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Intuiciones / TRES MILAGROS. LA IMAGEN Y LA FE.
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

TRES MILAGROS. LA IMAGEN Y LA FE.

Este cuento que les digo

sucedió y en Cuchillaco,

la imagen de ese santero

aún se sigue venerando.

Una señora subía al cerro para pedirle salud a la Virgen,

pero la enfermedad le impidió completar la promesa. Sufría

de no poder hacerlo, pensando que sus dolores le venían del

pecado. Sus hijos vieron la fe que tenía, y le obsequiaron

una estampa de la Virgen de Copacabana.



Una mañana llegó un santero a casa de la señora enferma, y

le ofreció hacerle una réplica. Trabajó todo el día bajo un

árbol, buscando el rostro y las manos de María en las vetas

de la madera. Le pintó los cabellos y delineó el rostro con

un pincel. La recubrió de un material como de piedra, y

partió para la oración.



Había tomado de su matecito y comido de su bollo, sentado

con ellos, en silencio, sobre un tronco. Antes de irse,

recibió el avio para el camino y el salario. No tenía

aureola de santo ni alas de ángel, era bajo y moreno, de

hablar poco, pero con la imagen que hizo dijo mucho.



La Virgen era bella, pequeña, algo morena, digna y a la vez

humilde. No más grande que una muñeca, pero enorme en su

significado. Llevaba los ojos asombrados, porque así como

son milagros las cosas del cielo en la tierra, así les

sorprende en los cielos la poca fe de los hombres.



Tenía la espalda erguida como la tiene el cerro, y como él,

siempre quietecita, siempre tranquila, como si dijera así

cosas sobre las preocupaciones que nos aquejan. Uno sabía

que sufría por la suerte que había corrido su hijo entre los

hombres, pero era, al mismo tiempo, un manantial de consuelo.



La señora se lo contó a los vecinos, pero no habían visto a

nadie que se acercara a la casa, y ella se preguntaba quien

sería ese santero y de donde habrá venido para que nadie lo

vea. ¿Porqué había ido a su casa si ella no había completado

los tres años de la promesa con la Virgen?



¿Acaso se le ofrecía un milagro también al que no cumplía?

¿O era que quería escuchar la adoración de sikuris también

en esos cerros, verlos andar en misachico y detenerse a

rezar en los calvarios?



- Sin mercerlo me has dado, pues, - dijo la señora cuando

concluyó que era obra de Dios, y se curó.

Este es el nuevo remate

para el Abra de la Cruz,

que los cuentos de mi tierra

sigan arrojando luz.

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