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Intuiciones / LA PALETA DE FAUSTO O EL MILAGRO DE LA CUEVA. UNO
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

LA PALETA DE FAUSTO O EL MILAGRO DE LA CUEVA. UNO

La muchacha lo había inquietado con sus gruesas cejas no

exentas de ironía, los ojos grandes, negros, los brazos

desnudos que partían de hombros altos. El vestido se

ceñía, floreado, a su cuerpo, sosteniendo senos de madre

aunque fuera casi niña, y cadera ancha, cómoda. Le había

dado trabajo pintar una boca que no se resignaba a la

quietud, aunque estuviera inmóvil. Cuando posó, pensó que

era una impostura, pero ¿cuánto tiempo podría sostenerla?

Contenía una risa que prometía ser obscena, y también el

coqueteo de un beso que se retenía entre las manos como

una paloma que no ha de volar. Los cabellos largos,

negros, brillosos, daban dos vueltas a sus espaldas,

apenas sostenidos sin trenzar, para caer por sobre uno de

sus hombros sobre el pecho. Las manos caían sobre su

falda, cómodas, y el cuello se desplegaba elegante.



Trazó sus círculos en la tabla y notó que era

matemáticamente voluptuosa. Luego los acarició con el

pincel embebido dándole volumen. Su cuerpo se reducía a

manchas que con el juego de las luces recuperaban el

tamaño, y el milagro del engaño volvía a producirse. Una

escala de fantasías se superponían volviendo profundidad

el plano, y de aquella una virgen, que podía serlo, debía

serlo, pero no lo aparentaba. Le pidió que pusiera el

gesto de tener un bebé en los brazos. No era el justo, y

se acercó para tomarle la muñeca y acomodar el cuenco que

debía reposar sobre su pecho. Retuvo el tacto de su piel,

como si intentara reproducirlo en la pintura. Sus ojos no

habían dejado de mirarlo fijo, perdiendo por un instante

la potencia de la risa. Y no hubo otro, porque

inmediatamente recuperó el dominio.



El pintor prefirió beber de la taza de té que le habían

alcanzado. Miraba el dibujo, no a la hembra, pero el

reemplazo volvía más rotunda la lascivia. Luego subió otro

peldaño de la mimesis, se comprendió deseando a la Virgen

y en el centro del pecado. Algo había hecho mal. Debía

rebajarle volumen a su Madonna sin por ello negar que

fuera la modelo, porque quien le pagaba así lo había

querido. Tenía que ser su hija y a la vez María, y pensó

en encontrarle otra explicación a la humillación de la

hebrea. Eran caminos peligrosos. Podía abstraerla de

humanidad dorando los fondos, limando los contornos,

quitándole cuerpo. Estaba sentado frente a su obra, con la

palma de la mano sobre la boca, cuando comprendió que ella

esperaba, ¿qué? Una mirada, y pensó que pudo haber sido

ella misma la que le sugirió a su padre ser modelo de la

Señora que donaría a la capilla.



No haberla mirado sino al cuadro inacabado era la

humillación de la esclava en la que había puesto sus ojos

el Señor. Dios mira sin ver, ausente de deseo, se dijo el

pintor. Es como el patrón que ve unos muslos de lavandera

junto al arroyo, baja de su caballo y la posee para

olvidarla. La inmensa felicidad de la bienaventurada era

haber sido amada por el infinito, quien es incapaz del

cariño. Arrugó la falda repasando el pincel, y ese punto

fue el único acabado hasta el momento. Retrocedió y

procuró que las arrugas fueran lo más exacto de su

representación. Allí había estado Dios sin haber estado.

Era el misterio del Espíritu Santo, donde debía residir

una potencia de carne para que encarne el Hijo. ¿O acaso

toda la encarnadura le correspondía a ella? Si El era puro

espíritu, ella era pura carne.



Cerró los ojos y sintió el peso de su oficio, y la

insistencia de ella por dejar de ser ignorada. Pero

trabajó en ese punto, tenía que sentir en sus pupilas la

sombra de la humillación. No iba sino a reflejarse en la

venganza que impediría, no ya el amor ni el beso, sino ese

cosquilleo de mirar y ser mirada. Se le volvió hielo ante

sus ojos, pero un hielo perfumado, y, más exactamente, un

hielo hediondo. Quiso creer que esas eran las maravillas

que el Señor había hecho en ella, pero no en la María que

llegaría a recibir a su hijo en la pasión, sino de la que

se prorrogaría con majestad sobre los tiempos. La miró,

entonces, como quien exige ternura. Hacía tiempo que lo

que quería era poder representarse a la María hebrea, no a

la romana.

