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Intuiciones / PERVERSIÓN.
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

PERVERSIÓN.

Entre las maldades,

llaman la atención las inexplicables,

las que se parecen a los deseos que ocultamos.

Por eso las negamos y abominamos.

En esta clase de pecados,

hay algunos que parecen más atroces,

aunque terminen por ser piadosos y consoladores.

En el insomnio se excusó con que era un perversión, esa

oreja que asoma sobre las barajas como un resto deshilachado

de cordura, y el vino con que se había pasado en la cena,

tal vez más seguro era el vino, pero no le alcanzaba para

echar la sábana sobre todo y reposar como lo necesitaba. La

imagen del ascensor se repetía, no sólo en el espejo del

fondo, que era de metal, había pensado, como los antiguos,

sino también en esa oscuridad aturdida por el humo del

cigarrillo, la brasita que ardía en las pitadas, con diez o

quince puchos que quedaban en el banco de suplentes, sobre

la mesita de luz, y que había que racionar porque de otro

modo tendría que levantarse y buscar, pero no estaba seguro

de que tuviera otro paquete, no era tan prevenido esas

noches en que llegaba ebrio, tan de vez en cuando, y

envolvía las cuadras y el hall del edificio, y siempre le

dejaban un revoltijo estomacal.



Había comenzado en la cena de trabajo, en un boliche al que

recurrían para esas ocasiones. Gente dispar, ajena a las

vocaciones, hay un puestito en la empresa, y entraba uno,

otro por un aviso en el diario, pero en el que se había

formado un ambiente cálido, sin un tema de conversación que

los centrara, salvo los referidos al trabajo, pero grato,

familiar. Habría sido el cansancio el que lo llevó a

excederse, contra todos sus planes, porque para el sábado

había pensado hacer algunas cosas, porque hay que remontar

la resaca, y tenía derecho a hacerlo, que mierda. De lunes a

viernes encerrado en un horario, tareas encomendadas, para

disfrutar el sin tiempo de la noche, cuando los relojes se

enloquecen, ¿ya son las cuatro? Le gustaba llegar antes que

el sol, verlo, si, pero tras las cortinas del departamento.

Pero al llegar, después de bajar del auto del Gordo, que lo

había alcanzado hasta la esquina de la plaza, después de lo

del ascensor, había corrido las cortinas para ver la ciudad

amanecida, como si aquello le devolviera algo de corrección,

de calma, sin poder hacerlo, y se echó en la cama, y trataba

de explicarse las cosas. Pleno sábado ya, que cosa, un día

arruinado, sólo le iba a restar el domingo hasta el

despertador de la mañana del lunes.



Tampoco era de pajero. No era un don juan pero no le

faltaban encuentros profilácticos, decía el Gordo, como si

la vida fuera una prisión, o no lo decía exactamente por

eso, no pensaba sino en la frase cuando lo decía, sólo

repetía las palabras que le venían al dedillo: encuentro

profilácticos, como si el sexo fuera una cañería que habría

que limpiar cada tanto, y así lo decía: esa mina podría

limpiarme la cañería. Pero no es tu caso, pibe, aunque ya no

era pibe, era la palabra: pibe, y no era mucho más joven que

el Gordo sino más delgado, podría haberle dicho flaco, pero

le decía: pibe, vos siempre tenés una deshollinadora a mano,

pero exageraba, no era siempre, era de tanto en tanto, pero

tampoco era un pajero, no andaba detrás de cualquier pollera

mendigando una humedad para su ganso, como decía el Gordo,

una verdadera enciclopedia de metáforas eróticas, como todos

los gordos que, no necesariamente por ser castos, sino vaya

a saberse porqué, suelen tener esa tendencia. Y volvía a la

idea de la perversión, pero esta vez con algo de culpa.



