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Intuiciones / PARRICIDIO.
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

PARRICIDIO.

Al comprender que el padre es humano,

preferimos matarlo a juzgarlo.

Es un acto de amor, no es odio.

Los dioses griegos,

que se privaban de muy poco,

no evitaron este vicio,

obra, quizás, del tiempo.

La discusión había sido tensa porque, lo sabían, tenían en

sus manos el futuro de la patria, ni más ni menos, y porque

era el fruto que venía madurando, desde que fuera dado de

baja, dieciocho años ya, y la patria fue algo más que el eco

de los actos escolares, el orgullo del abanderado, y lo

había llevado a esconderse entre pocos, después entre

muchos, como un río que se torna invencible en eso de hacer

de esto algo mejor.



No le sorprendieron las palabras. Las había escuchado como a

la voz de la esquizofrenia. Sugerencias tenebrosas que se

rechazan con la mano, para descubrirlas en los restos de los

sueños, cuando la resaca de las cosas que se desean, pero no

se deben, aún moja las sábanas. Pero hizo mal en ponerlas en

palabras aquel que, por más que fuera inteligente, siempre

se supo que no era peronista, que estaba ahí por otra cosa.



Les servía en bandeja las palabras necesarias para

comprender la incertidumbre, y se había jugado como

cualquiera, poniendo en riesgo su inteligencia, sombra

desvanecida en el anonimato de una bala, para siempre, en

algún rincón del país, y dejarlos así, sin ese juego

dialéctico que les ayudaba a comprender lo incomprensible.



Pero las había dicho él, mierda, y les daba pie para que le

dijeran: vos no sentís ese rencor de haberlo tenido y

haberlo perdido, porque tus viejos festejaban cuando las

bombas caían sobre la plaza, cuando nosotros, con menos

sabiduría, comenzábamos a ver que todo había sido demasiado,

y, lentamente, con las persecuciones y el odio, había que

retornar, pero no como una dádiva del ejército, no como el

resultado de una ecuación celestial en la que se le concedía

una tregua a la vida de los mortales, sino con estas mismas

manos, como se levanta una casa.



Retornar había sido el aprendizaje lento y doloroso de la

vida. Pero no para ser nuevamente convidados, los

destinatarios de un futuro. Esa era la diferencia (los

dibujos hablaban de héroes con traje obrero), y, sin

embargo, las cosas se habían puesto duras. Esto venía a

decir muchas cosas. Muchas cosas era nosotros, que entonces,

cuando lo dijo, cuando las distancias eran tantas, cuando

habían caído ya, en pleno día, porque lo habían traído, tras

dieciocho años, y el peso fue demasiado.



Eso lo tengo que hacer yo, si es que lo hace alguien, dijo

quien no borró su memoria porque no quiso olvidar nada de lo

que había cambiado en tantos años, lentamente, aprendiendo

de tipos como vos, que son de afuera, que no lo sienten en

el alma, pero que nos enseñaron a comprendernos de otra

forma, y había dejado el uniforme para mezclar explosivos en

un garaje, y le había dicho: no tenés que repetirlo, tus

palabras tienen que olvidar que salieron de tu boca, ya

está, dijiste lo que todos pensamos pero nos dolía, el

deseo, la necesidad, y ahora callate, dejanos pensarlo.



Se había puesto a repensar la historia para poder

comprenderla, y los hechos encajaban, que mierda. Lo que es

el pensamiento, puede echarle luz a las cosas, como una

mañana: los gallos gritándole al cielo que gracias, al fin

hay luz, y la sombra del árbol que asustó por la noche, nada

que ver, no eran espantos esos ruidos. Y el cuento que había

armado para comprender la historia, que había escrito en

cuadernos escolares para no olvidarla, para que le pudiera

servir como un mojón en el camino, le daban sentido a todo,

encolumnaba el pasado y lo explicaban.



Era el cuento de un milico viejo, porque ser cincuentón,

entonces, veintiocho años atrás, era ser viejo. A esa edad

se hacen otras cosas, pero estaba perdido por esa mina de la

radio, cuyo pasado se enturbiaba junto al de todas las que,

llegando en uno de esos trenes que habían hecho los ingleses

para llevarse el trigo, junto a tanta negrada que soñaba

lejos de arar, arriar, entregarse al suelo y al patrón, la

entrepierna de las hermanas al patrón, eso quedaba atrás.

Sólo había una forma de ser alguien en la ciudad, para que

vamos a mentirnos.



Y se había enamorado el viejo, entonces, a catorce años del

primer intento, ya en las puertas de la Rosada, que cosa.

