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Intuiciones / 373. LOS HIJOS DE LA JUANA.
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Textos de Ricardo Dubin /

cultura

373. LOS HIJOS DE LA JUANA.

Los hijos de Juana llegaron lejos, pero eso fue porque

trabajaban en el ferrocarril, esa costumbre antigua que

había de echar carretas sobre fierros. Los habían

contratado, justamente, por ser tan buenos en el balón pie,

y el equipo de la empresa andaba necesitado de delanteros.

Por ellos es que los tilcareños aprendimos a viajar, vean

como son las cosas. Para verlos éramos capaces de

acercarnos hasta Tucumán, y una vez fuimos a Rosario.



Los changos eran dos fenómenos, si haberlos visto gambetear

era un lujo que uno se pudo dar. No tanto como haberla

visto jugar a la madre, pero ya sabíamos que eso era pecado

y listo. Siempre fuimos gente obediente en cuestiones de

fe. Pero hubo uno que se la tomó como una cuestión

personal, dicen, y hasta viajó a Roma para que el Santo

Padre le respondiera si era cierto que las mujeres no

podían jugar al fútbol.



No le habrá prestado atención el Papa, o se habrá enamorado

de una romana el tilcareño. La cosa es que no volvió, y

algunos dicen que fue porque se quedó sin dinero. La cosa

es que hubo que conformarse con ver jugar a sus hijos, lo

que ya de por si, como les tengo dicho, era un lujo. Eran

el orgullo de la región, porque entonces no se hablaba del

Patrimonio de la Humanidad.



En realidad fue causa de despoblación, porque cada vez que

los íbamos a ver fuera del pueblo, siempre se quedaba

alguno de nosotros sin regresar. Si parecíamos cubanos. Uno

de los que no volvió, o al menos no volvió enseguida, fue

el Negro Martínez, pero esa historia que nos contó el mayor

de los abuelos se la cuento mañana.

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