Ya eran como las tres de la tarde cuando corroboró que no

tenía reservas de tabaco, y también que no había podido

dormir. Reposó en la cama y pensó, tal vez por culpa del

alcohol, pero no era sólo eso, y se lavó simulando haber

dormido, se lavó la cara, se cepilló los dientes y se cambió

la ropa, porque se había echado vestido, pero no era ese

tampoco el tema, porque tantas veces había dormido con la

ropa, cansado como estaba. Pero se cambió la ropa, nunca

salía con la ropa con la que había dormido, no porque

estuviera arrugada, no porque le importara que alguien

supiera que durmió con la ropa puesta, sino por cierta

superchería hacia la transpiración nocturna, como si las

fantasías de la cama no debieran colarse en el día, menos en

la calle. Llamaba día a la irrupción del sol y a la vigilia:

el día comienza al despertarse, que no es más arbitrario que

las horas del reloj. Podía haber dormido todo el santo día,

podía sucederle algún fin de semana, y no por eso el

despertar, el levantarse, el lavarse y salir dejaban de ser

el nuevo día. Y cuando llegó al hall la volvió a encontrar,

como si lo estuviera esperando, pero no podía ser tan

inocente como para esperarlo, porque había llegado ebrio, y

en esos casos se suele echar uno en la cama, aunque se

abrace tercamente al insomnio, y entonces debía ser la

casualidad que los volvía a juntar, puta casualidad, se

dijo, que cosa.



Ella no sonrió sino que bajó la vista, porque no estaba

acostumbrada a la seducción, eso también lo había hecho

pensar en la perversión, porque no miraba a los ojos, los

bajaba, miraba al suelo esperando que sucediera lo que

sucediera, cuando era nada lo que debía suceder, eso fue lo

que lo llevó a lo del ascensor, y también lo que lo retuvo.

Ahora que la volvía a ver, pero no lo había olvidado aunque

el recuerdo borronea, sabía qué lo había detenido en el

ascensor. Ella había puesto su dedo en el botón del quinto,

que era su piso, y él, con el temblor de la ebriedad y de

las decisiones incorrectas, había llevado su mano a la

botonera para marcar el suyo, que era el séptimo, y había

puesto la mano sobre la suya, y ella la dejó ahí, en esa

posición incómoda, con el brazo extendido, algo doblado,

pero ahí, quietecita, y él, con la otra mano, sin otra

excusa que por la cercanía, le acarició la espalda, más

precisamente el pullover, esa lana mezclada con nylon que no

era lana ni era nylon, y se acercó a su cuerpo, y aún tenía

la mano sobre la de ella, en el botón del quinto. Al llegar,

aún estaban así, con la mano en la cintura de ella, con la

otra mano con la de ella sobre el botón del quinto, pero

ella tenía una mano libre y buscó la puerta, porque, ya lo

dije, no estaba acostumbrada a esas cosas, y el cuerpo le

hizo seguir haciendo lo que debía hacer, o hacía siempre,

aunque con una mano de él en su cintura y la otra, con la de

él, en el botón, e intentó con su otra mano correr la puerta

metálica, pero entonces la detuvo, con la mano que tenía en

su cintura, y antes de que abriera, como se demoró, hubo un

clic y el ascensor siguió hasta el séptimo, su piso.



Desde el quinto hasta el séptimo, como la cosa era fácil,

volvió a su cintura con la mano que le impidió abrir en el

quinto, pero buscó por debajo, apenas si tiro un poco la

remera, y la puso sobre la piel. En el séptimo tenía toda su

palma sobre la piel de ella, en la cintura, y no decían

nada. Ni hacían nada, porque ella le daba la espalda, miraba

la puerta, o miraba el suelo, no lo sabía, y se quedaba

quietecita, muda, dejando hacer, quien sabe qué cosas

pensando, entonces él le pidió permiso, porque debía bajar,

y ella se hizo a un lado, obediente, y la miró a la cara,

luego las tetas, pero ella miraba al suelo ahora, y, cuando

iba a decirle buenos días, sin saber porqué, no dijo nada, y

cerró la puerta dejándola en el ascensor, que pronto vio

bajar, las luces descendiendo por la ventanita vertical de

la puerta del ascensor, y eso era todo, se volvió hacia la

puerta de su departamento, abrió y entró, pero ya no podía

dejar de pensar en eso, en ella, en lo que había sucedido, y

se echó en la cama, con los diez, doce cigarrillos que le

quedaban en la mesita de luz, para no poder dormir.