Tantas cosas que llegan a destiempo, mierda. Pero así son, y

se venía con toda la disciplina de la milicada, una vida de

intramuros, regida, coordinada, creyente, cuando las

democracias habían reblandecido al pueblo y bastaba con su

voz de mando para encolumnarlas. En eso fue que la conoció,

con la euforia (pero en Europa terminaba la guerra y habían

ganado las democracias), y cuando le pidió, ¿qué es lo que

querés para la boda? Ella, que no era no como otras, no le

pidió un vestido, un tapado, automóvil, le dijo: yo quiero

una revolución de regalo.



Eso le había dicho, y el la doblaba en edad, y la palabra

revolución estaba en la boca de todos desde el año treinta,

cuando fue un desfile por Avenida de Mayo, y terminó en eso,

en un desfile de la Sociedad Rural. Ellos no tenían que

cambiar nada, sólo querían sacarse al Peludo de encima y por

motivos opuestos. Pero no por eso la palabra revolución

había perdido su fuerza, iba a crecer con los años, pero,

entonces, dijo: bueno, si es lo que vos querés, yo

preferiría una jubilación, coger tranquilos donde vos

quierás, pero si eso es lo que querés, la hagamos.



Más o menos era así el cuento, y los años se sucedieron

afiebrados. Quien sabe si habrán cogido después de los

primeros meses, cuando empezaron a hacer las cosas,

hagámosle otra escuela, otro hospital, respondamos esa

carta, cumplamos cada sueño, todo sobre sus horas, porque

los que se sumaban desde abajo piensan en salvar sus vidas,

en aprovechar el oro del banco como fuera, y él, que la

tenía asegurada, que se hubiera retirado para disfrutar de

la vejez, le seguía poniendo el moño al regalo de su boda,

justo a ella, que se consumía en el cáncer, como no podía

ser de otra forma, porque la vida de una persona no alcanza

para cumplir el sueño, porque el destino es impiadoso y se

cobra cada deuda, cada deseo.



Habían juntado armas porque ya no podemos confiar en tus

milicos, nos traicionó la iglesia, y él, que era hombre de

la policía pero se había jugado por el régimen, se había

dejado pegar la piel a la revolución hasta perderla, les

había enseñado a usarlas, pero esa revolución, se dijo en

las largas noches en que lo buscaban para fusilarlo como al

general Valle, como a tantos, se la habían regalado, era la

respuesta a la suma de las cartas: la que pedía la pelota,

la que pedía la máquina de cocer, pero ahora había que

conquistarla, esa era la cosa, había que regresar pero sin

los dioses. Con ellos y con nuestras propias manos.



Esa era la dialéctica que les había enseñado, primero con

cautela, estamos en la misma, muchachos, si quieren una

revolución, eso es justamente lo que yo quiero, dejémonos de

pavadas. Compartiendo los oscuros pasillos de la

clandestinidad, las charlas en las que pretendían entender

lo que pasaba, cada cosa de las que pasaba, las cartas desde

el exilio, los pasos propios y los ajenos, las traiciones.

Tratando de entender aunque vos no sintás lo mismo, pero hay

cosas que vos no podés decir, perdoname, te respeto, pero

hay cosas que son de la familia.



Y lo que el Viejo quería, tuvieron que aceptarlo, era morir

en Madrid, no volver ya a la tierra, ya no era necesario.

Pero, mientras estuviera vivo, era él el que debía volver,

lo vio en sus ojos cuando lo fue a visitar, se eligió un

traje que no supo ni de donde sacó la guita, y se metió en

un avión, quien lo hubiera dicho, sólo para ir a decirle ese

cuento que le estaba germinando: cuando usted aceptó hacer

semejante regalo de bodas, es como si hubiera pactado con el

Diablo, es como si hubiera vendido todas las tardes de su

vejez, y ya no puede descansar, usted perdone, lo

necesitamos, ya no es dueño de morir tranquilo.



Pero no se preocupe, general, lo vamos a estar esperando, va

a tener en quien confiar, nos estamos preparando para que

esta vez nadie sea consumido por el cáncer, para que esta

vez sean muchas las espaldas que sostengan el sueño, usted

venga tranquilo, estamos nosotros, los que nos quedamos, los

que sufrimos la derrota para aprender que la próxima, más

lúcidos, entrenados, organizados, si, mi general, armados

hasta los dientes, hagamos lo mismo, pero no de regalo, no

por haber sido pobres cuando ella, llena de rencor, llena de

amor rencoroso, le pidiera una revolución en vez de un

automóvil.



