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Intuiciones / GOCHANDOLE AL DIABLO
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

GOCHANDOLE AL DIABLO

El verbo gochar se utiliza por ladrar. Suele decirse que,

cuando los perros gochan en la noche, es porque el Diablo

merodea.

Nomás que terminaba el Carnaval, cuando una luna delgada

subió del cerro. Conforme pasaban los días, a su grosor se

le sumaron ladridos, por momentos nostálgicos y al fin

violentos. Los perros se juntaban en las calles atacando las

ramas bajas de algún molle, rodeando una peña, mostrando sus

dientes bajo los pelajes erizados.



Los vecinos estaban agradecidos porque espantaban los

diablitos que quedaron tras la fiesta, limpiando los pecados

para recibir las Pascuas. Pero el ruido era excesivo y no

los dejaba dormir, más cuando la luna se fue llenando. Pocos

se animaban a la calle, pero todos pensaban que era para

bien, como se lo piensa de un remedio o de un castigo.



Una de esas noches se escuchó un alarido, y los hombres

pensaron que los perros habían cazado un Diablo y se

persignaron. Al aclarecer verían, cuando el sol estuvo alto

y las cosas fueron distintas entre si, que el cuerpo de un

niño yacía ensangrentado en la playa del río. Ya no hubo

confianza entre el hombre y su mascota, que al día era

dócil. Algunas calles se volvieron intransitables tras la

oración. Las mañanas se tornaron peligrosas.



Se hablaba de hombres que enloquecían de encierro

acorralados por jaurías y se arrojaban al barranco, de

borrachos que amanecían con el cuerpo destrozado, de mujeres

violadas por animales alzados y de gente que se creía perro,

corriendo con las palmas en el suelo, ladrando y mordiendo.



Alguien dijo que en la iglesia, a los pies de San Roque, ya

no estaba echado el perro que lo acompañaba. Era imposible

atravesar el atrio y se tuvo por cierto que ese perro

acaudillaba los acontecimientos. El padrecito hizo hincapié

en los excesos de las fiestas, que habían sido demasiados y

motivado la intervención divina, pero debía tratarse de la

primera vez que los animales recibieron una revelación de

Dios, como en una teología inédita o primitiva.



De alguna manera había que apurar las cosas para que las

Pascuas llegaran con el susurro que les corresponde, cuando

las campanas son de palo, la tonada se alarga para volverse

rezo, y al dolor de la traición a Dios le sucede la alegría

de su resurrección. Pero la imagen de los perros

encrespados, de todos modos, no era angelical sino, más

bien, satánica.



Cuando devoraron a una anciana que buscaba la letrina, se

dijeron recuerdos que ensuciaran su memoria, pero todos

pensaban ya que no había una relación moral entre la víctima

y su destino, aunque se encontraban trozos de tela roja

enterrados en jardines, y se seguía creyendo que, como dice

la tradición, los perros le gochan a los diablos que se

acercan a las casas en la noche.



El día se reducía, como empieza a suceder en la Cuaresma,

pero también porque los nervios caninos no amainaban con la

luz, y podía ser de tarde y verse jaurías embravecidas por

las calles. Algunos pudieron atestiguar como los lerdos,

como gatos encerrados, perecían debajo de las bestias.



Cada uno temió al ordenar sus recuerdos, porque nadie

mantiene claro el reflejo de Dios en la carne, ensuciándolo,

y el temor y la desconfianza eran el pan de las mesas. Los

padres acusaban a sus hijos y las mujeres a sus hermanos,

pretendiendo conocer la causa del desequilibrio, señalando y

amenazando con entregar a la víctima para que el espanto se

acabara.



Las abuelas dicen que para sacarse el susto de un perro hay

que sahumarse con sus pelos. Por ello, los más osados, tras

el trago que envalentona, en las pocas horas del día en que

los animales descansaban, se les acercaban con cuchillos y

les cortaban unos pelos que quemaban en sus casas, echando

humo en cada rincón.



Dicen que en esas casas no entraron, porque a las otras

saltaban por las ventanas destrozándolo todo, incluso a las

víctimas, y ya no parecía haber lugar seguro. No lo hubo,

aunque los perros empezaron a ensañarse en lugares alejados,

subiendo los lechos de los ríos, como si prefirieran ocupar

sus fuerzas en una presa que se extinguía.



Nada era ya pensable sino una locura bochornosa. Pero para

las Pascuas, se sabe, los últimos diablitos encarnan en

lagartijas que se cobijan en el polvo. Sobre ellas se

lanzaron los perros, desesperados, arañando el suelo pero

cazando poco, porque los reptiles son más veloces y se

escabullen.



Munidos con la estrategia del tamaño, como lo hiciera David,

se escondieron de la furia canina ante los ojos de los

sobrevivientes. Y en invierno volvió a ser hogareña la

mascota echada a la sombra, en el fondo de la casa, y en

noviembre las almas pudieron regresar sin que los perros las

amedrentaran.

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