Entonces estaba otra vez ahí, en el hall, cuando bajó a

comprar cigarrillos, y de sólo verla recordó que le había

pedido permiso para bajar en el séptimo, sin decirle, vení,

acompañame, sin decirle siquiera buenos días. Eso era lo que

llamaba perversión, que no le pasaba muy a menudo, eso de

dejar caliente a una persona vaya a saberse por qué, por

maldad, pensó, pero no era culpa la que no lo dejó dormir

sino excitación, que cosa esta cabeza, se dijo. Y cuando

salió para la calle, abrió la puerta, ella, sin decir nada,

hizo lo mismo, pero podía ser la casualidad, porque el azar

hace esas cosas, porque las únicas huellas que Dios deja en

la vida son esas casualidades tontas, nimias, que para El

deben ser importantes, porque forman parte de su plan, pero

que a nosotros nos asombran, un gasto de su todopoder en

esas cosas, que sólo nos hacen decir: mirá lo que me pasó

hoy, una estupidez, pero es llamativo. Cruzarse con el mismo

gato varias veces, suponer el nombre de alguien y luego

escuchar que alguien llama a ese alguien con ese nombre, o

un número, vaya a saberse por que, que luego va a aparecer

en la contabilidad o en un boleto de colectivo. Y así

llegaron a la acera, que él debía tomar para la derecha,

pero ella fue hacia la izquierda.



Ella dudó, pero fue él, sin explicación, contra su deseo de

ir hasta el kiosco, quien se volvió hacia la izquierda y

caminó tras ella hasta ponérsele a la par, sin decirle nada,

aunque era el momento de cruzar unas palabras. Estaba del

lado de la pared. Ella amagó a entrar al almacén, con

torpeza, porque debía estar excitada, y debió correrse para

dejarla pasar, vaya a saberse por que, pero no lo hizo, y

ella siguió andando junto a él, hasta la esquina, ya sin

rumbo. En la esquina se detuvo, brevemente, unos segundos,

como asumiendo que él era el encargado de decidir hacia

donde ir, y cuando se cruzó un vecino, buen día, le dijo, y

él sintió vergüenza. Eso era el fondo, sentía vergüenza de

que lo vieran con ella, y en la vereda de enfrente dobló por

la mano izquierda y apuró el paso para que no lo alcanzara y

para que a nadie se le pudiera ocurrir que estaban juntos. Y

al llegar a la otra esquina, sin volverse para ver si ella

estaba allí, volvió a cruzar en el sentido en el que lo

había hecho antes, regresando para dar la vuelta manzana y

llegar al kiosco por el camino largo, absurdamente largo.

Compró un paquete y rasgó el nylon por la tirita, rompió el

papel metalizado y se dio el gusto, pitó largamente. Se

quedó mirando los autos que vaya a saberse a donde iban en

ese sábado por la tarde, día lindo para una plaza, asoleado,

pero también para un cine.



Pero estaba con resaca y anduvo hasta la puerta del

edificio, y entonces se dijo que le apetecían unas facturas

bien dulces, de dulce de leche o de crema, o ambas cosas, no

las de membrillo, y estiró su tarde callejera hasta el

almacén, donde ella había regresado (¿pero lo había hecho

volviendo desde la misma esquina en que la dejara, sin la

menor precaución?), y tenía en las manos un paquete de

docena y media, debían ser para toda la familia, que la

esperaba en la casa, coronadas por una con abundante dulce

de leche, rebosante, marrón, brilloso. Había mucha gente en

el almacén en esa tarde. Buscó en su bolsillo para que todos

se dieran cuenta que se había olvidado el dinero, cosa que

no era cierta, y regresó, y ella lo hizo tras sus pasos, y

esperaron, nuevamente, como ese fin de la noche en la que,

ahora pensaba, ¿qué hacía ella a esas horas? El abrió la

puerta y la dejó pasar primero, instintivamente y a pesar

suyo, poniendo su mano en la espalda de ella, en el

omóplato, para acompañarla a entrar, y ella entró al

ascensor, donde él la miró de arriba a bajo, estudiándola

con detenimiento, deteniéndose en el pecho, tras las

facturas, pequeños a pesar de ya haber pasado, pensaba, los

veintipico, y vaya a saberse porqué, se decía él: por

perversión, agarró la factura rebosante de dulce de leche,

la que debía ser del padre, y se la llevó a la boca, y la

comió con gula sin decirle una palabra.



Pero no hizo nada más, como si fuera suficiente, y la dejó

bajar en el quinto, mirándola salir, andar sin gracia hacia

el pasillo, sin darse vuelta, esperando que él hiciera todo,

y no lo hizo, no hizo nada, salvo cerrar la puerta y tocar

el botón del siete. Ya en su departamento, se miró

largamente al espejo para descubrirse excitado, sumamente

excitado, y, contra su costumbre, se sentó en el inodoro

para masturbarse, cosa que no demoró mucho, y tanto lo gozó,

pensando en ella, en lo que había sucedido, esos macabros

acercamientos sin destino, que lo hizo por segunda vez.

