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Intuiciones / LA PALETA DE FAUSTO O EL MILAGRO DE LA CUEVA. TRES
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

LA PALETA DE FAUSTO O EL MILAGRO DE LA CUEVA. TRES

A la vera de la romería, la muchacha estaba transformada,

y las voces acusaban a su padre de haberla puesto en manos

de un pintor que le robara el alma para lograr su obra.

Dejaba caer el reflejo de su cuerpo sobre la superficie

del arroyo, cuya corriente, lavándole la picardía, la

arrastraba entre las piedras dejándole sólo una tristeza

seca. La imagen zarandeada golpeaba en las piedras llenas

de musgos llenándola de moretones. A sus espaldas, sobre

el espejo arrugado por la brisa, apareció el rostro de su

padre. “Dicen que fue el pintor”, dijo el señor apenado.

Más atrás, la algarabía de los fieles.



Los más instruidos alababan el desprendimiento de un

hombre que había pagado tal obra de devoción con la

felicidad de su hija. Pero esto no podía dejar de llegar a

sus oídos, y mayor fue su espanto cuando descubrió que su

hija se acariciaba el vientre. Ella tomó sus manos entre

las suyas y se juntó a sus piernas llorando. Cuando por la

noche regresó a su casa, vió a su padre sentado en la

sala, solo, esperando. Llevaba entre sus cejas el rictus

de la venganza. La moza fue a buscar vino, que le sirvió

sonriente, aguardando la compensación, cuando el pintor

regresó y se sentó a la mesa. El señor lo contemplaba en

silencio. La niña vio todo con sus propios ojos. Su padre

se puso de pie y caminó decidido hacia la espalda del

artista, a quien le clavó un puñal en la nuca. Luego, la

víctima se volvió para ver como el padre caía, apuñalado

en la nuca. La mujer se echó a llorar junto al cadáver. El

artista se puso de pie y fue a dormir a su cuarto.

La mañana fría acompañó a los deudos en el ascenso al

cementerio. El sol parecía avergonzado del triunfo de las

tinieblas y aceptaba el velo de las nubes que abrazaban el

cerro. La llovizna buscaba los hombros casi convertida en

nieve, llenando el suelo de una sal extensa y resbalosa.

Las primeras tumbas habían sido de adobe y ahora

montículos de tierra con las cruces ladeadas, o de madera

podrida o ausentes como la memoria que se extinguió cuando

los suyos. Ninguna de ellas era más extensa que el

recuerdo, en cambio las de los apellidos, llamadas a

perpetuarse, esgrimían el impotente deseo de la eternidad.



Las de la familia del pintor pertenecían al primer grupo,

y podía esperarse que la madera barata de sus ataúdes ya

hubiera sido vencida por gusanos e insectos, por la misma

presión de los terrones, para que los huesos, llamados a

ser cosas entre las cosas, olvidaran todo signo de dolor.

Luego los caminos que siguen entre piedra y arenisca, de

forma tal que un mausoleo pone su puerta vidriada a la

altura de la cabeza del que sube, o por sobre ella. Como

en ese camino de la Gólgota, subían cargando con los

restos del señor, los vecinos, los empleados, algún

familiar llegado para a ese efecto, la muchacha y el

pintor. Los pueblerinos sospechaban de alguno de los

tejidos que unían la Madonna que había encargado con su

desgracia, en tanto que los primos urbanos pensaban en una

enfermedad incurable cuando la encargó. La confusión

llegaba hasta donde no se atrevían a vincular la daga en

su nuca con la mano del artista que, a decir verdad, nunca

la había tenido.



El luto le sentaba bien a la muchacha, pero no inspiraba

ya escenas marianas, por más que se la pudiera imaginar en

una pasión. El agostamiento de su sonrisa, la inmovilidad

de sus labios, se había extendido a sus compañeros de

algarabía. Pusieron el cajón junto a los de sus abuelos,

cerraron las puertas con el candado y regresaron a la

casa. Pero entre los senderos del cementerio, ella vió

como el pintor se alejaba junto a una silueta baja, que no

había visto entre los dolientes. Los vió discutir y se

acercó, sin saber lo que buscaba, sin conocer el fondo de

sus propios sentimientos. Oculta tras una lápida, oyó que

el otro, que era un monje de sotana marrón, le insistía en

que escupiera sobre la cruz. El pintor sostenía que era

inútil esa escena, que todo eso se correspondía con los

prejuicios que el pueblo, sometido a la evangelización de

la peor manera, y que dibujaba otros miedos, no los de la

sabiduría.



