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Intuiciones / 281. LA SOLEDAD DE LA MADERA.
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Textos de Ricardo Dubin /

cultura

281. LA SOLEDAD DE LA MADERA.

- Usted sabe lo del rabel de cuerda. Algunos dicen

que era violín, pero en esos tiempos el violín era un lujo

que no estaba a nuestro alcance, - le contó Francisco al

sorprendido Isidoro Ducase que lo miraba. – Después me

mandaron a Lima, pero nadie podrá borrar de mi memoria

estas selvas, estos cerros y estas punas. Las cosas han

cambiado tanto que hasta parece que la naturaleza hoy

tuviera un rostro distinto. Entonces, nosotros éramos

extraños, les llegábamos a la gente con una fe de la que no

habían escuchado hablar antes, y a veces pienso que, de no

haber sido por el sonido del rabel, me hubieran lanceado

por mi osadía.



- Dígame, amigo, - dijo Isidoro Ducase con la voz

casi temblando. - ¿Usted es San Francisco Solano?



El otro lo miró con una sonrisa queda, compasiva.



- Que yo le esté hablando debe serle tan extraño como

lo fue para aquellos, los que nos veían aparecer por algún

huayco casi quinientos años atrás. Pero no se preocupe,

sólo quería conversar un rato. Se imagina la soledad que

puedo sentir en esa casita de la torre, bendiciendo y

fotografiado, yo, que he gustado tanto de andar por tantas

partes y que conversaba en las veinte lenguas que hablaban

los indios de estas tierras salvajes.



- ¿Y qué va a hacer, ahora que ha vuelto a ser gente?



- Por lo pronto, conversar con usted, amigo, como lo

vengo haciendo, si no le molesta. Es mucho tiempo el que

llevo siendo de madera.



E Isidoro Ducase, movido por una auténtica compasión, le

dijo:



- Siga, compadre, no seré yo el que se lo impida.

Siga contando como eran las cosas de su tiempo.

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