Tampoco así pudo dormir, y las cosas, aunque quedaron en su

alma por largos días, quedaron así, porque Dios no le daba

otra oportunidad, con sabiduría, y se fueron disolviendo

entre sus días. ¿Qué mierda la pasaba?



Llamó a una amiga, con la que solía encontrarse, y se dieron

cita en su departamento, porque no era una amiga, era un

mujer, algo gastada por los desencantos, tan sola como él.

Una deshollinadora, diría el Gordo, pero era una estupidez,

porque también limpiaba sus cañerías femeninas, gozaba, era

feliz, era un pacto de adultos, nada más que eso, pero nada

menos tampoco. Pero ni así dejó de pensar en su vecina,

tanto que, cuando se la volvió a cruzar una noche, pero eso

no era casualidad, no era la huella del Demiurgo, porque

debían cruzarse varias veces a la semana, solamente por

vivir en el mismo edificio, porque sólo hay 37 números en la

rueda de la ruleta y, cada tanto, deben repetirse, porque

aunque fueran millones, alguna vez tendrán que repetirse, y

sintió algo de vergüenza, digamos, una especie de rubor al

verla, y, tampoco esa vez dijo nada, porque parecía como que

no podían hablarse, como que el juego debía prescindir, por

alguna de sus tontas reglas, esas tontas reglas que, sin

embargo, hacen al juego, como que en el truco mate el as y

no el cuatro, sin fundamento racional pero esencial, debían

prescindir de las palabras.



Subieron nuevamente al ascensor, que ya empezaba a

convertirse en una pesadilla, ella primero, el jurándose que

no iba a hacer nada que lo mal interpretara, venía de la

oficina, cansado, sin haber tomado una sola gota de alcohol

desde aquella noche de la cena, lo que era normal, porque le

gustaba pero podía pasar semanas sin beber, y ella se quedó

en el fondo, paradita, con los brazos cayéndole a los lados,

sin haber tocado el quinto, como si fuera obligación del

caballero hacerlo, pero menos, como si a nadie le importara,

ni siquiera al ascensor, como si pudiera quedar ahí, salvo

que alguien la rescatara de la nada, y él, cosa de la que se

iba a arrepentir, tocó el séptimo, el suyo. Ella no dijo

nada, sólo amagó, como un suspiro, como si no se hubiera

dado cuenta que había tocado el séptimo y no el quinto, a

bajar en su piso, pero el ascensor siguió dos pisos más, y

él abrió la puerta y bajó, y entones la miró en el fondo,

que no lo miraba a él, y no dijo, vení, ni: querés venir, o

pensó que no lo había hecho, y ella, con la naturalidad con

quien se equivoca, bajó, pero fue hasta la escalera para

bajar al suyo, y él puso la llave en la cerradura y abrió,

pero se volvió hacia la escalera y la vio bajando

lentamente, corroboró que ningún vecino lo estuviera

espiando por la mirilla, y pensó en mentirle, en decirle que

fuera a ver la humedad del armario, vaya a saberse porqué.

Pero no dijo nada, se le acercó, la miró y puso su mano en

la mano de ella para que lo acompañara. Ya dentro del

departamento, cerró la puerta a sus espaldas.



Nada tenía fundamento. Acomodó sus cosas, como si estuviera

solo, guardó la leche en la heladera, abrió una cerveza y se

sirvió, sin convidarle, fue al baño, se sacó los zapatos

para ponerse las pantuflas, y ella paradita en la sala

mirando al piso. Se echó en un sofá y la miró largamente, en

silencio. Era fea, casi contrahecha, pero no tanto

contrahecha como fea, carente de gracia. Ese era el punto,

era una mujer en la que no se podía detener, pero que lo

tenía obsesionado, vaya a saberse si no era eso lo que

llamaba perversión. Se le acercó y se detuvo a sus espaldas.

Encendió la estufa, adosada a la pared, y volvió a

acercársele. Le levantó el pullover, que era el mismo que ni

nylon ni lana, y ella sólo murmuró: señor, pero no dijo

nada, y él la desnudó. Estaba de pie, desnuda, con la

bombacha torcida sobre la cola, que ni eso, que era casual,

la ayudaba, con el corpiño desabrochado, como al descuido,

con los brazos demasiado largos, caídos, la pera contra el

pecho, tal vez temblando un poco por el frío que se iba con

la estufa prendida, dejándose ver, quieta, desagradable. Le

acarició los muslos, y cuando iba a decirle: disculpame, sos

muy fea, eso iba a decirle, le besó el hombro y volvió al

sofá donde se llenó otro vaso de cerveza, temblando, y se la

quedó mirando.



