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Intuiciones / 257. VIDA DE PERRO.
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Textos de Ricardo Dubin /

cultura

257. VIDA DE PERRO.

Corsario no era un perro vagabundo. Fue criado en el campo y

sabía reposar su lana junto a las de las ovejas, enderezar

el rumbo de la más atolondrada, y salir corriendo tras el

zorro que pretendiera hincarle el diente a los corderitos.

No era un perro bueno, como se les suele decir en los medios

urbanos, porque no se crían perros en el campo para eso.



Si alguien se acercaba al rancho de sus dueños, se

encrespaba, enrojeciendo sus ojos para mostrar una dentadura

de tiburón capaz de trozar al más gordo, dejándole la pierna

hecha jirones y ni hablar del pantalón. Solía salir después

el dueño, con piadosa lentitud, y gritar su nombre:

¡Corsario!, con lo que el perro se volvía para mirarlo y

descubrir la intención de esa orden y tal vez obedecerla,

aunque no siempre en el momento.



Muchas veces debía soltar la pierna del visitante, pero

entonces, si la mirada de su dueño podía traducirse por

¡tranquilo!, se echaba junto al adobe de la casa como si

durmiera o como si fuera manso. Ni una cosa ni la otra,

porque Corsario parecía poder mantener una eterna vigilia,

en todo caso reducida a un sueño leve que podía interrumpir

el andar de las hormigas.



Manso, como ya dijimos, sólo lo era por obediencia a su

dueño. Como compañero de los chicos de la casa era poco más

dócil que un muñeco de peluche, aguantando tirones de

orejas, montadas y otros golpes. Pero, llegado el momento de

pelear, era una fiera. Se cuenta de un puma que merodeó las

casas y que, tras el entrevero, de tantos mordiscones que le

había dado Corsario, lo confundieron con un tigre.

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