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Intuiciones / 504. CASI UN ANGEL.
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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin /

cultura

504. CASI UN ANGEL.

Y nomás que había regresado, el Eustaquio partió para el

cerro, porque había dicho: “entre la televisión y la

salamanca, me dejo engañar por la sirena”, pero como ya

pocos recordaban su historia, eran sólo esos mismos pocos

los que podían entender lo que quería decir.



Después de tomarse unos vinitos con nosotros, como les

tengo dicho, quepió su avio y se hizo chiquito para el lado

del horizonte, como quien va para Negra Muerta. No tardó

mucho en toparse con una aventura, porque en eso el

Eustaquio era un hombre de suerte, viendo a un changuito

que levitaba como a medio metro del suelo, tanto así que

pensó que se trataba de un angelito.



- Ha subido una wawita al cielo, - se dijo

persignándose. – Dios escuchará nuestros ruegos.



Pero fue él mismo el que escuchó los del niño.



- Señor, señor. ¿No tendría unos caramelos? Tengo

hambre.



- Si tienes hambre, - le dijo con sintaxis de

fábula, - mejor me has de pedir comida, no golosinas.



- Golosinas pido pues, porque ha dicho el maestro

que, para pedir, mejor pedir lo que nos da gusto, que de la

necesidad se ocupa la providencia.



- ¿Cómo?, - dijo asombrado ante semejante

razonamiento. - ¿Quién es ese maestro?



Y el changuito, mientras se acercaba al suelo para estar a

la par del Eustaquio, señalaba con la cabeza hacia un

rancho pintado a la cal, con un jardín en el centro de la U

de habitaciones, por donde asomaban flores rojas que

miraban los burros desde afuera con verdadera hambre, pero

también con respeto. Y, tomándolo de la mano, el niño le

dijo:



- Venga, pues. Se lo presento.

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