Debió haber pasado largo rato, tenso, cuando ella murmuró:

me voy, pero tal vez él no la escuchara, había puesto

música, una cosa como el jazz, un disco de oferta que no

recordaba haber comprado, y ella juntó su ropa, se vistió y

se fue, siempre en silencio. Entonces fue que pensó en

fotografiarla desnuda, abrió la puerta, la llamó, pero no le

hizo caso, debía escucharlo, pero no lo quiso repetir para

que los vecinos no lo oyeran, y volvió a cerrar. Por la

mañana se sintió mal y llamó a la oficina para anunciar el

faltazo, dolor de cabeza, fiebre, ¿qué más? Diarrea. Y,

absurdamente, esperó en la vereda de enfrente, fumando,

hasta que la vio salir. Había planificado, y así lo hizo,

salir para el otro lado del que iba ella, para que nadie lo

viera, dar un rodeo rápido a la manzana y alcanzarla

entonces, en la cuadra de enfrente, porque ella tenía el

andar lento de quienes no esperan nada. Fue así, ella iba en

la otra cuadra, lenta, abstraída en lo que, pensaba él,

serían sus estupideces, y dejó pasar una cuadra más para

estar lejos de los vecinos. Apuró el paso y se puso del lado

de la pared, como aquella vez, para repetir la escena, y

esta vez ella quiso entrar al mercadito chino, pero no pudo,

y anduvieron dos cuadras más sin hablar y sin cruzarse con

nadie. Entonces, le habló con voz entrecortada, una voz que

él mismo desconoció:



- Quiero sacarte unas fotos.



- ¿Porqué?, - balbuceó ella, y él comprendió que parte de su

perversión consistía en no hacer caso de lo que le dijera.



- En una hora, - y aclaró, aunque no hiciera falta: - en mi

departamento.



Cuando tocó el timbre se demoró en atender. No hizo ruido

para que pensara que no había nadie, que fue una broma, una

mentira, un engaño, una estupidez, algo que no valía la pena

recordar, algo que se dice como quien pregunta la hora, ¿qué

hora es? ¿A quien? A nadie, sólo porque se necesita saber la

hora o porque hay que decir algo para que pase el rato, que

importa. Pero el tema que lo ocupaba, pensó mientras al fin

abría la puerta y le preguntaba: ¿si?, como si no supiera a

qué iba, y ella pasaba, sin responder, era donde rebelaría

las fotos, por lo mismo de siempre, por su fealdad, que no

era poca cosa, no era un defecto, no era defectuosa sino

que, así, correctamente formada, era fea, de cuerpo y de

cara, carente de gracia, de sensualidad, de femineidad, y

¿nadie habría de pensar que él era medio rarito? No, no era

que pareciera un hombre, tampoco, era una mujer inútil, una

maldición que la debía condenar a una castidad involuntaria,

digamos, como que desde lo alto se la hubiera elegido para

la limpieza (irónico, porque las cañerías limpias, como

decía el Gordo, eran las que se usaban). Y cuando ella

entró, desganada, mirando al suelo, pensó en el empleado de

la casa de fotografía, y tomó una decisión: iría con ella a

un barrio lejano, perdido en la ciudad, arcano, esa era la

palabra, y esperarían en un bar, dos horas, una hora, para

regresar juntos y que la viera, y que pensara lo que quisiera.



