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Intuiciones / TRES MILAGROS. REVELACIÓN PUNEÑA.
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

TRES MILAGROS. REVELACIÓN PUNEÑA.

Como un Coquena sangrando,

como un pastor, vea usted,

le apareció a Secundina

lo que aquí les contaré.

Dos años después, nacía una niña, segunda hija natural,

luego casada con un pastor salteño. A los 45 años sufría mal

de corazón, tenía manchas en los ojos y sueños de varias

clases las más extravagantes. Era criadora de ovejas y no

había tenido otras apariciones milagrosas.



Pastoreaba por la tarde cuando se le apareció un hombrecito.

Vestía picote amarillo, pantalones hasta media pierna,

camisa blanca de algodón, gorra blanca y llevaba los pies

descalzos. Era blanquito y alegre. Dijo venir del cielo, y

su cuerpo manaba sangre viva de las rodillas hasta los pies.



- Nunca ha mentido, pues, - dijo el pastor con el sombrero

en la mano. – Es de mucha religión y piedad, aunque sufre

malos sueños y tiene nubes en los ojos. Se fue a pastorear y

le apareció el niño que sangraba.



- Era como de vara y media de alto, pues, - lo describió la

mujer. – Me da la mano, hija, dice, bajé del cielo por

ustedes, pues.



- Vengo del cielo porque no escuchan, - dijo el hombrecito.

– Trabajan los días de fiesta, pero no sabrán trabajar desde

el viernes hasta el lunes a los gallos.



- ¿Dónde está tu marido?, - preguntó después. - Trabajando y

sus hijos en la casa, comiendo, coquiando, tomando. No hacen

caso, pues.



- Me ha dicho que no nos lo hacen a nosotros sino a él, y

que rogamos a los que tienen en vez de rogarle, - siguió

contando la mujer.



- ¿Quién era ese niño, pues?, - quiso saber el juez.



- Como cristiana creo que sería nuestro Señor Jesucristo, -

declaró la mujer y regresó a su casa.



Dos semanas después, en el mismo sitio, le apareció un

crucifijo como de dos centímetros de largo.



- El vestido era de chaguar, con una bufandita blanca al

cuello. Sobre la cabeza llevaba un quitasol y era blanco y

por las pantorrillas vertía sangre y de las manos, y estaba

descalzo, pues. Nunca le´i visto ni conozco a quien pueda

pertenecer, era como de oro, envuelto en algodón en un

custodio de madera con vidrio al frente, dentro de otro de

madera más grande. No parece haber sufrido.



Llegó el día sábado, a media mañana, cuando el patrón los

vio sentados junto a la casa. Los descubrió con sorpresa y

lo recibieron con temor. El hombre se sacó el sombrero, se

puso de pie, y le dijo al patrón, que iba montado:



- Vea, don. Fue nuestro Señor Jesucristo quien nos mandó

descansar, pues.



- ¿Hasta cuando les dijo que descansaran?



- Hasta el aclarecer del lunes, pues.



- Lindo Cristo se han echado. Me ha dicho el juez que era un

niño.



- Niño era, y dijo lo que estaba haciendo yo y lo que

estaban haciendo mis hijos, pues.



- Diablo era si enseña que no hay que trabajar, ¡haraganes!

No hagan caso de ese duende y vayan a pastorear, pues.



El hombre y la mujer no supieron qué responderle y se

pusieron de pie y soltaron las ovejas. Y, al andar, la mujer

decía:



- Perdónalo, Señor, no sabe lo que hace.

A quien rezan los patrones,

ese Cristo no ha de ser,

el que viviera fue pobre

y los iba a comprender.

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