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Intuiciones / ADORACION DE LOS NIÑOS DEL CERRO.
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Textos de Ricardo Dubin /

cultura

ADORACION DE LOS NIÑOS DEL CERRO.

No nací en este suelo, pero lo adopté, y tal vez es por no

haber nacido aquí que me llaman la atención cosas que a

ustedes les deben parecer de lo más normales. ¿Tomaron en

cuenta la cantidad de niños que hay en nuestros cuentos?

¿Pensaron en cuantos niños están con nosotros en los

principales momentos del calendario?



Es probable que aquí falten algunos, pero están invitados a

nuestro Pesebre. Cuando Manolo me sugirió que escribiera

algo para el número de Navidad de la revista Animadores,

lamenté no ser pintor, así que trataré de describir esta

adoración sólo con palabras.



Santa Anita los recibe a cada uno con un juguetito, y ellos,

acostumbrados a la soledad del cerro, se sorprenden de los

regalos y del cariño de la abuelita de Jesús. Más se

sorprenden del cariño, porque los juegos los conocen:

piedritas blancas que son ovejitas, las negritas son el perro.



Pronto, porque tiene montura de suri y buen lazo de

serpiente, llega el Coquena. Niño es pues, y debe decidir

quien merece el oro y quien no lo merece. Castiga y premia

siendo un niño. ¿No es esta la tarea de la gente grande?

Estos niños, como los pastorcitos que llevan la hacienda al

cerro, hacen cosas de adultos. O al menos eso pienso yo, que

no fui pastor.



El Coquena está cantando un villancico y simbando las

trenzas. Más allá se ve su suri como un samilante ante el

Niño Dios. Lleva sombrero aludo, su ojotita, su ponchito.

Bien parecido al Coquena es el Duende, pero no le veo la

misma mirada pícara, más bien veo rencor.



Dicen que no ha nacido porque su madre no lo dejó. Esta

noche de adoración prefiero pensar en la madre. ¿Tal vez fue

víctima de alguien a quien no quiso? ¿Tal vez se lo haya

hecho su padre cuando llegó machado? ¿Tal vez fue ella la

que bebió demasiado y no recuerda con quien estuvo?



La miro a los ojos y pienso en cuantas violaciones no

denuncié, y en cuantas veces vi que le vendían cerveza a una

menor y no me interpuse. Por un adulto que no lo impidió en

su momento, esa niña pudo quedar embarazada y enterró los

huesitos dolidos en el suelo.



El Duende no puede evitar querer vengarse de su madre ni

hacer perder a sus hermanitos vivos. Es el que más necesita

una caricia. Más también que aquellos que son pura

algarabía, picardía, sonrisas: los Angelitos. Dicen que es

por haber muerto sin conocer el pecado que pueden llevar las

necesidades de la comunidad a los oídos de Dios.



Alguno pensará que la pureza debiera ser seria, pero debe

ser de los que creen que la alegría es pecado. Si los

ángeles son lo más puro de la Creación, se me hace que

debieran ser los más alegres. Cuando cantan su coro de

alabanzas, debe ser más parecido al carnavalito que al

triste yaraví. No creo que necesiten nada de mi, más bien

que yo necesito de ellos.



Si alguien necesita consuelo, me digo, son los padres de

esos niñitos muertos. ¿Será realmente así? ¿No sabe la gente

que de las wawas que mueren nacen los Angelitos? Se que lo

saben, y me parece ver que el Angelito le tiende la mano al

Duende para invitarlo a ser feliz, y me parece que el

Coquena aprueba lo que hace el Angelito.



Atrás están los Diablitos que llegan moviendo la cola,

falseando la voz, brincoteando entre los otros que adoran al

Niño Dios. Los veo como veo brotar el maíz, crecer la papa.

Como no sé hablar con el maíz ni con la papa, lo que les

escucho decir me digo que lo escucho de los niños rojos que

esta noche vienen a adorar.



Se suele escuchar que antes adoraban también los grandes,

pero ahora tienen vergüenza. A mi me gusta que sean los

niños los que adoran al Niño. Hay un cuento que dice que

Jesús, siendo niño, modelaba gorriones de barro. Dice que

les dijo que volaran, y los gorriones volaron. Los niños

adoran al Niño que confía en el Juego, porque es el Juego.



Pero hubiera sido mejor poder pintarles un cuadro en el que

vieran con sus ojos este Pesebre que les cuento. Lo pintaría

con los mismos colores que se simban al son de villancicos,

con la luz que estalla como el Boyero.

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