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Intuiciones / 296. CUENTEME SU INFANCIA.
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Textos de Ricardo Dubin /

cultura

296. CUENTEME SU INFANCIA.

Claro que ni Etelvina Ducase ni su hermana eran como eran

porque si, sino por razones perdidas en la arqueología de

sus infancias y en el trato distintos que les dieran sus

padres. Etelvina, la mayor, fue casi una carga por ser

mujer, y su padre se emborrachó al recibir la noticia y se

perdió por semanas.



Tal vez del llanto de su madre, y de la culpa que le

echara por esos días en que no supo de su marido, la quedó

la sonrisa fea, casi una mueca con breves e interrumpidos

estallidos de carcajada. Y de ese deseo paterno de tener

un varón, pudo ser que tomara los gestos masculinos que la

desmerecían. Cuando nació su hermana menor, ya el padre

era alcohólico perdido y ver su carita en la cuna,

morenita como un pan recién horneado, con ojos tan negros

como lo podía ser la misma noche, aún con el firmamento en

su brillo, fue, al menos, un consuelo.



- Mi madre me dijo, pero mucho después y tal vez

fuera sólo por inquina, que hasta el mismo médico del

hospital donde nací se enamoró de mi, y eso que yo era una

wawa inocente. Me contaba que, por cualquier excusa, se

pasaba por casa y siempre me llevaba un regalo, ya sea un

chupete o, cuando fui más grandecita, unos caramelos. Con

Etelvina fue todo más difícil, aunque las cosas empezaron

a revertirse cuando fuimos a la escuela, porque entonces

las compañeritas odiaban que las maestras me tuvieran

preferencia, al extremo de que todo se me volvió en contra.



Tan era así, que los hombres presentes en la mesa

quisieron consolarla, tenerla con ternura en sus brazos,

darle su amor, perderse en ella.

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