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Intuiciones / TRES MILAGROS. CONSUELO VALLISTO.
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

TRES MILAGROS. CONSUELO VALLISTO.

Era el tiempo de la guerra,

dicen que en Punta Corral,

y si no fue de este modo

parecidito será.

Se había vuelto necesario proveerse porque las ferias eran

puro viento y frío, pero cuando desde la curva vio el

almacén en lo bajo, también vio a lo lejos la tropa que se

acercaba. Lo abrazó el miedo de perderlo todo, y también el

ansia de andar el mundo. Los vio cercar la casa y a dos que

se escapaban por debajo del churqui.



- Si me han de alzar, que me busquen en mi tenencia, pues, -

se dijo y volvió el andar por sobre sus propios pasos.



Llegaría sin la mercadería, pero la guerra hacía temer que

no pudiera regresar. Dos veces escuchó galopes que lo

seguían, otra vez fue un sayal que anunciaba a alguien

andando por el borde de la acequia. La cuarta fue una mujer

sentada sobre una piedra en el abra.



Ella se volvió para verlo llegar, dejando que sus cabellos

flamearan con el viento, y el ocaso recortó su silueta

contra el cielo. La vio con deseo y temor, pero su cercanía

le otorgó la calma que sólo puede brindar una madre, y oyó

una voz que decía que la había elegido para que diera a luz

a su hijo, Jesucristo. Se arrodilló a sus pies, y la mujer

le sonrió.



- Volveré mañana para que puedas llevarme y estar siempre

contigo, - le dijo.



El hombre sintió en su pecho la plenitud del consuelo. Ya

sabía que matando o muriendo en la batalla, con los suyos

creciendo entre las chacras, junto a los animales de su

tenencia, en los brazos de su mujer, cual fuera su destino,

ese era el plan de Dios.



Regresó a su casa con las alforjas vacías pero con una

esperanza por concretarse al otro día. Velaron toda la

noche, rezando y prendiendo velas a la Virgen del oratorio,

y al fin vieron al sol rayar por sobre el muro de tierra.



Aún en los momentos en que el viento hacía pensar en la

llegada de las tropas, cuando el miedo enturbiaba la fe, no

dejaron de tener por cierto lo que acontecería, como si ese

futuro ya hubiera pasado y lo pudieran ver.



Cantó el gallo, y el hombre se puso de pie para buscarla. Al

llegar, no vio su cuerpo sino una piedra triangular, cuyos

lados hacían pensar en las faldas de María. La alzó en su

chuspa y regresó. Nadie dudó que se tratara de la madre de

Jesús.



Bajaron al pueblo para presentarla al cura, y el camino era

una inocente alegría. Vieron el valle hundido en las

profundidades, fumaron y coquearon y se les hizo cálida la

cúpula de que se erguía en la otra banda. El viento

zarandeaba la descolorida cabellera de las cortaderas.



Entraron al templo andando arrodillados hasta el altar,

donde los atendió el padrecito. El hombre se sentó en la

grada para sacar de la chuspa el pañuelo que protegía la

piedra. El brillo de su blancura asustó al sacerdote, porque

podía ser tentación del demonio.



¿Porqué esa piedra? ¿Porqué una piedra? Pero no quiso

contradecir la fe de los campesinos, la tomó con cuidado y

la puso en una mesa. Les pidió que volvieran al otro día,

iban a dar testimonio ante el juez.



Rezó pidiendo una señal que lo iluminara. Nada interrumpió

el silencio de la noche ni de sus oraciones hasta el alba,

cuando por las ventanas entraron los primeros rayos del sol.

Hacía frío.



Cuando salió, ya lo esperaban los campesinos, vestidos con

rojos, amarillos, verdes y azules en polleras y rebozos, y

pareciéndole fuego, el cura temió. Había en ellos algo que

le era inalcanzable.



Caminaron sin hablar hasta golpear la puerta grande de

madera, donde los atendió la indiecita que corrió a

anunciarlos. Declaró los hechos como los recordaba,

levantando la vista hacia la mirada del sacerdote, que tenía

los ojos cerrados en oración.



El juez le preguntó de donde venía, y el hombre se lo

repitió. Le ordenó esperar afuera, donde los suyos lo vieron

regresar con el gesto confundido, porque por primera vez

pensó que la aparición le podía traer problemas.



- Viene de donde ha estado la patrulla alzando tropa. No nos

va a engañar con esa piedra, pues. Es un desertor, - le dijo

el juez al sacerdote y mandó que prendieran al campesino.



Lo tomaron de los brazos para llevarlo al destacamento, y se

dejó llevar. Cayó de bruces en un calabozo oscuro. Se apoyó

en la pared y escuchó que tras la puerta lloraban su mujer y

sus hijos.



- ¿Para hacernos sufrir te has venido, pues?, - le preguntó

a la Virgen, pero en el corazón sabía que no iban a terminar

así las cosas.



Para el cura, que fuera desertor era mejor milagrero, porque

podía olvidar el caso, pero cuando volvió a ver la piedra se

le hizo patente lo que estaba pensando: había visto los

pasajes del encarcelamiento de Jesús. Se aseguró de que la

familia del reo recibiera comida, y cuando regresó a la

iglesia, la piedra ya no estaba.



Le preguntó al Crucificado por el significado de esos

hechos. Pensó que una presencia mariana encarnada en piedra,

no le pertenecía al templo sino al andar de los cerros.



Pensó en la poca fe que les quedaba, y en la ofrenda de fe

del campesino, llamada a convertirse en la fe de todo un

pueblo. ¿Podía imaginar la veneración de los sikuris y miles

de peregrinos por ese andar solitario?



El cura fue a hablar con el juez para referirle los hechos y

pedirle que lo dejara libre, porque sabía que la piedra

había regresado al abra. Y allí la encontró el campesino,

una vez que estuvo de regreso.

La historia siguió rodando,

el tiempo la cobijó,

aún se sube a los cerros

para hacer la procesión.

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