Y le dijo que se desnudara, y ella lo hizo, sin mirarlo,

dejando las prendas sobre una silla, esperando, y tomó las

fotografías, desde aquí, desde allá, desde abajo, desde

arriba, y tuvo un impulso incontenible, una de esas fuerzas

que no se pueden detener, y le besó la comisura de los

labios, nada más, retrocedió y la vio sonreír, con la pera

contra el pecho, una sonrisa, volvamos a repetirlo: fea,

desagradable, que en nada la mejoraba, pero le sacó una

fotografía con esa sonrisa, y le dijo que iban a salir, o no

lo dijo, pero ella lo entendió, se quedó de pie, desnuda,

esperando mientras él se vestía para salir, le acarició la

cola, le acarició la espalda, la miró de frente, tetas

pequeñas, caídas, descuidadas, y quiso pegarle, pero no lo

iba a hacer, no era un mal tipo, sólo algo perverso, decía

él. Pero en el taxi ya estaba excitado como si viajara con

un minón, uno sentado al lado del otro, callados, y le dijo

al taxista algo así como hasta Floresta, no lo recordaba,

cualquier barrio lejano de su casa: busquemos una casa de

fotografía, eso necesitamos, para bajar, dejar el rollo, los

dos allí, vengan en una hora, y se fueron a un bar a dos

cuadras, una ochava con las vidrieras a la calle, y ella

pidió un té y él una ginebra, y tampoco allí hablaron, ¿de

qué iban a hablar? Una hora larga de espera hasta regresar

al local y sentir la mirada pícara del empleado y escuchar

en otros las palabras:



- Perverso el hombre, - nada más, le dio el sobre, le cobró,

y salieron a la calle. Entonces sintió que no aguantaba más,

que no podía, el taxi, el ascensor, los testigos, y la hizo

entrar a un hotel. Se echó en la cama, ya no importaba la

mirada del conserje, no importaba nada, echó las fotos sobre

el cubrecama, desnuda, de abajo, de arriba, sin mirar a la

cámara, sin picardía, y ella, parada junto a la cama, no

miraba las fotos, miraba el alfombrado, y él, otra

característica de su perversión, le encendió el televisor, y

cuando dejó de mirar las fotos se le acercó, y ella miraba

obstinadamente, obedientemente, a la pantalla, para

acariciarla, para saberse excitado, para irla despojando de

la ropa, eso era, porque no la desvestía, la despojaba, la

deshojaba, y acariciarla, besarla, lamerla, hasta echarla en

la cama, completamente desnuda, bajarse el pantalón, y ella

volvió a decir: señor, y la penetró, le llenó el vientre con

su semen, le agarraba la cola, la revolcaba sobre si, bajo

su cuerpo, de lado, se la apoyaba, la restregaba, ella

inerme con su sonrisa fea, las piernas desproporcionadas, la

mirada revoleando para donde iba el cuerpo, una, dos, tres

veces, nunca había cogido tanto, ¿porqué sería? Y luego,

ella acurrucada en un rincón de la cama, con la misma

sonrisa, con el mismo gesto, y le dijo:



- ¿Usted tiene novia?, - una verdadera estupidez, pensó él,

y no le respondió.



La despachó en un taxi, no le dijo nada, pero al otro día,

cuando regresaba del trabajo, cuando se servía una cerveza,

tocó el timbre, esperó en la puerta a que él se corriera

para dejarla pasar.



- ¿Me desnudo?, - pero no quería responderle, y ella esperó,

largo rato, porque él escribía sobre la mesa de la cocina,

donde estaban todas la fotos, y escribió una minuciosa

descripción de su perversión: era la única mujer de la que

podía ser el amo, el amo absoluto, el dueño de una cosa fea,

porque no sino ella podía ser esa cosa fea de la que

adueñarse, obediente hasta el extremo. Y entonces ella dijo,

en susurros, con vergüenza, casi como para que no la

escuchara: - Es como la Cenicienta, la cocinera, cuando el

príncipe descubre que es su amada, (es como María cuando el

ángel le dijo que iba a ser la mujer de Dios, dijo en

realidad ella, pero, ¿es necesario decirlo así?, ¿no le va a

caer mal a alguien?) - y entonces él pensó que ella también

tenía alma, no era una cosa. Era la perversión eso de creer

que las personas son cosas, pero era más que eso, porque

esas palabras, que lo ponían en el lugar del príncipe (Dios,

dijo) y ella preguntando: ¿qué soy yo para merecerlo? Y lo

recibió en su interior, varias veces, como ayer, como con

ninguna otra mujer, y, cuando terminaron, él se dio cuenta

que esta vez, si, era cierto, ella le había acariciado la

cabeza mientras la cogía, pero no tanto como para atreverse

a arriesgar un beso, no la cara, la mano había adquirido

voluntad y le había acariciado el pelo, como pidiendo

permiso, o mecánicamente, como un músculo que se mueve por

la electricidad.