“Si quiere conocer lo profundo del sentido de la

humillación para pintar su concepción, debe participar en

ella”, le dijo el monje, pero la muchacha intuía que lo

estaba engañando y que, tomado de los deseos cristianos

del artista, pretendía conducirlo a la blasfemia. Lo vió

resistir con los argumentos y con los músculos, estar a

punto de ceder y rehacerse, dudar, afirmarse, tenerse de

las hilachas que restaban de una educación piadosa,

imaginar el rostro espantado de su madre, en lágrimas,

pidiéndole de rodillas que no lo hiciera, y al fin no pudo

aguantar su silencio, que era complicidad con el Maligno,

y entró en la discusión, acariciando el rostro del pintor,

diciéndole que todo le iba a ser perdonado, que estaría a

su lado, que no precisaba el consejo subterráneo para

concluir su obra, que posaría para él, lo amaría, le daría

hijos.

Fueron tras los otros hacia la casa, tomados del brazo.

Pero ella sentía la garra que se le aferraba a la carne,

lastimándola. Y en esas heridas podía ver dibujado lo por

venir. Cuando entraron, ella se sentó en un rincón,

tratando de disimular el dolor pero no pudiendo contener

las lágrimas, que los invitados entendieron como de amor

filial. Lo vió beber de cada copa que se le alcanzaba, en

algún momento reír con ebriedad grosera, ignorarla en todo

momento, discutir acaloradamente sobre temas de arte, y al

fin escabullirse para encerrarse en su habitación.

Despidió uno a uno a todos los llegados, los vió partir

hacia la ruta, y al fin golpeó la puerta de su amado, que

estaba cerrada con llave, y tras la que se podía oír el

murmullo de una conversación.



Supo que le incumbía aquello que estaba sucediendo porque,

de alguna manera, estaba unido ya a sus propias entrañas.

No sabía cual era el verdadero alcance de ese vínculo.

Llamó, sin fijarse en la vergüenza que se esparcía en las

miradas y los oídos de la servidumbre, cayendo arrodillada

ante la puerta, implorando, llorando. Tanta fue su

insistencia que al fin el pintor cedió, lleno de furia, y

vio la imagen que no hubiera debido ver, que no hubiera

querido ver. En la tabla, con la triste conmoción del

desesperado, pero sin bosquejar un grito sino quieto en la

congoja, angustiado ante los caminos nuevos que se le

presentaban, estaba el retrato de su padre. Duras

pinceladas le componían los gestos, lo atenazaban a una

incertidumbre póstuma, donde los colores se mezclaban en

manchas superpuestas de rojos, negros, marrones y

amarillos. No era el color de la carne logrado en la

paleta, con la delicadeza del trazo con que había hecho la

Madonna, pero lo expresaba inconfundible.



Carecía de cualquier perspectiva que no fueran los

contrastes de las manchas, las que a la vez se encargaban

de localizar la fuente de la luz y la contracción de los

músculos. Luego el fondo, que era de los mismos colores

que los del cuerpo sin que por ello en ningún punto se

confundieran con la forma. No se trataba más que de

serpenteos del pincel, pero sin embargo estaban esperando

en cada recoveco del camino hacia la muerte, los espantos

que no llegan a adquirir forma, que son una insinuación de

espiritualidad en la superficie de la cosa, en una

superficie que, ni aún le concedía eso, se impedía de

alcanzar formas. En la puerta estaba el pintor, con los

ojos furiosos, apenas si expulsado del éxtasis creativo

por la insistencia de la mujer, violento, acorralado en la

necesidad del mal para protegerse.