Y había regresado a las sombras con la fe de esa entrevista.

Tenemos que organizarnos, tenemos que ser cuando regrese,

porque no podemos dejarlo solo, tiene que llegar para que

hagamos la revolución y él, que lo merece, pueda verla desde

su mecedora, pueda morir siendo un prócer, un San Martín que

no muere allí, lejos, sino con los nietos tirándole de los

pantalones. Tiene derecho a disfrutarlo, eso quiere y eso

merece, y nosotros también lo merecemos, porque esta vez va

a ser distinto, y no lo fue, ya no habían palabras para

explicarlo, y entonces empezó a germinar la idea, como una

eutanasia, como una mano que se le tiende a un viejo para

que no sufra, para que no pase sus últimos meses

carcomiéndose en la cama, como un condenado, por él, por

ella, por nosotros.



Es una mierda pero es así. No merecen heredar los que matan,

pero tampoco los que se quedan sentados al costado de la

cama viendo como la carne encoge la imagen que uno se fue

forjando en el reflejo, cuando se va llenando los cachetes

de espuma para afeitarse, cuando el humo del café va

empañando el espejo y uno pasa el dorso de la mano contra el

vidrio y se mira, deformado, y se dice: ese soy yo. Todo

eso, lenta, trabajosamente tallado a mano en la carne, el

tiempo, el cáncer implacable. No hay derecho, aunque el que

diga adiós, el que haga el adiós con sus manos, y no hay

otro alguien sino el hijo mayor.



Porque ustedes son unos pendejos, les dijo, no se van a

arruinar la vida con un parricidio, son inteligentes, pueden

ser los que escriban luego lo que hice, si quieren, o me

olvidan. Me importa un carajo lo que digan de mi, como

cuando me decían peronista cuando nadie lo decía, cuando era

una vergüenza o una delación. Si quieren se lo guardan,

puedo quedar como un asesino nomás, un loco. Pero son cosas

que tienen que hacerse, porque ese Brujo de mierda se va a

quedar con todo. Y me importa un joraca, salvo la patria,

dijo, pero no sonaba altisonante, no sonaba soberbio, porque

todos estaban haciendo patria, aunque ya en retroceso, en un

inexplicable e implacable retroceso.



Que me señalen, que me insulten, pero ese Brujo de mierda se

va a quedar solo cuando muera el Viejo. Sólo nos faltaba

eso, que el Viejo muera acorralado. Si parece mentira, la

puta madre: me recibió con un café, era un invierno

madrileño, y, se los juro, me dijo, sigan, muchachos, aunque

yo ya no era muchacho, era una forma de decir: sigan, que el

Viejo está orgulloso de ustedes. Tienen la venia, me dijo,

ustedes son el futuro. Fue ese Brujo de mierda y esa loca de

mierda que llenó el hueco de amor del Viejo, o, como vos

decís, personajes siniestros que pusieron para jodernos,

porque usan esas cosas para dejarnos en banda: una concha

depilada en un cabaret panameño, hasta las brujerías de las

que no nos cansamos de reír, loco de mierda, llamando a los

espíritus mientras nosotros calzábamos las armas.



Yo no le creí el café ni la sonrisa, ni sigan muchachos,

pero eran así las cosas, algún día se va a saber lo que

pasaba en la casa del exilio. El Viejo jugaba pensando que

jamás lo iban a dejar volver. Jugaba a la guerra, sólo

pensaba que alguna vez se iban a extinguir sus días, se iban

a cerrar sus ojos y que sea lo que Dios quiera, es cosa de

ustedes, muchachos, yo no voy a estar. Y para nosotros había

que traerlo, ya le vamos a dar los nietos que quiere, los

soles de la tarde en la mecedora, esta vez lo hacemos

nosotros, general, usted sólo tiene que volver, porque usted

fue el que decidió, alguna vez, cuando tenía cincuenta,

hacerle ese regalo a la mina, a la rubia, a la actriz que

quiso una revolución para la boda.



Y en esa puta reunión pensaba cual arma iba a utilizar. La

vieja, la que llevaba al cinto cuando era policía y vaya a

saberse para qué carajo la guardaba. Era el honor del Viejo,

y para esa la quería, la amaba, eran sus ilusiones de la

patria, los actos escolares, la decisión de ser ley en las

calles, eso lo iba a entender el Viejo en cuanto la viera,

como si sobraran las palabras, como si no hubiera que

decirle: mire, general, esto lo hago por usted y por la

patria, me hundo en la ignominia para echarle una mano,

usted lo sabe.



