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Intuiciones / COPACABANA Y LA DIFUNTA CORREA, DOS HISTORIAS PARALELAS.
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

COPACABANA Y LA DIFUNTA CORREA, DOS HISTORIAS PARALELAS.

RASTREANDO EN SUS RELATOS Y EN SUS TIEMPOS, AMBAS

VENERACIONES NOS MUESTRAN SUS SIMILITUDES.

Cuanto en 1840 Deolinda Correa sale tras su marido alzado

por las tropas, ya hacía cinco años que a Pablo Méndez se

le había aparecido la Virgen de Copacabana en el Abra de

Punta Corral. Jujuy, más que el San Juan de la familia

Correa, vivía en estado de beligerancia casi ininterrumpido

desde 1810, con las consiguientes pérdidas de cosechas,

ganado, comercio y la constante posibilidad de que el

campesino fuera levado para engrosar las tropas de uno u

otro bando. Pero ya San Juan y La Rioja se habían

comprometido en la contienda, proyectando desde su suelo

dos figuras paradigmáticas de ese período: Facundo Quiroga

y Sarmiento.



La zozobra de una vida en medio de la guerra es el hilo

conductor de la pasión de la Difunta Correa. En cambio, en

los relatos sobre la Virgen de Punta Corral no figura el

tema, aunque sabemos que es ese su contexto histórico.

Hacia 1835, a las sangrientas contiendas partidarias se le

sumó la invasión de nuestro territorio por parte de las

fuerzas comandadas por el mariscal Santa Cruz, presidente

de la Confederación Peruano Boliviana. Una guerra entre

naciones que potencia, enrarece y enardece las luchas

civiles.



Nuestros relatos referidos a esas luchas son posteriores, y

tienen que ver con los llamados Varelas, que son las

montoneras de Felipe Varela, y los tapados: fortunas

enterradas para que no fueran requisadas por el bando que

las hallase. “Se dice que en el lugar”, cita Félix Coluccio

testimonios sobre la Difunta Correa, “hay enterrados

botijos y talegas, cacharros llenos de monedas, pero no se

sabe donde están.” ¿Cuánto habrá herido aquella contienda

en nuestra historia para que se proyecte hasta la memoria

actual de ambos pueblos?

TAMBIEN EL AGUA Y LA MUJER.



Así, por la cercanía en el tiempo, que los contextualiza, y

por otros elementos de los relatos que los refieren, las

figuras advocadas por los pueblos puntano y jujeño se

acercan entre si. Pero al llegar el momento en que su

memoria histórica se conjuga con el calendario regional y

su simbología, la relación parece estrecharse. Ambos cultos

tienen la figura femenina como protagonista, ya en la

mariana de Copacabana, ya en la de Deolinda Correa, y sus

principales peregrinaciones son en Semana Santa.



La Pascua andina no sólo se relaciona con la Pasión de

Cristo, sino también con el período en que se terminan las

cosechas y comienza el tiempo seco. De la procesión de

Punta Corral se dice que tiene que ver con el

agradecimiento de los frutos, en una región donde las

últimas chacras anuncian el descanso de la tierra. Para la

Difunta Correa, la sed fue causa de su muerte, como también

de la derrota de Felipe Varela en Pozo de Vargas, y los que

pasan junto a uno de los altares que la recuerdan, dejan

una botella con agua.



La guerra y el agua marcan, desde lo histórico y desde los

ciclos del calendario, una similitud entre los relatos que

acompañan las veneraciones de la Difunta y de la Mamita del

Cerro. La figura femenina y otro enfrentamiento armado

entre argentinos vuelve a aparecer, tal vez azarosamente,

en el Cristo que Edmundo Villarreal hiciera y que estuvo en

Punta Corral hasta 1995. Se dice que llevaba en sus

estigmas los balazos con que fusilaran a su hija en Trelew,

en la década del setenta del siglo XX.



¿Son meras casualidades, o acaso se trate de que puntanos y

jujeños relatamos nuestra memoria de una forma similar, lo

que implica que tenemos una forma similar de ver la vida?

¿No tienen que ver las simbologías que nutren ambos relatos

con la proyección que adquirieron en la fe popular? Habrá

que concluir que la forma en que creemos, el tamaño de

nuestras esperanzas, es de la misma proporción que nuestro

reflejo.

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