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Intuiciones / EL DIABLITO QUEBRADEÑO. MAS DE LO QUE DICEN LAS PALABRAS.
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

EL DIABLITO QUEBRADEÑO. MAS DE LO QUE DICEN LAS PALABRAS.

SU PRESENCIA ES CONSECUENCIA DEL CHOQUE DE DOS CULTURAS

DISTINTAS.

Desde las más antiguas crónicas españolas escritas en

nuestras tierras, el término de diablos o demonios se

utilizaba para referirse a las deidades anteriores al

cristianismo, aquellas personalidades que el hombre andino

le otorgaba a las fuerzas de la naturaleza y a la armonía

del universo para poder negociar con ellos su bienestar en

la tierra. Sin embargo, eso no implica que estuvieran

vinculados al mal o al engaño, sino que lo diablesco o

demoníaco era allí sinónimo de pagano.



No todos los primeros difusores del evangelio lo creyeron

así, y por ello figuras como la de Tunupa y su cruz, por

ejemplo, fueron tenidas, no por ajenas al mensaje cristiano,

sino como su preanuncio. Pero en su conjunto, cuando el

hombre de campo se refiere al diablo, lo hace en múltiples

sentidos que, a veces, hasta son contradictorios. Diablo es

aquel con el que, dicen, pactan los patrones para tener

riquezas, y se registra así en centenares de relatos

populares de nuestra región. Diablo es el Tío, pero también

se le da ese nombre a los duendes, que son frutos del

aborto, y más bien víctimas que otra cosa.



Se dice de las cuevas donde hay pinturas rupestres que son

sitios malos donde mora el Diablo, tal vez sólo por guardar

ofrendas y representaciones de antiguas veneraciones, y lo

mismo de las vertientes, los pujyus, donde está la salamanca

y donde se dejan las cajas para que se embeban de tonada,

cosa que lo coloca en el centro de nuestra principal

expresión poética. En este mismo sentido, tal vez como

resabio de una antigua deidad de las cosechas, el pujllay

tiene el falso apodo de diablo.



Los excesos a que mueve, como personificación del éxito de

las cosechas y de la fertilidad, tal vez haya impedido que,

tras la llegada del cristianismo, se lo pueda asimilar al

santo patrono del trabajo agrario. Como dueño del

multiplico, las tradiciones quebradeñas dicen que se lo

vestía con una máscara de macho cabrío. Posteriormente

adoptó su traje rojo, sus espejos y sus lentejuelas, su voz

atildada y su rabo fálico, pero aquí pocos lo toman por un

mal tipo. No es tal vez un problema de traducciones, sino de

la resignificación de una simbología que la lengua

occidental había perdido con la evangelización.



Nuestro diablito, que con el diminutivo parece querer perder

su carácter malvado, tiene por ello el permiso de

persignarse cuando pide permiso a la Pachamama, en el mojón,

para no perderse en la fiesta, gesto que repite cuando la

comparsa pasa junto a la iglesia y las trompetas callan.

Diablo es también porque, en el exceso, los deseos están a

flor de piel, pero ya vendrán las pascuas cuando, en la

tradición más campesinas, se salen a cazar lagartijas para

que no queden diablitos sueltos. Y, no hay que olvidar que,

bajo el ropaje de cada disfrazado, hay un sikurero de Semana

Santa.

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