Y ustedes se van a olvidar de mi, no me conocen. Nadie debe

saber que decidimos esto en esta mesa, mierda, ya no lo

saben, ya no me conocen, les dijo, y el otro: es una pena

perder a un compañero de tu calibre, porque los compañeros

se miden por su calibre, como las armas, es una pena, viejo,

sos valioso y te van a hacer mierda en cuanto hayas

disparado. Lo se, le respondió, son así las cosas, es por la

patria, que carajo. No nos vamos a detener en

sentimentalismos, ya pasamos muchas juntos, ya saben, los

hombres somos prescindibles, lo que importa es la verdad.



Yo me mando solo, nadie sabe que esto se discutió en esta

mesa, nadie de ustedes estuvo, nadie me conoce, van a decir:

era un buen compañero que loqueó, lo piró el dolor, los

compañeros muertos, el gobierno popular lleno de gorilas,

recordemos todo lo que hizo antes de entrar al cuarto,

saludarlo, quien sabe si con la mano en la sien, decirle:

disculpe general, lo hago por la patria, y llenar de

lágrimas a millones de argentinos, ahogarlos en una angustia

inabarcable de orfandad. Digan, lo conocimos, pero lo

desconocimos en ese acto, es víctima de una vida dura, de

persecuciones, combates, de la resistencia, la soledad, el

tiempo.



Y entonces se levantó la solapa del sobretodo, hacía frío, y

salió, porque las cosas empezaban a pasar afuera, ya no

tenía nada que ver con nadie. Era él y nadie más en el

horizonte, y debía pensar, porque no le iba a ser difícil

entrar, muchos lo conocían, iban a respetar al viejo

compañero que se quiere despedir del general, iban a abrirle

la puerta, lo sabía. ¿Qué iba a pasar después? Lo más

probable era que lo acribillaran, que lo defenestraran en

las fotos de los diarios, que lo lincharan las mujeres

humildes, las que siempre sufren otra decepción, como si

fuera un tango, mierda.



Desde entonces, la vida regresó a las certezas infantiles,

la historia de los manuales. Todo lo veía terminado, como

podemos recordar la muerte de Ringo Bonavena, la angustia

ahogada en resignación. ¡Falsa perspectiva del tiempo! De

alguna manera, imaginar era recordar ya, como si las cosas

se hubieran dado vuelta. La fotografía del soldado llorando

bajo la lluvia se había difundido por el mundo, habíamos

caído en la orfandad, y sin embargo sabía que aún quedaban

los últimos pasos, decirle: lo siento, mi general, es por su

bien y por el de la patria, y el viejo responde: es lo

correcto, muchacho (y lo dijo como podría decirlo la

Merello), la distancia del arma al pecho, recostado sobre

almohadones en la cama o sentado en el sofá. No interesaba

lo anterior: pasar la guardia, evitar sospechas, como si

hubiera un pacto, pero no con ellos sino con Ellos, y como

si no hubiera culpa, esa resaca de los actos.



Limpió el arma para que estuviera a la altura de la

Historia, no por temor a fallar, y resolvió que debía llevar

pilcha nueva, como en domingo. Y para estos trámites eligió

un guardadero de Paso del Rey, una casita blanca de obreros

que supieron ahorrar en los buenos tiempos, como los tanos,

desde donde tomó el tren hacia el centro, viendo

transformarse el suburbio en ciudad sin saber si era una

hilacha o un origen, y caminó hacia la tienda. Nunca había

entrado a una tienda con maniquíes y trajes colgados en

barras plateadas, pero falsas, cambiadores de espejo, como

laberintos abreviados, luces espesas, y al verse cayó en la

cuenta de que se estaba probando la ropa con que iba a

morir, porque de esta no había retorno, y se lo contó, en la

cena, al compañero del guardadero. Vivía en la parte

delantera de la casa, en una sala amplia, amueblada con

cultura. Daba a un patio al que también daban la cocina y la

calle, mediando un cerco de madera pintada de amarillo.

Sobre ese amarillo reposaba el verde olor de los malvones.



La cocina tenía vajilla decorada con flores pintadas, había

alguna copia sencilla de arte antiguo en la repisa, una

enciclopedia, algunos libros, discos y el Winco. Entre los

discos estaba Cafrune, que pronto iba a morir, también

Beethoven y Sandro. Y había una maceta pop con una planta de

plástico florecida, y la mujer, encarnada, llevaba un

delantal blanco sobre la falda, y había muy pocas cosas de

las que tener nostalgia, y esas pocas cosas duraban toda la

vida. Y ahí puso sus codos el dueño de casa, y dijo: no hay

retorno desde que abrazamos la causa, porque desde entonces

vivimos en la dignidad, y ahí comprendió que no luchaban por

un futuro sino por estar luchando, como un estado natural de

la selva, que no es dialéctica.



