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Intuiciones / DE BUENA CEPA.
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

DE BUENA CEPA.

Repasémoslo otra vez, dijo el comisario sabiendo que corría

contra el tiempo. El joven llevaba diez horas sentado en la

silla, repitiendo todo lo que hicieron desde la noche hasta

que lo agarraron, y volvió a contárselo hasta que la pera le

cayó en el pecho y se quedó dormido. Vos sabés lo que te va

a pasar si yo no puedo, le dijo el comisario para darse

vuelta, secarse la frente con la toalla y salir del cuarto.

Le acercaron un café, y mientras lo tomaba pidió que le

consiguieran whisky. Sintió los pasos del jefe y levantó la

vista. ¿Cuánto falta? La última vuelta, le respondió el

superior. Ponele que veinte minutos, media hora y empezamos

a jugar de perdedores.



El comisario no dijo nada. Regresó para despertarlo de dos

cachetazos y gritarle a la cara: no me interesa una mierda

todo lo que me contás, lo que necesito es un lugar que pueda

marcar con una chinche en este mapa. Y lo peor es que vas a

cantar en cuanto te den un rato de máquina, le dijo

alejándose. El joven lo miró con tristeza porque sabía que

se estaba condenando a lo peor. También, que se estaba

despidiendo. De los tuyos ya casi no quedan, después

empezamos con los que puedan recordarlos, le dijo el

comisario. Ya terminó la guerra y les ganamos. Y entonces se

quedaron en silencio, mirándose a los ojos.



Se dejó caer sobre el sillón y tomó aire. Se restregó los

ojos y lo miró de lejos: si pasás al otro cuarto, cantás y

morís, ¿sabés? No hay vuelta. Ya habían abierto la puerta,

pero no quiso mirarlo. Todos atendían al muchacho que estaba

sentado, maniatado a las espaldas, y que negó lentamente. Ya

deben estar cerca de la frontera, dijo el jefe, si no están

guardados tenemos que saber por donde van a salir. El

comisario le respondió que quedaba en sus manos, se puso de

pie y salió. Junto a la puerta, en la mesada del velador,

estaba la botella con un vaso y con hielo. Son buenos

cumpas, se dijo mientras se servía una dosis abundante.

Había una silla. Se sentó y prefirió apagar el velador.

Entonces escuchó los gritos.



No era posible que olvidara lo que iba a suceder. Necesitaba

irse pero también necesitaba estar cerca de la botella de

whisky, y sintió que se quedaba como a la espera del informe

médico en el hall de un hospital. Miraba la puerta esperando

a que salieran cuando hubo un grito largo que cortó con el

trago. Entonces, el silencio. La espera de nuevos gritos, y

el silencio. Después la puerta y los pasos. Y el reflejo de

la luz en el charol de los zapatos. ¿Cantó?, quiso saber el

comisario. Se hizo quemar de ganas, le respondió. Se sirvió

y tomó apurado para agarrar el saco y dirigirse a la puerta.

Afuera estaba frío. Se subió la solapa aunque no le gustara.

Anduvo unos metros y le pareció que lloviznaba. Pensó que,

antes de volver a su casa, podía darse una vuelta por el

departamento de una puta amiga, que le abrió la puerta sin

demora y lo dejó entrar lleno de tristeza.



Llevaba un desabillé color crema, corto, y un cigarrillo en

la boca. Cuanto menos soy, más lo parezco, ¿no?, le dijo, y

él, mientras le acariciaba las nalgas: y mirá que hay que

ser gil para pagar por tanta arruga. Algo debe tener la

carne vieja, le dijo ella besándolo en la frente, si no, ¿a

que vienen los cuervos? Pero él también actuaba porque caía

en la cuenta de lo que había pasado y le vinieron ganas de

llorar. La tomó por la cintura y le dijo: vamos, hoy no

tengo tiempo, tengo que darle una noticia triste a la vieja.

La cogió lindo y encendió un cigarrillo. Bueno, le dijo

ella, si no querés hablar no hablés. Hace cinco años que nos

conocemos, ¿no?, le dijo él, no jodás. El martes hacemos la

cena del aniversario, ¿a quien podemos invitar? No a mi

hijo, le respondió como si la puteara. Se empezó a vestir.

¿Desde cuando me odiás tanto? Desde que supe de tu trabajo,

respondió ella. Fue una borrachera de mierda y te perdí el

cariño. Pero me recibís, le dijo mientras se anudaba la

corbata, y ella: es porque te tengo miedo.



Nuevamente en la calle. Ahora lloviznaba. Vio las luces de

un boliche y escuchó el ruido de los juegos electrónicos. Se

acercó a las mesas de pool y pidió un whisky. Doble, dijo, y

se sentó junto a una muchacha que miraba con admiración los

músculos de su novio. Había olor a marihuana. El dueño del

boliche era un japonés que lo reconoció y creyó tener la

obligación de atenderlo. Se le acercó con una botella de

whisky y le dio lata por un buen rato. No le prestó atención

a ninguna de sus palabras, pero eran mejores que las

propias. Terminó la botella, lo saludó con una palmada en el

hombro, tambaleante, y volvió a la calle. Ya no lloviznaba.

Buscó un kiosco, compró cigarrillos y paró un taxi. Le dio

la dirección y se bajó en la puerta, las luces estaban

encendidas. Abrió y entró. En la sala estaba su mujer,

sentada a la mesa, llorando. ¿Pudiste salvarlo?, le

preguntó. No, dijo el comisario sacándose el saco y

sirviéndose un whisky. Pero podés estar orgullosa, criamos

un buen peronista, le dijo, no delató a sus compañeros.

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