*



Estaba el pintor, sucio de tinta en la camisa, con los

cabellos acalorados por haber estado tan cerca de haber

logrado algo, por haber invertido sin la precaución de la

defensa. El cuerpo de un pintor que entonces se puso de

lado para que lo viera: el cadáver de su padre en un

sillón. Tierno a la vez que horroroso. Destejiendo una

baba dura entre sus labios, abrió la boca para pedirle a

la hija que no se le acercara, pero ella, ajena ya, cayó

llorando en su regazo y sintió la mano inerte caer sobre

su cabellera. Por la ventana, la luz de la luna caía sobre

ellos. Ella tuvo la ilusión de que al menos en el momento

de su caída, allí, sería objeto nuevamente, como entonces,

de la inspiración del pintor, y así poder recuperar el

recuerdo de la ironía y de la vida, pero lo vió partir,

sin haber cerrado detrás de si la puerta, y lo supo para

perderse en cantinas, alcohol y mujerzuelas.



Recibía noticias de sus pasos, que acababan con toda la

bodega donde se presentaba, centro de la risa fácil y,

también, de la conversación profunda que sólo en el vaho

de la embriaguez podían seguir sus incultos contertulios.

Una mañana una de ellas, con el moreno del cabello teñido

de rubio sobre la piel oscura, golpeó a su puerta. La

muchacha se resistió a dejarla pasar, pero la otra le tomó

la mano y le explicó que ni una ni otra podían frenar el

camino del artista, que no importaban ya los cuerpos sino

las almas que cargaba en su mochila, y que, a pesar de

ello, contra ello, sobre ello, sólo se justificaba la

victoria de lo tenebroso si alcanzaba a terminar su obra,

por la que miles de fieles se volcarían a la comprensión

de la llegada de Dios al mundo.



Se sentaron en la sala, donde la otra le relató las horas

del amado. No había perversión en sus palabras, sino

intento de alejarla, de salvarla, y aún así, ahorraba lo

más bajo. La muchacha se derrumbó, consciente de haber

sido sólo el primer escalón del descenso a los infiernos,

y vió como esa mujer entraba al cuarto, sintió el ruido de

las camisas puestas en la valija, la imaginó recogiendo

pinceles y pinturas, y la vió salir, sin despedirse. La

vió por la ventana alejarse para no volver a conocerla,

como las figuras de un baile de carnaval, y se sintió en

el centro del dolor más arraigado del universo. Huérfana,

tal vez también viuda. Supo del único camino que, pensaba,

podía transitar, y se puso de pie, con sus últimas fuerzas.



*



Pisó todos los espinos de la huella hasta ensangrentar el

pie en las medias que se endurecían húmedas. Cayó, se

levantó y anduvo. El sol le lastimaba el cuerpo, el

agotaba el ánimo hasta que vió en lo alto la construcción

del oratorio. En su puerta, afiebrada, vió las tallas de

una historia macabra, la del hombre. Hacia lo alto en la

madera, estaba tallado el momento de los latigazos en la

espalda de Cristo, más abajo, la corona dañina haciéndole

manar sangre de la sien. Luego el recuerdo de los cántaros

que fueron agua y se hicieron vino, las piedras hechas

panes, un pez multiplicado, la expulsión de los

mercaderes, un niño enseñando en la puerta del templo. Ni

una sola cruz en ningún otro lado que en el dintel

superior, sobre una corona de nubes y de ángeles, y, junto

al suelo, pero en clara terminación de la obra, la Virgen

con las manos levantadas, teniendo en ellas las de un

ángel estilizado, que era, como los dioses egipcios, tanto

persona como paloma, levitando y proyectando sobre ella,

en una veta negra de la madera, su sombra.



Con lo que quedaba de si empujó la puerta para dejar salir

al cerro la queja dolorosa de los santos. Todos los

martirios, todas las horas de duda y de casi perdida

esperanza, todas las castidades contenidas, el olor y el

humor de cuerpos malogrados porque habían entendido que

ser de Dios era negar la carne. Sobre el altar, el cuadro

en el que María tenía su rostro. Llegó hasta él

arrodillada con la firme decisión de destruirlo, pero allí

cayó exhausta, desmayada a sus pies, y una lágrima en la

imagen desdibujó el trazo de la pintura. Un líquido breve

para un daño breve.

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