La dejó en la cama y volvió a su cuaderno, desnudo y

agotado, y trató de decirlo con todas las palabras, con las

palabras justas, esa locura de ella, pero, ¿lo era? Y se

sucedieron varios encuentros, pero no se animó a acariciarle

el pelo otra vez, llegaba, le preguntaba con la mirada si se

tenía que desvestir, a veces se quedaba casi una hora

paradita, desnuda, fea, y ya todo el edificio debía estar

enterado, soy un boludo, se dijo, y, ella paradita, desnuda,

junto a la mesa de la cocina, le escuchó decir: mi

perversión es tener una esclava, es eso, aunque seas un

monstruo, o justamente por ser un monstruito, como cojerse

una perra, lamerle el sexo sucio y cogerla. Y ella dijo

entonces: pero la Cenicienta (María, dijo) será la reina

(del universo, dijo), todos los hombres, le dijo, también

usted, que es como el príncipe (un Dios, dijo), que ha

tenido otras mujeres, que tiene la mujer que quiere, todos,

son mis esclavos, le dijo. Porque el mismo príncipe (Dios,

dijo) descendió para estar en mi cama, (porque todo el

universo, las estrellas, la luna, se me metieron aquí,

dijo), pero no señaló su entrepierna porque ambos sabían de

qué hablaba.



Fue entonces que quiso hablarlo con el Gordo, un hombre de

mundo: estoy cogiéndome una fea, pero bien fea, tan fea que

parece tonta, y loca, y él: ¿te calienta?, si, y bueno, es

eso, uno debe preocuparse porque se le pare, porque pueda

mojarla y gozar, ese es el tema, ¿qué te importa si te

calienta? Es perverso, le dijo, es una perversión; es una

pelotudez, le dijo el Gordo en la oficina, hablando en

susurros en el pasillo, para que nadie se enterara, y aunque

sabía que no estaba bien, que estaba meando fuera del tarro,

que le estaba cediendo a la locura, le compró, esa vez, vaya

a saberse porqué, flores y bombones, y la bañó, la enjabonó,

le pasó la esponja, y después se bañó él, porque nunca

estaba limpio cuando ella llegaba, era la primera vez, y eso

hizo, porque siempre se bañaba antes de estar con una mina,

y ella volvió a sonreír su risa fea, su boca fea, sus

dientes feos, y él lloraba, qué mierda lo que estoy

haciendo. Y recortaba la cara de las fotos de ella, y las

pegaba sobre dibujos de la Cenicienta, porque no se animaba

a la hereje locura de ella, no podía pegarla en una

estampita de la Virgen ni parar de hacerlo, o sobre revistas

infantiles con cuerpos y con ropas de princesa, y ella las

miraba y volvía a sonreír, hasta que una tarde tomó sus

propios excrementos, ya creía estar completamente loco, y

frió la caca como milanesas, y sirvió la mesa, con velas la

sirvió, servilletitas, los mejores cubiertos, el mejor

mantel, todo muy romántico, y las milanesas de mierda, ¿es

que estaba loco? ¿O era ella (pensaba) la que lo estaba

enloqueciendo?



Ella comió en silencio pero no volvió a aparecer al otro

día, cosa que en un principio fue un alivio pero al fin una

ausencia opresiva. No se le ocurría bajar hasta el quinto,

ni sabía si quería volver a verla, pero fue otra escena del

ascensor la que lo devolvió al tema, porque paró en el

quinto y se abrió la puerta, como para bajar, pero la que

estaba era una paraguayita deliciosa, una mucama con bolsas

de compras por hacer, unas gomas interesantes que se

ajustaban bajo la remera, y una sonrisa, esa si, digna de

contemplarla y esperar todo lo que de deseo podía prometer.

Miró por sobre su hombro, ¿la niña?, dijo ella. Si, dijo él

pensando, anda como enfermita, parece, dijo ella, hace tres

días que no sale de su cuarto, pero antes se lavaba la cara

y salía, ahora no, ¿será un noviecito que tiene? Porque es

feíta la niña, ¿no? Yo vivo en el séptimo, con una ventana

que tiene buena vista sobre el barrio, podemos hacer una

cenita, le dijo él. ¿Cuándo es tu franco? El jueves, dijo

ella, y el viernes por la mañana se sentó frente al

escritorio del Gordo y le dijo, viejo, me parece que ya

estoy curado de mi perversión, y, dijo el Gordo que no era

zonzo, un clavo saca al otro. No es un clavo, le dijo con

una sonrisa, es un bulón.

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