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Intuiciones / EL FIN DEL CARNAVAL O EL MITO DEL ETERNO RETORNO.
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Textos de Ricardo Dubin /

cultura

EL FIN DEL CARNAVAL O EL MITO DEL ETERNO RETORNO.

ESTAMPAS DE UNA NOCHE QUE NADIE QUIERE QUE TERMINE.

Ya se sabe que, con la luna que nace sobre el cerro, se va

terminando el carnaval. Es apenas una uñita delgada sobre la

que se puede poner una moneda y pedir un deseo, como es la

tradición que repite o inventa Armando Alvarez. Pero tiene

la fuerza de la voz de mamá que nos despierta para ir a la

escuela. Como las lunas, dirá alguien, los ciclos de la vida

se superponen y las últimas alegrías comienzan a saber a

tristeza.



No es tristeza la palabra justa. Los disfrazados, en la

noche del sábado, la previa al fin, se acercan al costado de

la pista donde las parejas bailan las últimas cumbias

carnestolendas, acusan un cansancio que les arruina el

falsete y les exige levantar la máscara para hacerse de la

cerveza que ya ni siquiera se siente. Entonces, pensándolo

mejor, lo que sigue a la alegría no es la tristeza sino el

cansancio, que a veces se le parece.



De esa anteúltima noche quedan imágenes que lindan con la

magia: un laberinto de comparsas que aparecen y desaparecen

por las calles oscuras, cubierto el cielo con las ramas de

los molles, y que dibujan, como con pinceladas de Goya sobre

las nubes, formas de banderas zarandeadas, estallidos de

talco y el palpable tronar de las trompetas.



En una cuadra, tal vez en Pueblo Nuevo, los disfrazados se

toman de las colas para contener a la gente y que no se

topen dos comparsas que deben cruzar la misma acera para sus

respectivas invitaciones. Todos quieren evitar el choque y

se superponen los nombres gritados de cada una, mientras los

que pasan bailan enloquecidos y los que esperan aplauden,

tal vez irónicamente. Hay algo de cancha de fútbol y algo de

combate que se distiende al fin, y se retoma el baile.



Una chiquilla de no más de diez años se cuelga del cuello de

un hombre, a sus espaldas, para llenarle de harina el

rostro, casi con violencia. El hombre la toma de las

muñecas, sin ver quien va quepiado, y sale corriendo como si

la niña fuera una capa o un duende que lo quiso atrapar y de

quien no puede liberarse. Y nuevamente lo oscuro de la

noche, las trompetas, las invitaciones, la casi necesidad u

obligación de bailar hasta el agotamiento.



En torno al local de una comparsa, una multitud de curiosos

puede pasar horas mirando como los otros bailan. Adentro,

los cuerpos se esfuerzan por seguir los pasos, y la orquesta

se esmera por no ser original y tender su manto de ritmo

donde la cueca, el bailecito y la cumbia se hermanan, y

donde, todos lo saben, la luna llama sobre el cerro al

carnaval que se termina.

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