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Intuiciones / LA PALETA DE FAUSTO O EL MILAGRO DE LA CUEVA. DOS
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

LA PALETA DE FAUSTO O EL MILAGRO DE LA CUEVA. DOS

¡Oh, pintor! ¡Ya has cobrado! Treinta monedas quedan en la

mesa y en la calle, junto a la algarabía que estalla entre

las nubes, la romería lleva en andas la imagen al

oratorio. Marcha la procesión por un sendero que pronto

bordeará el barranco, y en una encrucijada se detendrán

porque la cruz se dibuja en todas partes, en una rama que

pende sobre un tronco más lejano, en el cuerpo de un

cordero falsamente cortado por la torre de la iglesia. El

pintor los ve de lejos porque debe descender al seno de la

tierra. Oye la música que sube como un vaho desde el suelo

y se derrite en barro y se filtra.



Siente que debe recordar las letras que lo recompondrán y,

por el contrario, evitar la nada es su condena. Aferrado a

la palabra como un talismán o un crucifijo, cuando el

error no radica en el símbolo sino en tenerlo como una

salvación atado a la mano. Cada vista es una revelación, y

la impotencia por salir del infierno radica en la memoria,

no en la perennidad de las llamas. Allí, en el fuego, que

es la sustancia primordial, todos los ídolos exiliados por

Jesús, en cuyos rostros se esculpió a fuerza de yunque el

rostro macabro y rojo. Los genios elementales condenados

porque Cristo precisaba Diablos que lo tienten, y en los

que, en compensación por el lugar al que se los destinaba,

les había dejado la sabiduría.



Bajo un molle que ardía aceitoso, un hombre leía entre

risas. El pintor quiso saber de esa jocosidad infernal, y

el hombre le dijo que reía de la soberbia de los hombres:

llaman pecado al error, creyendo que conocen el fondo de

las leyes. ¿Qué puede saber un mortal de aquello que le es

grato a Dios? Si al menos se conformaran en demostrar su

inocencia en base a su buena voluntad y decirle: te hemos

ofrecido los platos que creímos los mejores, ignorando por

completo cuales son los gustos celestiales. Pero,

conociendo que hay diferencia entre el bien el mal,

suponen saber qué le corresponde cada uno como un mono con

un libro entre las manos. Siglos hace que leo sus

doctrinas y mi condena es tener que reír de sus torpezas.



¿Y cual es la causa de su condena?, quiso saber el pintor,

y el otro le respondió groseramente: ¿cómo podría saberlo,

imbécil? Fui bailarín que ofrendaba coreografías a una

deidad. ¿Estoy aquí porque ese dios fue vencido? ¿O acaso

porque erré en un paso, de entre las centenas que

componían mi veneración? Mañana puede ser vencido Cristo y

todos los que lo adoraron caer en el mismo sitio que yo, y

reír con el corazón partido de todo aquello que creyeron

cierto y no lo era. O puede pasarle como a Satanás, que

quiso darle la gloria que como Mesías merecía, y por ello

recibir todas las burlas de los sabios.



¿Aquellos?, siguió el hombre del libro andando por

delgadas pasarelas. La elección es caprichosa. Sócrates,

que fuera condenado a beber la cicuta por hacer que la

juventud olvidara a los dioses de su patria, hoy vive

junto a los profetas de los que también se hubiera

burlado. Por menos que sus palabras otros fueron echados a

la hoguera. Y, sin embargo, aquí sufren los piadosos, los

que alabaron a los dioses y cuyo pecado fue que no

tuvieron a su alcance los nombres que para nombrarlo

admite el papa. ¿Cómo pronunciarían Buda y Lao Tse el

nombre de Jesucristo? JE-SU-CRIS-TO, y eso sería una

herejía. ¿Cómo podía imaginar un asirio que Belcebú

terminaría por encabezar las tropas caídas en desgracia?

Los ateos de ayer son los santos de hoy, sólo es una

cuestión de tiempo, no de fe.



Algunos dicen que viven en un limbo a la espera del

regreso definitivo del Señor. ¿Eso dicen de nosotros?

¿Rezan en los templos por la salvación de los paganos

muertos? Tan acostumbrados están a dar limosna que no

pueden descender del caballo de su soberbia. Cuando un

pastor llamado Hesíodo vió a las diosas bailarinas, le

dijeron que los dioses tienen tanto el poder de mentir

como de decir la verdad. ¿Qué podía hacer el hombre? Copió

para la posteridad los nombres que se le revelaran, los

parentescos del Olimpo. ¡Véalo ahora! Repite uno a uno

los nombres que, inocente, les creyera a las Musas, y a

cada error cae una gota de hierro candente en sus manos,

que nunca se consumen, y oye decir:



“Hay un solo Dios que es tres: el Padre, el Hijo y el

Espíritu Santo”, pero no puede repetir su nombre porque su

lengua no está habituada al latín, y debe seguir

sufriendo. Y aún los que saben la verdad son condenados.