Ella se puso de pie y tomó su manta para salir. No lo

había saludado para reducirlo de artista en vasallo de su

padre. Luego oyó las risas que llegaban por la ventana

desde el jardín, y pensó que necesitaba demostrarle su

desprecio. No lo ignoraba, eso era todo. Había sentido

todo el proceso que en su cuerpo la remontaba a esa hora

exacta del año cero, la hora de la concepción. Lamentó no

tener el dato del momento en que Dios se hizo hombre. ¿Fue

de día o de noche? En el segundo caso tenía la opción de

cometer infidelidad con el secreto, y decirlo con el

firmamento sobre el hombro de la mujer. Pero si era de

día, se debía reducir a un círculo que siempre retorna, un

día igual al otro en anónima monotonía. ¿Había sido

engendrado una vez y para siempre, dividiendo los ciclos

de forma imperturbable, o era una constante gestación, un

siempre?



No quería dar un paso más en su Madonna sin haber resuelto

ese problema, y no podía porque la muchachada en el jardín

reía alegre, coqueteaba para que los oyera felices en

tanto que él, el pintor, se resolvía entre los grandes

misterios del universo. Recordó una idea del génesis

envuelto en suave penumbra, porque se veía aunque aún no

estuviera hecho el sol, porque no había sido aún separada

la luz de la oscuridad. Pero el otro momento no era, en

cambio, virginal. Cuando Jesús fue concebido ya existían

la tierra y el pecado. Ya se había ensuciado la creación,

no sólo con la sangre de Abel, sino, y sobre todo, con el

olvido en el que caían los muchos. Era el estruendo del

estallido de Adán en las generaciones el que había

obligado a Dios a elegir a un pueblo, y dentro de ese

pueblo a una familia, y en ella, con más precisión, uno de

los tantos senderos de la multiplicidad para poder

retornar a lo Uno.



Había desechado todos los Evangelios de la infancia de

María, porque en ellos, lo decían sus autores, se habían

sobreentendido los milagros manifiestos, no podía haber

ocurrido fuera de la fanfarria milagrera. Pero pensaba que

debió ser de otro modo. Ana y Joaquín, los abuelos de

Jesús, reescribían el pesar de Sara y Abraham, la

esterilidad, la espera del hijo en la vejez, la ausencia

de Dios y el reclamo de Dios hasta que en el ocaso, cuando

las sombras caen sobre la vida, saber que todo había sido

luz y ellos los ciegos. Ana y Joaquín, y decidió aceptar

la cena a que lo invitaba el patrón para comprenderlo.



*



La mesa larga, al fondo el hombre satisfecho. Era la

negación de Joaquín, a quien los sacerdotes le prohibieron

ofrecer el sacrificio. El pintor tomó la copa de vino y

pensó en el juego de espejos que le ofrecía la divinidad.

Para Moisés, Dios es el que es, la palabra de las leyes,

el reclamo de una esclavitud en la que el amo es lo

perfecto y no esos ídolos que se enredan con aves o

ganado. Para expresarse no como infinito sino como un

hombre con las horas contadas, debía representarse en su

contrario, el Cristo por el Anticristo, el rey por el

humilde. Los cuarenta días de ayuno podían alcanzarse por

un tiempo igual de comilona. Joaquín, el despreciado,

podía encarnar en el patrón.



La vio entrar. Tenía en su rostro la relajación de haber

reído (¿sólo de haber reído?) y lo mostraba con impudicia.

El Diablo había creído en la majestad divina, ese fue su

pecado, y le ofreció lo que le pertenecía a un rey. Pero

Cristo, en el mayor de los desprecios, lo rechazó

todo. “He venido a ser hombre”. Sólo un ángel condenado a

lacerarlo comprende los misterios de la teología, Jesús

engendra a Judas. Ella tenía los ojos relampagueantes por

el vino y se asomaba a la mesa como quien lo hace a un

balcón, dejando ver sus pechos por sobre el escote del

vestido y hablando dicharachera. Pero cuando el pintor

intentaba responderle, como en una pesadilla, comprendía

que no era su interlocutor.



Dios había llevado a los hombres a una trampa sin salida.

Ser pobres para ganar el reino de los cielos. Ser

ignorantes para comprender, la misma prohibición que

aquella de la manzana. ¿Quieres a un rey? Busca a un

mendigo. No lo verás donde lo mires sino donde no está.

Comprendía en toda su extensión la fe iconoclasta. Pronto

los hombres creerían que en la limosna se agota la

posibilidad del bien, y entonces, ¿no descendería entre

las nubes para mostrarse en su nobleza? ¿Dónde mirar? ¿Era

acaso la explicación de la invisibilidad de Dios? Y como

ella, la carne se le presentó en el plato, y en lo rojo

abierto por el cuchillo del cocinero vió los estigmas, los

latigazos, la herida de la lanza, y en el condimento vio

la herida siempre abierta por el pecado.



