suyo. Luego montó en su caballo y anduvo,

lento, cargando el cansancio de haber atravesado la vía

láctea.



Cuando los cascos se hundieron en la playa y su cuerpo

buscó lo bajo para volver a sentarse, vio, tendido, el

cuerpo desangrado de la muchacha. Volvió a posar sus pies

en el suelo y la encontró de una hermosa palidez en la que

sólo resaltaban los labios. Estaba tan bella que la besó,

pero ella no podía saberlo porque yacía profundamente

inconsciente. La alzó en sus brazos para descubrir la

lividez que otorga la sangre perdida. Los brazos pendían

como badajos de un campanario. El ding dong se reducía al

frotar de la manga en el vestido, pero era suficiente para

escandalizar la mañana. Y anduvo así, caminando, con el

caballo a sus espaldas hasta la casa, donde ordenó que le

vendaran el pecho y la curaran. La miró por última vez, la

acarició para devolver calor a cada parte de su cuerpo y

se encerró en su cuarto. Mientras ella retornaba a la

vida, él exigía a los dioses primitivos a los que

derrotara Cristo, el cumplimiento de su parte.

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