Vea allí a quien sigue reuniendo a los suyos para festejar

el aniversario del nacimiento de Jesús sin saber que Roma

impuso que la Navidad cayera para las fiestas de Saturno.

Cada vez que arma el pesebre, la paja arde, se quema su

hacienda, sus hijos y su mujer perecen en las llamas, y

sigue creyendo que aún gobierna el emperador de los

paganos y que se lo persigue por cristiano. Y, más allá,

Atahualpa que espera que el libro le hable, y con sincera

convicción le dice: dime lo que los curas dijeron que

debías decir y yo lo creeré. Y eso es tomado por su

herejía.

Yo quiero pintar a la Virgen tal como fue. El hombre que

reía del libro lo miró con compasión. Vaya buscando el

sitio en el que ha de sufrir como nosotros. Nadie es

salvado por saber lo que sucedió, sino por aceptar lo que

se dice. ¿De qué puede servirle la verdad? Quiero que en

los ojos de mi Madonna se refleje la humillación por la

que, en el canto del Magnificat, le dice a su prima que

fue elegida por Dios. Vanidad de vanidades, todo es

vanidad, le respondió el condenado. Sólo puede verla con

la ayuda del Maligno, del mismo modo en que el doctor

Fausto pudo conocer a Helena.



Y frente a él había un hombre cuyo traje de catedrático le

quedaba chico, como si su cuerpo hubiera crecido desde su

muerte. La manga se le atoraba en el brazo, el cuello de

la capa lo ahorcaba. Quise conocer a la belleza por la que

fuera destruida Troya y por la que los ejércitos griegos

sufrieron tantos años de pelea. La hermana de

Clitemnestra, por quien Electra, Ifigenia y Orestes

sufrieron su cruel destino, la cuñada de Agamenón, por

quien ignoró el descanso del guerrero. Quise estar cerca

de ese agraciado cuerpo, y en ello creí haber pagado un

justo precio con mi alma, cuando usted quiere tener frente

a sus bocetos a una mujer aún mayor: aquella que parió de

su vientre al Salvador, aquella que el Invisible eligió

como madre de su Hijo, y en cuyo nombre se divide el

tiempo de los hombres. ¿Cuál no va a ser su condena?



Quiero que los hombres sepan cual es la gracia que

conquista a su Dios. ¿Y acaso, preguntó Fausto, no lo

diría El si lo quisiera? Podrían los hombres ser mejores,

conocer el sentido con que juzga la justicia. Un pecado

misericordioso al fin de cuentas, dijo Fausto. ¿Qué cree

que harán los hombres con semejante sabiduría? He llegado

a saber que el saber, como el vino, no son la causa del

pecado, que el mal somos nosotros, que pocas veces

hacemos lo correcto con lo que tenemos. Ya decía el hombre

que lee y ríe que el problema es que no sabemos qué es lo

correcto. Y le respondió Fausto: el problema es que no hay

tal cosa como correcto o incorrecto, el problema es que la

justicia se dibuja como lo opuesto a nuestros actos. ¿No

hay salvación? No la hay, le respondió Juan Fausto, y no

crea que pienso así por la incomodidad de la ropa, que me

da un eterno pesar.



Puede alcanzar a saber cómo están hecho los astros y la

causa por la que giran, la fuerza que impulsa al tallo

para convertirse en flor y en fruto, por la que cantara el

poeta galés, y que del mismo modo nos lleva de la lozanía

a la vejez, y que por otra parte ya la dejó escrita Platón

dicha por boca de Timeo, y sin embargo ser tan desgraciado

como el más sucio de los miserables. Puede saciar sus

inquietudes y aún volcarlas con la generosidad de un

santo, y aún así no ser grato a los designios del Señor y

perecer. Y puede recitar en las plazas el texto de los

Evangelios más antiguos, sin por ello llegar a descansar

en la paz de la promesa.



Le podría recomendar retroceder, como se me ha dicho a mi

antes de dar el paso, pero siempre queda el sabor ácido de

la manzana en el paladar cuando se la ha mordido, y nunca

sabremos ya cual es el camino que nos regresa porque el

hogar se ha destruido. Dios parece complacerse en esperar

nuestro error, y siempre es tarde, siempre es tarde, y el

pintor anduvo tres días más conociendo los infiernos,

mientras sobre el suelo, en las puertas del oratorio, los

fieles encendían velas a los pies del cuadro que había

pintado con la Virgen y el Niño.

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