Y ella, con sus manos delicadas, las que habían reposado

sobre su falda, las que habían sostenido el vacío de Niño

sobre sus pechos, con cuchillo y tenedor de plata, como un

sacerdote que ofrece la hostia que es la carne del Señor,

lo trozaba y lo llevaba a su boca para abrir el beso y

abrir la risa y masticarlo, y El siempre decía, deshecho

sobre el plato, como cuando gastaron la limosna en aceite

perfumado para lavarle los pies con sus cabellos: déjala,

sabe lo que hace. Ella había sido perdonada por entender

su realeza, y a ellos, que lo habían condenado:

perdónalos, lo ignoran, ven donde no hay.



Pensó que, pero de alguna forma menos grosera, su Madonna

debía estar comiendo carne. Prefirió el vino y lo acabó,

dejando en el borde del cristal la gota negra. Cuando

volvían a llenarlo, siempre a llenarlo como en Canaán, el

primer milagro de Jesús adulto, sintió que chorreaba sobre

la copa el empeine herido del Señor, lo vio, pendiente

sobre la mesa, para que pronto se alejara al crucifijo

colgado en la pared y lo mirara conteniendo la sonrisa,

conteniendo el beso, el tensión estática, como ella ante

su tela. Se tomó la cara, debió haber gritado porque llamó

la atención de todos los comensales, ebrios como monjes

díscolos, y para demostrarles que compartía su sacro

pecado, que no se creía superior a ellos, negó con la

cabeza, sonriente, trozó la carne y se la llevó a la boca.

Pero ya estaba en brazos del insomnio. Afiebrado,

excitado. Sentía imposibles risas de la muchachada, las de

la boca de ella, desatada, y se acercó a la tela. No era

posible, nada era posible, como la magia de volver un

plano en cuerpo, y sin embargo, como un llamado de la

alquimia, como la revelación de la cábala, sobre el hombro

trazado en carbonilla, en el marco de la ventana, una

conjugación de estrellas, y la intuición de que se trataba

de ellas. Las pléyades, siete machos cabríos en gesto de

lujuria, y cada uno de ellos con la daga en el cuello, el

filo que llevara Abraham para sacrificar a su hijo.

Titilaban de dolor, siempre titilaban. Nunca estuvieron

tan claros en su razón nebulosa, cuando un velo cayó y los

ensombreció de luz.



Se acercó a la ventana para comprenderlo, y era la luna

que dejaba pender su enagua sobre toda la extensión de lo

negro, y sintió que la brisa que le golpeaba el rostro

también mecía la claridad. Una encinta luna llena. Dios no

iba a llegar sin un parto ni partir sin el dolor. María,

Elías, otros, ascenderían en cuerpo hacia el firmamento,

no Jesús. Y en el sudario de los ojos de la luna, los

cabritos se veían ya con precisión. Un instante no

estuvieron, para luego ser la mueca de si mismos, la

negación de la muerte. ¿Ese había sido el horóscopo de

Dios? Pero también era otra cosa, y lo sabía bien. Hay un

solo camino para el conocimiento, exceptuando la humildad,

que es sapiencia ignorante.



Buscó entre las sombras del jardín y reconoció su silueta.

Cuando salió, la sombra siguió hasta la playa y en la

arena, junto al río, huellas pequeñas, como de niña. La

buscó, ya había luna plena, y la encontró atrapada entre

las ramas espinosas de un arbusto, queriendo huir y no

pudiendo. Para liberarla, las manos del pintor encontraron

su cintura y ella lanzó un grito de horror. Ella intentó

correr y cayó tendida en el suelo como si sus pies

estuvieran enlazados. Lo miraba con espanto. Confundido,

el pintor le dio tiempo a que se fuera. Ella se puso de

pie y fue tanta la soberbia con que lo reconocía que no

pudo menos que tomar un palo y pegarle en las costillas.

Ella volvió a caer y él ya no tuvo piedad, porque

comprendía el juego.



*



Quedaron echados uno junto al otro. El precio del alma es

anterior al pacto. Ya no cabe inocencia cuando se conoce

el engaño de la imagen. Ese era el pecado de la

representación. Ella le besaba el hombro con labios que

habían retornado a la vida entumecidos, y creyó escuchar

un coro que le decía, desde el bosque: nosotros no la

hemos tocado, sólo reímos a su lado. Y por la mañana

estaba sentada frente al caballete, vencida. No puso las

pléyades sino en su corona, y una de ella, caída, brillaba

en el blanco de sus ojos. No quiso nada de irreal en la

representación de su Madonna, ni luz preternatural, ni

símbolos que desoculten los secretos. Y cuando el padre

entró a su cuarto, que hedía a pintura y sangre, la miró

extasiado en la tabla del pintor. No miró a su hija y ella

bajó la vista.

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