Le dijo: pero, ¿sabés que pasa? Esto no voy a saber si

sirvió o no sirvió, ¿querés que te diga? Me parece que no me

importa, porque las cosas sirven en parte y son inútiles en

parte, porque así es la vida, y el cumpa, que no sabía de

que estaba hablando y sabía que no debía saberlo, le dijo

que era por la edad, que de esas cosas se aprende con la

vida. Por eso me rompe las bolas que, salvo el Viejo, la

revolución la están dirigiendo los pendejos, ¿no te diste

cuenta? Pero ya no se decía así, porque si se hablaba de

revolución ya costaba decir que el Viejo, sonaba mal y hacía

mal, porque no hacía mucho que se podía decir y se decía, y

uno podía ofenderse si no se decía, no hacia falta que se lo

negara. ¿Acaso no pensás que el Viejo es revolucionario?

Pero era cierto, las acciones las comandaban los pendejos, y

por eso podía ser que fueran así las cosas, pero hasta por

ahí nomás, porque ni esos pendejos ni el anfitrión podían

saber, ni sabían, cual era la acción para la que estaba

guardado.



Esa se la guardó para él, para que lo supieran después por

las noticias, cuando averiguaran quien lo había hecho: el

Pelado, no puede ser, si lo hizo hay que pensarlo, pero sólo

para que otro le diga: no seas boludo, matar al Viejo es

demasiado, y él prefería que lo lincharan las mujeres

indignadas antes que las balas de custodios, que se darían

el gusto de matarlo, porque así estaban las cosas. Ellas lo

harían por una rabia justa. Tantos quisieron matarlo,

dirían, y lo vino a hacer un compañero. Como Judas. Ese que

era cana, igual que Troxler, que se salvó de los

fusilamientos para caer por las balas de ese Brujo de

mierda. Parece mentira. Tantas veces se jugó la vida, el muy

hijo de puta, lo hubieran bajado en cualquier

enfrentamiento, tuvieron dieciocho años para hacerlo y lo

dejaron vivito para que hiciera esta mierda.



Va a dar en que pensar esto, por los siglos de los siglos,

se decía ya promediada la ginebra, ya medio en curda en la

última noche, y se negaba a dejar testimonio escrito en una

carta, para que lo sepan de acá a doscientos años, que se

yo, cuando el Viejo sea como San Martín, que en vez de su

Cabral tuvo su Judas, pero no lo hizo porque quería que por

los siglos de los siglos se lo odiara, la gente puteara

contra el reverendo hijo de puta que iba a matar al Viejo

cuando iba a rajar a los gorilas del gobierno popular. Lo

dirían, aunque ya estaba más muerto que vivo, y no porque

faltaba el trecho del tren desde Paso del Rey a la ciudad,

bajar y el bondi largo, las cuadras de andar, alguien entre

los guardias que lo saluda, un viejo compañero que tomó el

rumbo contrario, entrar a la sala, subir las escaleras hasta

el cuarto, saludar al custodio con una palmada en la panza y

una sonrisa, abrir la puerta y verlo sonriente, no en la

cama sino en una silla mirando el frío por la ventana, y

sacar el arma.



Así era un poco más jodido, porque ese hombre que había

entregado veintiocho años de su vida al país, que en el

exilio pensó que era bueno para un jubilado, y no lo

dejamos, aquel que, sin embargo, había vivido cincuenta años

antes, brillante espada en los torneos, intelectual, un tipo

pintón, ahora viejo, acabado y todo, disfrutaba de mirar el

parque, el tronco marrón de un árbol blanqueado en el

invierno, y las escuelas esperando la noticia de su muerte,

las madres corriendo a retirar a sus hijos, y esas modelos

que pensarían que yo hoy debiera acordarme de sus nombres.

Eso, poco después. No golpeó el vientre del custodio, sólo

golpeó la puerta y recibió la noticia de la misma boca de

ese Brujo de mierda: ya no hace falta, compañero, se murió

sólo, y el otro, el que esperaba de piloto en la puerta,

pensó que no podía ser, que lo habían envenenado para

robarle el sentido de su muerte, porque ya no serían los

protagonistas del retorno a una infancia en la que eran los

únicos privilegiados, sino otra cosa, vaya a saberse que

futuro le esperaba a la patria.

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